martes, 18 de agosto de 2026

Introducción al trabajo y los modos de producción en la historia

 El trabajo en la comunidad primitiva

Antes del esclavismo, del feudalismo y el capitalismo, las sociedades humanas se organizaron en lo que suele llamarse comunidad primitiva. Se trataba de grupos humanos pequeños que vivían principalmente de la caza, la pesca, la recolección de frutos, semillas y plantas, y, en algunos casos, de formas iniciales de agricultura y domesticación de animales. El trabajo era necesario para garantizar la supervivencia colectiva: obtener alimento, fabricar herramientas, construir refugios, proteger al grupo y cuidar a niñas, niños, personas mayores o enfermas.

En muchas de estas comunidades, los grupos eran nómadas o seminómadas. Esto significa que se desplazaban de un lugar a otro según la disponibilidad de agua, animales, frutos, plantas y condiciones climáticas favorables. Como no permanecían de manera estable en un solo territorio, no existía la acumulación de grandes propiedades privadas sobre la tierra. La tierra, los bosques, los ríos y los recursos naturales eran aprovechados colectivamente por el grupo. Esta vida en movimiento también exigía cooperación, porque sobrevivir dependía del apoyo mutuo y de la organización común.

El trabajo no estaba organizado mediante empleos, salarios o contratos, como ocurre en muchas sociedades actuales. Tampoco existía una clase de propietarios que contratara o controlara de forma permanente el trabajo de otra clase. Las tareas se distribuían según las necesidades del grupo, las capacidades de cada persona, la edad, la experiencia y, en algunos casos, según diferencias de género. Algunas personas se dedicaban principalmente a cazar o pescar; otras recolectaban alimentos, preparaban refugios, cuidaban a la niñez, elaboraban utensilios o transmitían conocimientos sobre el territorio y la naturaleza.

La división de tareas no debe interpretarse automáticamente como una desigualdad rígida. Aunque podían existir responsabilidades diferenciadas, la supervivencia dependía del reconocimiento de que todas las actividades eran necesarias. Recolectar alimentos, cuidar a las niñas y los niños, elaborar herramientas, conocer las plantas medicinales o proteger el campamento tenía tanta importancia como cazar. El trabajo de cuidados y reproducción de la vida formaba parte de la actividad colectiva, no era una labor completamente separada ni considerada ajena a la economía del grupo.

En la comunidad primitiva predominaba la propiedad colectiva de los recursos y de los instrumentos básicos de trabajo. Esto no significa que nadie tuviera objetos personales; una persona podía utilizar sus herramientas, adornos o utensilios. Sin embargo, no existía la propiedad privada de la tierra, de grandes extensiones de recursos ni de los medios para controlar y explotar sistemáticamente el trabajo de otras personas. La producción se orientaba principalmente al uso y a la subsistencia del grupo, no a la acumulación de ganancias individuales.

Por ello, los productos obtenidos mediante el trabajo eran compartidos conforme a las necesidades y normas colectivas. Si una persona lograba cazar un animal o recolectar una cantidad importante de alimentos, lo usual era que estos bienes fueran distribuidos entre el grupo. La cooperación era una condición práctica de supervivencia en contextos donde los recursos podían ser escasos, el clima cambiante y los peligros constantes. La solidaridad, entonces, no era solo un valor moral, sino una forma concreta de organización social.

Con el paso del tiempo, el desarrollo de la agricultura, la ganadería y el asentamiento permanente en determinados territorios produjo cambios importantes. Al permanecer en un lugar, cultivar la tierra y generar excedentes, algunas comunidades comenzaron a acumular bienes y a establecer formas más estables de control sobre territorios y recursos. Estas transformaciones favorecieron el surgimiento de diferencias sociales, jerarquías y formas de propiedad que, posteriormente, facilitaron la aparición de sociedades divididas en clases.

La transición hacia formas sociales como el esclavismo no fue igual ni ocurrió al mismo tiempo en todos los pueblos. Sin embargo, permite comprender un cambio central: mientras en muchas comunidades primitivas el trabajo se organizaba principalmente mediante la cooperación y el uso colectivo de los recursos, en el esclavismo el trabajo pasó a estructurarse a partir de la propiedad de unas personas sobre otras. Así, la comunidad primitiva constituye un antecedente histórico importante para entender cómo se transformaron el trabajo, la propiedad y las desigualdades sociales a lo largo de la historia. 

El trabajo en la transición del esclavismo al feudalismo

La historia del trabajo permite comprender cómo las sociedades han organizado la producción, la distribución de la riqueza y las relaciones entre los distintos grupos sociales. En el esclavismo, el trabajo estaba basado en la explotación directa de personas esclavizadas. Estas personas eran consideradas propiedad de sus dueños y podían ser compradas, vendidas o heredadas. Su trabajo era utilizado en la agricultura, la construcción, el servicio doméstico, la minería y otras actividades económicas. La persona esclavizada no tenía libertad sobre su trabajo ni recibía una remuneración; producía bienes y riquezas que eran apropiados por sus propietarios por la fuerza.

Este sistema también produjo una marcada división de clases. En la parte superior se encontraban los propietarios y grupos dominantes, mientras que en la base estaban las personas esclavizadas, quienes realizaban las tareas más pesadas y carecían de derechos políticos y sociales. La organización familiar y social estaba vinculada a la propiedad, la herencia y el control de la fuerza de trabajo. Por esa razón, el esclavismo no fue únicamente una forma económica, sino también un sistema jurídico y político que justificaba la dominación.

Con la crisis del esclavismo y la transformación de las relaciones sociales surgió progresivamente el feudalismo. En este sistema, la tierra se convirtió en el principal medio de producción y la sociedad quedó organizada alrededor de los señores feudales, los campesinos y otras figuras dependientes. El señor controlaba el feudo y ofrecía protección militar, mientras que los campesinos trabajaban la tierra y entregaban parte de su producción o de su tiempo de trabajo.

El campesino del sistema feudal no era exactamente una persona esclavizada, porque generalmente podía formar una familia, conservar algunos instrumentos y trabajar una pequeña parcela para su propio sustento. Sin embargo, no era completamente libre. Estaba sujeto a obligaciones con el señor feudal, como trabajar determinados días en las tierras del señor, entregar una parte de la cosecha o pagar tributos. Su libertad estaba limitada por su dependencia económica y territorial.

En el feudalismo, la familia constituía una unidad importante de producción. Las mujeres, los hombres, las niñas y los niños participaban en las labores agrícolas, domésticas y artesanales. Sin embargo, estas tareas no se distribuían de manera igualitaria. Existían diferencias según el género, la edad y la posición social. El trabajo de las mujeres, especialmente el relacionado con el cuidado, la alimentación y la reproducción de la vida, era fundamental, aunque muchas veces no recibía reconocimiento.

Otra característica del feudalismo fue la relación de dependencia personal. El campesino no vendía su trabajo en un mercado como ocurre con el empleo asalariado moderno, sino que estaba vinculado a la tierra y a la autoridad del señor feudal. Su trabajo era obligatorio dentro de un orden social jerárquico. Esta relación se justificaba mediante tradiciones, normas jurídicas y discursos religiosos que presentaban la desigualdad como parte del orden natural de la sociedad.

La religión tuvo un papel importante en la legitimación del sistema feudal. La Iglesia participaba en la organización de la vida social, política y cultural, y contribuía a justificar la existencia de jerarquías entre señores, clérigos y campesinos. El orden social se presentaba como establecido por Dios, lo que podía dificultar la crítica a la desigualdad y a la explotación. No obstante, también existieron movimientos religiosos y expresiones de resistencia que cuestionaron la riqueza y el poder de los grupos dominantes.

Tanto en el esclavismo como el capitalismo, el trabajo estaba relacionado con la apropiación de la tierra, los bienes y la producción. En el esclavismo, el propietario controlaba directamente a la persona trabajadora. En el feudalismo, el señor feudal controlaba principalmente la tierra y las obligaciones que recaían sobre el campesino. La diferencia principal es que la explotación esclavista convertía a la persona en propiedad, mientras que la explotación feudal se basaba en la dependencia de los campesinos respecto de la tierra y del señor.

A pesar de estas diferencias, tanto el esclavismo como el feudalismo fueron sistemas caracterizados por la desigualdad. En ambos casos, quienes realizaban la mayor parte del trabajo no controlaban plenamente los recursos ni disfrutaban de los beneficios de su producción. Esta situación permite observar que el trabajo no es solamente una actividad individual, sino una relación social atravesada por el poder, la propiedad, la clase, el género y las instituciones políticas y religiosas.

Estudiar estas formas históricas de trabajo ayuda a comprender que las relaciones laborales cambian con el tiempo. El empleo asalariado moderno no apareció de manera natural, sino que surgió después de profundas transformaciones económicas, políticas y sociales. La transición del esclavismo al feudalismo, y posteriormente del feudalismo al capitalismo, modificó la forma en que las personas accedían a la tierra, producían bienes y se relacionaban con quienes controlaban la riqueza.

Desaparición del feudalismo

La desaparición del feudalismo no fue causada por un único hecho. Fue un proceso prolongado en el que cambiaron las ideas, las relaciones políticas, la producción y la forma de entender el trabajo. La Reforma protestante, la Revolución francesa y la Revolución industrial fueron procesos distintos, ocurridos en momentos diferentes, pero juntos debilitaron las bases del orden feudal y facilitaron el surgimiento de la sociedad capitalista.

Del trabajo feudal al trabajo libre

En el feudalismo, la tierra era la principal fuente de riqueza. La mayoría de la población campesina trabajaba parcelas vinculadas a un señor feudal y debía entregar tributos, parte de la cosecha o jornadas de trabajo obligatorias. No se trataba aún del empleo asalariado moderno: el campesino no vendía libremente su fuerza de trabajo a una empresa, sino que estaba sujeto a obligaciones por su relación con la tierra y con el señor.

El trabajo estaba organizado mediante una jerarquía social rígida. La nobleza controlaba tierras y privilegios; el clero tenía una enorme influencia religiosa, política y económica; los campesinos realizaban gran parte de la producción. La movilidad social era limitada y el nacimiento definía, en buena medida, el lugar que cada persona ocupaba en la sociedad.

Con el crecimiento de las ciudades, el comercio y los talleres artesanales, comenzó a aparecer una población menos vinculada a la tierra. Mercaderes, artesanos y propietarios urbanos fueron ganando importancia económica. Esto abrió paso a relaciones sociales más centradas en el intercambio, el dinero, los contratos y la búsqueda de beneficios, elementos que serían centrales para el capitalismo.

Reforma protestante e individualismo

La Reforma protestante del siglo XVI cuestionó la autoridad religiosa centralizada de la Iglesia católica y debilitó una de las instituciones fundamentales del mundo feudal. Al poner énfasis en la relación personal entre el creyente y Dios, en la lectura individual de la Biblia y en la responsabilidad moral de cada persona, contribuyó a fortalecer una visión más individualizada de la vida social.

También revalorizó la actividad cotidiana y el trabajo disciplinado. En ciertas corrientes protestantes, el trabajo podía ser entendido como una vocación: una forma de cumplir responsablemente con los deberes de la vida. Esta valoración no creó por sí sola el capitalismo, pero ayudó a promover actitudes favorables al ahorro, la disciplina, la responsabilidad individual y la acumulación.

Además, la Reforma redujo el poder económico y político de instituciones religiosas en diversos territorios europeos. La confiscación o redistribución de propiedades eclesiásticas y el fortalecimiento de monarquías y grupos urbanos modificaron las antiguas relaciones de poder. Así, el individuo comenzó a ser pensado menos como integrante fijo de un estamento feudal y más como una persona responsable de su conducta, su trabajo y su posición social.

Revolución francesa y ciudadanía

La Revolución francesa de 1789 tuvo un impacto político directo sobre el feudalismo. Sus principios de libertad, igualdad y fraternidad cuestionaron una sociedad basada en privilegios heredados, donde la nobleza y el clero contaban con derechos especiales y la mayoría de la población soportaba cargas tributarias y obligaciones feudales.

La libertad significaba, entre otras cosas, cuestionar la subordinación personal y las restricciones que impedían a las personas desplazarse, contratar, comerciar o ejercer actividades económicas. La igualdad planteaba que las personas debían ser consideradas ciudadanas iguales ante la ley, en vez de pertenecer a órdenes o estamentos con privilegios distintos. La fraternidad expresaba un ideal de comunidad política entre ciudadanos, aunque en la práctica sus alcances fueron limitados y excluyeron inicialmente a muchos grupos.

En agosto de 1789, la Asamblea Nacional francesa decretó la abolición del sistema feudal, eliminando privilegios de nobleza y clero, obligaciones señoriales y formas de servidumbre personal. Este hecho fue decisivo porque atacó jurídicamente la base del poder feudal: el derecho de los señores a exigir trabajo, pagos y obediencia de la población campesina.

Para el mundo del trabajo, la Revolución francesa contribuyó a transformar a los antiguos súbditos en ciudadanos formalmente libres. Sin embargo, esa libertad no garantizaba igualdad económica. Una persona podía ser libre ante la ley y, al mismo tiempo, no tener tierra, herramientas ni recursos para sobrevivir. En estas condiciones, muchas personas solo podían vivir vendiendo su capacidad de trabajar a cambio de un salario.

Revolución industrial y empleo asalariado

La Revolución industrial transformó materialmente la forma de trabajar. Su desarrollo comenzó en Gran Bretaña durante el siglo XVIII y se expandió en los siglos XIX y XX. La máquina de vapor fue una innovación fundamental porque permitió mover maquinaria sin depender exclusivamente de la fuerza humana, animal, del viento o del agua. Esto favoreció la concentración de la producción en fábricas, el aumento de la escala productiva y la expansión de los mercados.

La imprenta no fue inventada durante la Revolución industrial: su desarrollo europeo se asocia a Johannes Gutenberg en el siglo XV, antes de la Reforma protestante y de la industrialización. Sin embargo, fue decisiva como antecedente porque facilitó la circulación de libros, panfletos, periódicos, conocimientos técnicos e ideas religiosas y políticas. Posteriormente, la expansión de la prensa y de la alfabetización apoyó la difusión de saberes científicos y técnicos necesarios para el desarrollo industrial.

El tecnicismo, entendido como la creciente confianza en la técnica, la ciencia aplicada y la maquinaria para organizar la producción, cambió el ritmo y las condiciones del trabajo. En lugar de producir principalmente en pequeñas parcelas campesinas o talleres artesanales, muchas personas comenzaron a trabajar en fábricas bajo horarios fijos, supervisión, disciplina y salarios. El dueño de la fábrica poseía las máquinas, las materias primas y el capital; el trabajador poseía principalmente su fuerza de trabajo.

Este cambio dio origen al empleo asalariado moderno. La persona trabajadora era jurídicamente libre: ya no era propiedad de un amo ni estaba ligada personalmente a un señor feudal. Pero dependía del salario para sobrevivir. Por eso, la libertad formal del capitalismo coexistió con nuevas formas de desigualdad y explotación: largas jornadas, bajos salarios, trabajo infantil, condiciones insalubres y ausencia inicial de protecciones laborales.



El trabajo en el capitalismo

En el capitalismo, el trabajo se organiza principalmente mediante la relación entre la burguesía y el proletariado. La burguesía está formada por quienes poseen los medios de producción: fábricas, empresas, tierras, maquinaria, capital y materias primas. El proletariado, en cambio, está compuesto por quienes no poseen esos medios y, para sobrevivir, deben vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario.marxists+1

A diferencia del feudalismo, donde predominaban vínculos personales de dependencia entre señor y campesino, en el capitalismo las relaciones sociales se vuelven principalmente pecuniarias, es decir, mediadas por el dinero. El trabajador no está jurídicamente ligado a un señor feudal, sino que es formalmente libre para contratarse; sin embargo, necesita obtener un salario para cubrir sus necesidades y las de su familia. Por eso, su libertad formal convive con una dependencia económica respecto de quien ofrece empleo.

La explotación capitalista, desde una lectura marxista, se explica porque el trabajador produce un valor mayor al que recibe como salario. Por ejemplo, una persona puede trabajar durante una jornada produciendo bienes o servicios que luego se venden por un valor elevado, pero solo recibe una parte de ese valor en forma de salario. La diferencia entre el valor creado por el trabajo y lo que se paga al trabajador es apropiada por el propietario como ganancia o plusvalía.

La mercancía es un bien o servicio producido para ser vendido en el mercado. Su precio de venta incorpora materias primas, maquinaria, transporte y otros costos, pero también el valor generado por el trabajo humano. Cuando el empresario vende la mercancía por un valor superior al costo salarial pagado, obtiene una ganancia. Por ello, en el capitalismo, el trabajador vende su fuerza de trabajo, mientras que el burgués controla las condiciones de producción y la venta de las mercancías.marxists+1

Dentro de esta estructura social, las mujeres de familias proletarias han ocupado históricamente una posición especialmente subordinada. Además de incorporarse muchas veces al trabajo asalariado, realizan trabajo doméstico y de cuidados: cocinar, limpiar, criar, cuidar a personas enfermas y sostener emocionalmente a la familia. Este trabajo suele ser no remunerado, pero permite que la fuerza de trabajo se alimente, descanse y se reproduzca diariamente. Es decir, sostiene indirectamente la producción capitalista.

Así, el capitalismo establece una jerarquía: la burguesía controla la riqueza y los medios de producción; el proletariado vende su fuerza de trabajo por un salario; y, dentro de los hogares trabajadores, muchas mujeres cargan con una parte decisiva del trabajo de reproducción social sin recibir pago ni reconocimiento equivalente. Analizar estas relaciones permite comprender que el trabajo capitalista no es solo una actividad económica, sino también una relación de poder basada en la propiedad, el salario, el dinero y las desigualdades de clase y género. Que luego aborda Silvia Federici en "El calibán y la bruja"

viernes, 8 de mayo de 2026

Comunicaciones desde los paradigmas, análisis teórico

La comunicación es el proceso mediante el cual se produce, distribuye y consume un mensaje transmitido por un emisor hacia un receptor, a través de un canal y utilizando códigos compartidos, dentro de un contexto y escenario determinados, considerando posibles barreras o ruidos pero orientado hacia un objetivo específico. No todos los elementos de la comunicación deben estar presentes en cada acto comunicativo. Existen formas sencillas de comunicación que no constituyen un discurso, como los gestos cotidianos (una sonrisa, un saludo con la mano, un asentimiento), las señales visuales (un semáforo en rojo, un cartel de “prohibido fumar”), los sonidos ambientales (una sirena de ambulancia, el timbre de una escuela) o las interacciones breves (“sí”, “no”, “gracias”). Todos ellos comunican, pero no desarrollan un discurso estructurado.

El discurso puede definirse como un acto comunicacional complejo, estructurado e intencional que sí requiere considerar de manera cuidadosa los distintos elementos de la comunicación. A diferencia de formas simples de comunicación, el discurso implica una organización coherente de mensajes orientados a producir sentidos, influir, argumentar, persuadir, informar o representar una determinada visión de la realidad.

En el discurso, el emisor construye estratégicamente el mensaje tomando en cuenta al receptor, el contexto, el escenario, el canal, los códigos compartidos, los posibles ruidos o barreras y el objetivo comunicativo que desea alcanzar. Por ello, el discurso no consiste únicamente en transmitir información, sino en elaborar significados de manera consciente dentro de una situación social específica.

Mientras algunas formas de comunicación pueden ser inmediatas, espontáneas y poco elaboradas —como un gesto, una señal o una respuesta breve—, el discurso supone un mayor nivel de elaboración simbólica y reflexiva. En él, los elementos comunicativos adquieren relevancia porque influyen en la interpretación y en los efectos del mensaje. El contexto histórico, cultural, político o social puede modificar profundamente el sentido del discurso, así como las características del público al que se dirige.

Por ello, el discurso no es simplemente “comunicar algo”, sino desarrollar un proceso comunicativo complejo donde los mensajes se organizan con intención, estructura y significado dentro de determinadas relaciones sociales y de poder. Sino que en el discurso es indispensable considerar todos los elementos de la comunicación, y por tanto, analiza estos cómo interactúan entre síde ahi que sea importante definirlos:

C – Código
El código es el sistema de signos y reglas que permite construir y comprender el mensaje. Puede ser verbal (lenguaje hablado o escrito), visual (imágenes, símbolos), sonoro (música, tonos) o multimodal (combinación de varios). Su eficacia depende de que emisor y receptor compartan el mismo código o tengan la capacidad de interpretarlo correctamente.

R – Receptor
El receptor es el individuo o grupo que recibe el mensaje. Su papel es decodificarlo, interpretarlo y reaccionar en función de sus conocimientos, experiencias y condiciones personales. La recepción nunca es completamente pasiva: siempre implica un proceso de interpretación.

E – Emisor
El emisor u orador es el sujeto, institución o entidad que produce y transmite el mensaje. Su función principal es codificar la información de manera que pueda ser comprendida por el receptor. El emisor define la intención comunicativa y selecciona el canal más adecuado para lograr su objetivo.

C – Canal
El canal es el medio físico o tecnológico por el cual circula el mensaje. Puede ser oral, escrito, visual, audiovisual, digital o presencial directo. La elección del canal influye en la velocidad, alcance y calidad de la transmisión.

E – Escenario
El escenario es el espacio físico o situación concreta donde ocurre la comunicación. Incluye el lugar, el momento histórico, los actores presentes y las condiciones visibles de la interacción.

R – Ruido
El ruido son las interferencias que afectan la transmisión del mensaje. Puede ser físico (sonidos externos), técnico (fallas en el canal), semántico (uso de códigos no compartidos) o psicológico (distracciones, prejuicios). El ruido puede distorsionar o impedir la comprensión.

C – Contexto
El contexto son las condiciones externas que rodean la comunicación: políticas, económicas, sociales, culturales e históricas. El contexto explica por qué un mismo mensaje puede tener interpretaciones distintas según el entorno en el que se recibe.

O – Objetivo
El objetivo es el resultado esperado del proceso comunicativo. Puede ser informar, persuadir, entretener, educar o movilizar. El objetivo guía la forma en que se construye y transmite el mensaje.

M – Mensaje
El mensaje es el contenido transmitido de forma observable y medible. Puede ser verbal, visual, sonoro o multimodal. Representa la información, idea o emoción que el emisor desea compartir con el receptor.

Cuando se revisan a fondo estos elementos, surge el análisis del discurso, este se da con la reflexión de la interacción de todos los elementos y representa el producto concreto del proceso comunicativo, permite analizar a fondo el contenido simbólico y explicito que analiza los diferentes contextos sociales, culturales o políticos. El discurso constituye una práctica comunicativa fundamental en la vida pública, pues articula las relaciones entre poder, economía, autoridad y ciudadanía. Diversos autores como Van Dijk, 1999 han señalado la importancia del análisis del discurso. El mismo puede hacerse desde diferentes paradigmas.

La comunicación desde los paradigmas:

Los paradigmas son marcos de pensamiento o conjuntos de ideas, supuestos, valores, conceptos y métodos que orientan la manera en que las personas observan, explican e investigan un fenómeno. En otras palabras, un paradigma actúa como una “lente” que influye en cómo se hacen preguntas, qué se considera importante, qué métodos se utilizan y cómo se interpretan los resultados.

Desde el posititivismo el discurso se entiende como un proceso lineal, observable y medible que busca explicar cómo un mensaje es transmitido de un emisor hacia un receptor para generar un efecto determinado. Por ello, este enfoque responde preguntas como: ¿quién da el mensaje?, ¿a quién se dirige?, ¿qué dice?, ¿cómo lo transmite?, ¿cuándo ocurre?, ¿dónde sucede? y ¿qué efectos produce? En este sentido, el emisor u orador es quien produce y envía el mensaje; el receptor es quien lo recibe; el mensaje corresponde al contenido transmitido; el código es el sistema de signos compartidos que permite comprenderlo; y el canal es el medio utilizado para comunicarlo, ya sea oral, escrito, visual, digital o audiovisual. Asimismo, el paradigma positivista considera el escenario o lugar físico donde ocurre la comunicación y el contexto social, político, económico y cultural que rodea el proceso. También reconoce la existencia de ruidos o interferencias que pueden alterar la transmisión del mensaje. Finalmente, la comunicación posee un objetivo específico, entendido como el efecto o resultado que se espera producir en el receptor, lo cual puede ser estudiado y medido de manera científica.

Desde el paradigma estructural-funcionalista, el discurso se entiende como un sistema compuesto por elementos interrelacionados que cumplen funciones específicas para mantener el orden, la integración y el funcionamiento de la sociedad. Este enfoque analiza cómo cada componente de la comunicación aporta a la estabilidad de la estructura social, considerando que las sociedades están organizadas mediante normas, valores, instituciones y reglas formales e informales que orientan el comportamiento de los individuos. Además, este paradigma distingue entre sociedades con solidaridad mecánica, caracterizadas por relaciones más simples y homogéneas, y sociedades con solidaridad orgánica, más complejas y especializadas, donde los individuos dependen unos de otros a través de funciones diferenciadas.

En este marco, el emisor no es únicamente quien transmite el mensaje, sino un actor que ocupa un rol dentro de una estructura social determinada y que comunica según normas culturales, institucionales y sociales. El receptor, por su parte, cumple la función de interpretar y responder al mensaje dentro de los límites y expectativas establecidos por la sociedad. El código se comprende como un sistema de signos, símbolos y significados compartidos —materiales o inmateriales— que permite la comunicación y que existe gracias a reglas sociales formales e informales aprendidas colectivamente. El mensaje constituye el contenido que circula dentro del sistema y que contribuye a transmitir valores, información, normas o ideologías necesarias para la cohesión social.

El canal es el medio físico o tecnológico que permite la circulación del mensaje, ya sea oral, escrito, audiovisual, digital o presencial, y su función es conectar a los distintos actores del sistema social. El escenario corresponde al espacio físico o institucional donde ocurre la comunicación, como la escuela, la familia, los medios de comunicación o las redes digitales, espacios que también forman parte de la estructura social. El contexto incluye las condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que rodean el proceso comunicativo y que influyen en el significado y función de los mensajes. Asimismo, el ruido representa las interferencias o alteraciones que dificultan el correcto funcionamiento de la comunicación y pueden afectar la estabilidad del sistema. Finalmente, el objetivo de la comunicación consiste en producir determinados efectos sociales, como informar, integrar, educar, persuadir o mantener el orden social, permitiendo así la continuidad y funcionamiento de la estructura colectiva.

Desde el paradigma comprensivo o interpretativo, el discurso no se entiende únicamente como una transmisión mecánica de mensajes, sino como un proceso de construcción de significados entre sujetos sociales. Se busca comprender las intenciones que las personas atribuyen a sus acciones comunicativas, especialmente desde el significado que el emisor y el receptor otorgan al proceso comunicativo dentro de su contexto cultural e histórico. En este paradigma, el emisor u orador es un sujeto social que actúa guiado por motivos, valores, emociones, intereses, creencias e intenciones. Busca comprender qué tipo de orador es, cuáles son los motivos que orientan su acción social y qué significado tiene para él el mensaje que comunica. De igual manera, el receptor es una persona que interpreta el mensaje desde sus propias experiencias, conocimientos, emociones y contexto social. Por ello, un mismo mensaje puede adquirir diferentes significados dependiendo de quién lo recibe.

El código se entiende como un conjunto de símbolos y significados compartidos culturalmente, cuyo sentido puede variar según la experiencia de los participantes. El mensaje deja de ser únicamente un contenido observable y medible, para convertirse en una construcción simbólica cargada de significados subjetivos. El canal y el escenario también son importantes porque influyen en la manera en que las personas interpretan la comunicación, mientras que el contexto social, cultural, político e histórico resulta fundamental para comprender por qué las personas comunican de determinada manera. Incluso el ruido puede interpretarse no solo como una interferencia técnica, sino también como diferencias culturales, emocionales o de interpretación que afectan la comprensión mutua. Finalmente, el objetivo de la comunicación, desde este paradigma, no se limita a producir un efecto medible, sino a generar comprensión, interacción y construcción compartida de significados entre los individuos.

Desde el paradigma crítico, el discurso es un proceso que cuestiona por relaciones de poder, dominación y desigualdad social. Este enfoque no solo busca comprender o describir la realidad, sino también transformarla mediante una metodología orientada al cambio social. Por ello, la comunicación es entendida como un espacio donde pueden reproducirse o cuestionarse formas de explotación material e inmaterial presentes en la sociedad. Entre las formas de explotación material se encuentra la apropiación desigual del trabajo, por ejemplo, cuando el salario pagado al trabajador es menor al valor que produce, o cuando las mercancías adquieren precios alejados de su valor real dentro del sistema capitalista. Asimismo, el paradigma crítico analiza formas de explotación inmaterial, como la alienación, entendida como el proceso mediante el cual las personas pierden control o sentido sobre su trabajo, sobre el producto que generan, sobre los demás y sobre sí mismas. También estudia fenómenos como el fetichismo de la mercancía, donde los productos parecen tener valor propio ocultando las relaciones sociales de explotación que los producen, y la religión entendida por algunos autores marxistas como “opio del pueblo”, al funcionar en ciertos contextos como mecanismo de resignación y legitimación del orden existente. Frente a ello, este paradigma propone desarrollar conciencia crítica o conciencia de clase para cuestionar y transformar las estructuras de dominación.

Desde esta perspectiva, los elementos de la comunicación adquieren un significado político y social. El emisor u orador puede actuar reproduciendo ideologías dominantes, legitimando desigualdades y promoviendo formas de explotación, o bien puede convertirse en un actor crítico que denuncie injusticias y fomente procesos de transformación social. El receptor no es visto únicamente como alguien que recibe información, sino como un sujeto capaz de desarrollar conciencia crítica frente a los mensajes y las estructuras de poder que estos representan. El mensaje puede contener ideologías, valores o discursos que mantengan la dominación social o, por el contrario, que impulsen resistencia y cambio social. El código y el lenguaje también son analizados críticamente, ya que pueden incluir símbolos, conceptos y narrativas que normalizan desigualdades o invisibilizan conflictos sociales.

El canal y los medios de comunicación son entendidos como espacios de disputa política y cultural, donde distintos grupos buscan influir en la opinión pública y en la construcción de la realidad social. El contexto político, económico, social y cultural es fundamental porque determina las relaciones de poder en las que ocurre la comunicación. Incluso el ruido puede interpretarse como censura, manipulación, desinformación o barreras ideológicas que dificultan el acceso a una comprensión crítica de la realidad. Finalmente, el objetivo de la comunicación, desde el paradigma crítico, no consiste únicamente en transmitir información, sino en promover reflexión, conciencia social, emancipación y transformación de las condiciones de desigualdad y dominación presentes en la sociedad.

Desde el paradigma conductista, se entiende como un proceso de estímulo (del orador) y respuesta (del receptor) en el que los comportamientos humanos pueden ser observados, medidos y modificados. Este enfoque se centra en las conductas visibles y en controlar los efectos que los mensajes producen en las personas, dejando en segundo plano los pensamientos internos o las interpretaciones subjetivas. Por ello,  la comunicacion es una herramienta capaz de influir, condicionar y moldear comportamientos mediante recompensas, castigos, repetición y asociación de estímulos.

Desde este paradigma, el emisor cumple la función de producir estímulos comunicativos diseñados para generar determinadas respuestas en el receptor. El receptor es entendido como un sujeto que reacciona ante los estímulos recibidos, pudiendo modificar su conducta según los refuerzos positivos o negativos asociados al mensaje. El mensaje se considera un estímulo observable que busca provocar efectos específicos, como persuadir, enseñar, motivar el consumo, cambiar hábitos o reforzar comportamientos sociales. El código corresponde al sistema de signos utilizado para que el estímulo sea comprendido correctamente por el receptor, mientras que el canal es el medio a través del cual se transmite el estímulo, ya sea oral, escrito, audiovisual, digital o presencial.

El escenario y el contexto son importantes porque las condiciones ambientales y sociales influyen en la respuesta conductual de las personas. Por ejemplo, la familia, la escuela, los medios de comunicación o las redes sociales pueden funcionar como espacios de aprendizaje y condicionamiento. Asimismo, el ruido representa cualquier interferencia que dificulte que el estímulo produzca la respuesta esperada. Desde esta perspectiva, el objetivo de la comunicación consiste en generar respuestas observables y medibles, modificando conductas individuales o colectivas mediante procesos de aprendizaje, repetición y condicionamiento. Por ello, el paradigma conductista ha influido en áreas como la publicidad, la propaganda, la educación y la comunicación política, donde se busca influir en el comportamiento de las personas a través de mensajes estratégicamente diseñados.

Teorías de la comunicación

Antes de estudiar las teorías en la ciencia de la comunicación, es importante comprender tres conceptos fundamentales del conocimiento científico: hipótesis, teoría y ley. Estos conceptos representan distintos niveles de explicación y comprensión de la realidad.

Una hipótesis es una idea, proposición o explicación provisional que busca responder una pregunta o explicar un fenómeno. Se formula a partir de observaciones y debe poder comprobarse mediante investigación, observación o experimentación. En otras palabras, la hipótesis es una posible respuesta que todavía no ha sido demostrada completamente. Por ejemplo, en comunicación podría plantearse la hipótesis de que “las personas jóvenes pasan más tiempo informándose por redes sociales que por televisión”.

Una teoría es un conjunto organizado de conceptos, ideas y explicaciones que interpreta cómo y por qué ocurre un fenómeno. Las teorías se construyen a partir de investigaciones, evidencias y observaciones acumuladas, y sirven para comprender, analizar y predecir ciertos procesos de la realidad. En comunicación, las teorías explican cómo circulan los mensajes, cómo influyen los medios o cómo las personas interpretan la información. A diferencia de una hipótesis, una teoría posee mayor respaldo científico y desarrollo conceptual.

Una ley científica es un principio general que describe relaciones constantes y repetitivas entre fenómenos observables. Las leyes suelen expresar regularidades que ocurren de manera consistente bajo determinadas condiciones. Generalmente buscan describir qué ocurre, mientras que las teorías intentan explicar por qué ocurre. En las ciencias naturales existen leyes muy conocidas, como la ley de gravedad. En las ciencias sociales y la comunicación es más difícil establecer leyes universales porque el comportamiento humano cambia según el contexto histórico, cultural y social.

Las teorías de la comunicación son conjuntos organizados de conceptos, ideas y explicaciones que buscan comprender, describir e interpretar cómo funciona la comunicación entre las personas, los grupos y las sociedades. Estas teorías analizan elementos como el emisor, el receptor, el mensaje, el canal, el contexto, los efectos de los medios y la construcción de significados, con el objetivo de explicar cómo circula la información y cómo influye la comunicación en la vida social.

Las teorías de la comunicación surgen porque la comunicación es un fenómeno complejo que puede estudiarse desde diferentes perspectivas. Algunas teorías se enfocan en los efectos de los medios sobre las personas; otras analizan cómo los individuos interpretan los mensajes; mientras que otras estudian las relaciones de poder, la cultura o la influencia social presentes en los procesos comunicativos. Algunos ejemplos son: Teoría de la aguja hipodérmica, teoría de los efectos limitados, teoría del two-step flow, teoría del multi-step flow, teoría de usos y gratificaciones, teoría de la agenda setting, teoría del framing, teoría de la espiral del silencio, etc.

Comunicaciones desde los paradigmas de las ciencias sociales. Parte práctica

1) Desde el paradigma positivista, la imagen puede analizarse como un proceso de comunicación observable y medible en el que participan distintos elementos que permiten la transmisión de un mensaje. En primer lugar, el emisor es el vendedor de mangos, quien produce y transmite el mensaje con la intención de atraer compradores. El receptor es el posible cliente que escucha el anuncio mientras sostiene dinero y evalúa la posibilidad de comprar. El contenido o mensaje corresponde a la frase: “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”, que informa el precio y busca persuadir al receptor para realizar la compra.

El código utilizado es el idioma español junto con expresiones coloquiales populares como “chulada” y “jefe”, que facilitan cercanía cultural y comprensión entre emisor y receptor. El canal es principalmente oral y auditivo, ya que el vendedor utiliza un megáfono para transmitir el mensaje, aunque también existe un componente visual al observar los mangos y la escena del mercado. El escenario es un espacio comercial o mercado al aire libre donde ocurre la interacción comunicativa. El contexto incluye condiciones económicas, sociales y culturales relacionadas con el comercio informal, la venta ambulante y las dinámicas cotidianas de consumo.

El ruido puede presentarse mediante sonidos del ambiente, otras personas hablando, tráfico o distracciones que dificulten escuchar correctamente el mensaje. Finalmente, el objetivo de la comunicación es persuadir al receptor para que compre los mangos, generando un efecto observable y medible: la decisión de adquirir el producto. Desde el paradigma positivista, este proceso puede estudiarse analizando la claridad del mensaje, la efectividad del canal y la respuesta del receptor ante el estímulo comunicativo.

2) Desde el estructural funcionalismo: El emisor es el vendedor de mangos, pero desde este paradigma no se le entiende solamente como quien habla, sino como un actor que ocupa un rol económico y social dentro de la estructura comercial informal o popular. Su función dentro del sistema es ofrecer productos, facilitar el intercambio económico y satisfacer necesidades de consumo. Además, comunica siguiendo normas culturales aprendidas socialmente, como el uso de expresiones coloquiales (“chulada”, “jefe”) para generar cercanía, cortesía y confianza con posibles compradores.

El receptor es el cliente potencial que escucha el anuncio y evalúa la compra. Su función dentro del sistema social es interpretar el mensaje y responder según las normas y expectativas culturales relacionadas con el consumo, el comercio y la interacción social. El receptor comprende que el vendedor busca persuadirlo y que existe una dinámica social aceptada de negociación y compra en espacios comerciales.

El código está formado por el idioma español, el tono popular y las expresiones culturales compartidas. Este código es un sistema de signos y significados aprendidos colectivamente que permite que vendedor y comprador comprendan el mensaje dentro de su contexto cultural. Incluso palabras como “jefe” cumplen una función social de respeto y cercanía dentro de ciertas dinámicas comerciales latinoamericanas.

El mensaje es: “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”. Desde el estructural-funcionalismo, este mensaje no solo transmite información sobre precio y producto, sino que también reproduce valores sociales relacionados con el intercambio económico, el comercio cotidiano y la interacción entre vendedor y consumidor. El mensaje contribuye al funcionamiento del sistema comercial al facilitar el consumo y el flujo económico.

El canal es principalmente oral y auditivo, reforzado por el uso del megáfono, aunque también existe un componente visual mediante la exhibición de los mangos. Su función es conectar a los actores sociales y asegurar que la información circule de manera eficiente dentro del espacio comercial.

El escenario es un mercado o espacio público de venta, que forma parte de la estructura económica y social de la comunidad. Este lugar no es neutral, sino una institución informal donde las personas interactúan, comercian y reproducen prácticas culturales y económicas compartidas.

El contexto incluye condiciones económicas, sociales y culturales vinculadas al comercio popular, el consumo cotidiano y posiblemente dinámicas de economía informal. También refleja prácticas culturales de comunicación cercanas y directas que facilitan la interacción social en mercados locales.

El ruido podría consistir en sonidos del ambiente, otras voces de vendedores, tráfico o distracciones visuales que dificulten la recepción clara del mensaje. Desde este paradigma, el ruido representa interferencias que afectan el funcionamiento eficiente del sistema comunicativo y comercial.

Finalmente, el objetivo de la comunicación es persuadir al receptor para comprar los mangos, pero también mantener el funcionamiento del intercambio económico y de las relaciones sociales asociadas al comercio cotidiano. Así, la comunicación cumple funciones de integración, circulación económica y continuidad de prácticas sociales necesarias para el funcionamiento de la estructura colectiva.

3) Desde el paradigma comprensivo o interpretativo, la imagen no se analiza únicamente como una simple transmisión de información comercial, sino como un proceso de construcción de significados entre sujetos sociales que interactúan dentro de un contexto cultural determinado. El interés principal no es solamente identificar qué mensaje se transmite, sino comprender qué significados, motivaciones, emociones e intenciones están presentes en la comunicación tanto para el vendedor como para el posible comprador.

El emisor es el vendedor de mangos, pero desde este paradigma se busca comprender qué tipo de sujeto es y cuáles son los motivos que orientan su acción comunicativa. El vendedor probablemente intenta ganar dinero para sostenerse económicamente, pero también busca generar cercanía, simpatía y confianza con los clientes. El uso de palabras como “chulada” y “jefe” refleja una intención cultural de crear una relación amistosa y respetuosa con el receptor. Su manera de hablar también puede expresar identidad popular, costumbres locales y experiencia dentro del comercio callejero.

El receptor no es visto como un sujeto pasivo que simplemente escucha el mensaje, sino como alguien que interpreta el anuncio desde sus propias experiencias, emociones y necesidades. El posible comprador puede interpretar el mensaje de distintas maneras: como una buena oportunidad económica, como una interacción amable y cotidiana del mercado o incluso como una expresión típica de la cultura popular. Su decisión de comprar dependerá no solo del precio, sino también del significado que atribuya a la situación y al vendedor.

El código está compuesto por el idioma español, el tono coloquial y las expresiones culturales utilizadas por el vendedor. Sin embargo, desde el paradigma comprensivo, el significado del código depende de la experiencia cultural de quienes participan. Expresiones como “jefe” pueden interpretarse como una muestra de respeto, cercanía o estrategia de persuasión dependiendo de quién escuche el mensaje.

El mensaje “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!” deja de ser únicamente información sobre precio y producto, para convertirse en una construcción simbólica cargada de significados culturales, emocionales y sociales. El mensaje comunica no solo una venta, sino también una forma de relacionarse, negociar y convivir dentro del espacio público.

El canal es oral y auditivo mediante el megáfono, pero también incluye elementos visuales como la exhibición de los mangos y la actitud amistosa del vendedor. Desde este enfoque, el canal influye en la manera en que el mensaje es percibido e interpretado emocionalmente por el receptor.

El escenario corresponde al mercado o espacio público donde ocurre la interacción. Este lugar tiene significados culturales importantes porque representa un espacio de encuentro social, intercambio económico y convivencia cotidiana. El contexto social y cultural también es fundamental, ya que las prácticas de comercio popular, el lenguaje coloquial y las dinámicas de compra forman parte de una experiencia compartida dentro de la comunidad.

El ruido no se limita únicamente a sonidos o interferencias físicas. También puede incluir diferencias de interpretación, prejuicios, estados emocionales o barreras culturales que afecten la comprensión mutua entre vendedor y comprador.

Finalmente, el objetivo de la comunicación no se entiende solo como vender mangos, sino como generar interacción, comprensión y conexión social entre las personas. La comunicación, desde este paradigma, construye significados compartidos y permite que los individuos den sentido a sus relaciones cotidianas dentro de la vida social.

4)  La imagen del mercado, vista desde el paradigma crítico, no es solo una interacción comercial, sino que es un microescenario donde se reproducen las desigualdades del sistema económico, se normalizan códigos culturales de consumo y se visibilizan las tensiones entre supervivencia, poder y resistencia.

Código: El lenguaje coloquial (“¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”) refleja una forma popular de comunicación, pero también evidencia cómo el discurso se adapta a las condiciones sociales y económicas. El código puede normalizar relaciones de desigualdad (el vendedor apelando a la necesidad del comprador) o convertirse en un recurso de resistencia cultural al mantener expresiones propias de la comunidad.

Receptor: El cliente no es solo un consumidor pasivo: su decisión de compra está condicionada por su poder adquisitivo y por las estructuras económicas que determinan el valor de las mercancías. Desde la mirada crítica, el receptor puede reproducir la lógica del mercado o cuestionarla al reconocer la explotación detrás de los precios.

Emisor: El vendedor actúa como emisor, pero su papel está atravesado por desigualdades materiales: depende de vender para sobrevivir en un sistema que le paga menos de lo que produce. Su discurso busca persuadir, pero también refleja la precariedad laboral y la necesidad de competir en un mercado desigual.

Canal:  El megáfono y la oralidad son canales accesibles y directos, propios de contextos populares. Sin embargo, desde el paradigma crítico se observa cómo los grandes medios (televisión, prensa corporativa) tienen más poder de difusión que estos canales comunitarios, reproduciendo desigualdades en la capacidad de llegar a las masas.

Escenario: El mercado callejero es un espacio concreto donde se materializan relaciones de poder económico: vendedores informales frente a consumidores, competencia por precios bajos, y condiciones visibles de precariedad. El escenario muestra desigualdades estructurales en la economía popular.

Ruido: no es solo ambiental (otros vendedores, sonidos del mercado), sino también ideológico: la saturación de mensajes publicitarios que invisibilizan las condiciones de explotación y presentan el consumo como única vía de satisfacción.

Contexto: El contexto económico y social es clave ya que es un mercado popular en un sistema capitalista donde los precios y salarios reflejan desigualdades estructurales. Aquí se evidencian fenómenos como el fetichismo de la mercancía, donde el mango aparece como un producto con “valor propio”, ocultando las relaciones de trabajo y explotación que lo producen.

Objetivo: El objetivo inmediato es vender, pero desde el paradigma crítico se interpreta como parte de una lógica de reproducción del sistema económico: mantener el consumo y la circulación de mercancías. Alternativamente, podría convertirse en un espacio de resistencia si el discurso del vendedor cuestiona las condiciones de desigualdad.

Mensaje: El mensaje explícito es la oferta (“dos por dólar”), pero el mensaje implícito refleja la dinámica de explotación y precariedad: vender barato para sobrevivir, apelando a la necesidad del consumidor. El análisis crítico busca develar estas dimensiones ocultas detrás de la interacción cotidiana.

Paradigma conductista: la escena del mercado se interpreta como un proceso de condicionamiento: el vendedor emite estímulos verbales y visuales diseñados para provocar una respuesta concreta en el cliente (la compra). El análisis se centra en la conducta observable y en cómo los refuerzos (precio bajo, lenguaje coloquial, entusiasmo) aumentan la probabilidad de que el receptor actúe.

Emisor: el vendedor es el emisor que produce el estímulo comunicativo: su voz amplificada por el megáfono, el tono entusiasta y la oferta clara (“¡Mangos dos por dólar!”). Su intención es provocar una conducta específica en el receptor: la compra.

Receptor: el cliente es el receptor que reacciona ante el estímulo. Su conducta observable es detenerse, escuchar y considerar la compra. Desde esta perspectiva, lo relevante no es lo que piensa internamente, sino la acción visible: sacar dinero o adquirir el producto.

Mensaje: el mensaje es el estímulo verbal: una oferta concreta y repetida que busca condicionar la respuesta del receptor. Se apoya en refuerzos positivos (precio bajo, trato amistoso) para aumentar la probabilidad de compra.

Código: el lenguaje coloquial y cercano funciona como código compartido que asegura que el estímulo sea comprendido. Palabras como “chulada” generan asociación positiva y refuerzan la conducta deseada.

Canal: el canal es oral y sonoro, reforzado por el megáfono. Este medio amplifica el estímulo y lo hace más difícil de ignorar, aumentando la probabilidad de respuesta.

Escenario: el mercado es el espacio físico donde ocurre la interacción. El entorno facilita la repetición del estímulo (gritos de vendedores) y condiciona la conducta de los compradores, que esperan ofertas y regateos.

Contexto: el contexto económico y social influye en la respuesta: un mercado popular donde el precio bajo es un estímulo fuerte para consumidores con recursos limitados.

Ruido: el ruido puede ser otros vendedores gritando ofertas, música o conversaciones que compiten como estímulos. Si el ruido es fuerte, puede disminuir la eficacia del mensaje y alterar la respuesta esperada.

Objetivo: se enfoca en generar una respuesta observable y medible. Por ejemplo, que el cliente compre los mangos. El éxito del proceso se evalúa en términos de conducta visible, no de reflexión interna

lunes, 16 de marzo de 2026

Paradigma positivista en la Ciencia de la Comunicación

1. Introducción:

El positivismo es una corriente de pensamiento social que se enfoca en la observación y el estudio científico de los fenómenos naturales y sociales. Auguste Comte, el fundador del positivismo, creía que la ciencia y la razón podrían mejorar la sociedad y que la observación empírica era la única forma válida de conocimiento (y no la teología, ni la metafísica).

El positivismo de Comte también incluía la idea de que la sociedad debería ser organizada de manera racional y científica, basada en la observación empírica y en el conocimiento científico. Para Comte, esto implicaba la creación de una "religión de la humanidad" que reuniría a las personas en torno a la ciencia y la razón, en lugar de la religión y la superstición.

En cuanto a la comunicación, el positivismo se centraría en el análisis empírico y objetivo de los procesos comunicativos, basados en la observación y la medición de los fenómenos de la comunicación. Para Augusto Comte, la comunicación es un proceso fundamental en la creación y mantenimiento de la cohesión social. Él creía que la comunicación era esencial para el desarrollo del conocimiento y para la organización de la sociedad.

Comte pensaba que la comunicación era necesaria para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y que esto a su vez llevaría a un orden y progreso socialEn su obra "Curso de Filosofía Positiva", Comte describe la evolución de la sociedad a través de tres estadios: el teológico, el metafísico y el positivo. 

Estas etapas representan diferentes formas de explicar el mundo y el conocimiento humano a lo largo del tiempo.

Estado Teológico: En esta etapa, el pensamiento humano se caracteriza por explicaciones sobrenaturales y religiosas para los fenómenos naturales y sociales. Las fuerzas divinas, los dioses y las explicaciones basadas en la voluntad de seres sobrenaturales se utilizan para comprender el mundo y sus fenómenos. En el estado teológico, la sociedad y la naturaleza se ven como controladas por fuerzas divinas o entidades superiores. Comte identifica tres subetapas dentro del estado teológico, cada una representando una progresión en la forma en que se comprende el mundo:

a) Subetapa Fetichista o Animista: En esta etapa, la mente humana tiende a atribuir fuerzas animadas a los objetos y fenómenos naturales. Los seres humanos creen que los objetos inanimados poseen voluntad y conciencia. Por ejemplo, se pueden atribuir cualidades animistas a elementos naturales como árboles, rocas, ríos, etc. Esta subetapa se caracteriza por la creencia en espíritus o deidades que residen en objetos físicos y tienen poder sobre los eventos naturales.

b) Subetapa Politeísta: En la subetapa politeísta, las explicaciones religiosas se centran en múltiples deidades o fuerzas divinas que controlan diferentes aspectos del mundo natural y social. Cada dios o diosa está asociado con ciertos fenómenos o aspectos de la vida humana. Por ejemplo, en el politeísmo griego, hay dioses específicos para el sol, la guerra, el amor, entre otros aspectos de la existencia humana.

c) Subetapa Monoteísta: En esta última subetapa del estado teológico, la creencia en una única deidad omnipotente y omnisciente se vuelve predominante. Se considera que esta deidad única es la fuente y el controlador de todos los fenómenos naturales y eventos sociales. Ejemplos de religiones monoteístas incluyen el judaísmo, el cristianismo y el islam, donde se venera a un solo Dios como el creador y gobernante del universo.

Estado Metafísico: En esta etapa, las explicaciones religiosas son gradualmente reemplazadas por conceptos abstractos y entidades metafísicas. Las explicaciones metafísicas buscan causas abstractas o principios no físicos para los fenómenos observados. Aunque ya no se basan directamente en la religión, las explicaciones en el estado metafísico aún no están respaldadas por pruebas empíricas o científicas.

Estado Positivo: En esta etapa, la explicación de los fenómenos naturales y sociales se basa únicamente en la observación empírica, la experimentación y el análisis científico. El positivismo defiende que el conocimiento legítimo y la comprensión del mundo deben estar fundamentados en hechos observables y verificables. En el estado positivo, las explicaciones científicas reemplazan a las religiosas y metafísicas, y se enfatiza la importancia de la investigación empírica y la metodología científica.

Comte creía que la humanidad había progresado a través de estas etapas y que el estado positivo representaba el pináculo del desarrollo intelectual humano. Según él, el positivismo no solo debería aplicarse a la ciencia natural, sino también a las ciencias sociales, como la sociología, para entender la sociedad y guiar el orden y progreso social.

En el estadio positivo, la comunicación se convierte en el principal instrumento para el orden social y el progreso humano. En este estadio, la ciencia y la tecnología se vuelven más importantes que la religión y la filosofía.

2. Estática y dinámica social

Para Comte, la comunicación se entendía desde una perspectiva de estática y dinámica social. En su obra "Curso de Filosofía Positiva", Comte describe que la sociedad se puede entender a través de dos aspectos: estático  (orden) y dinámico (progreso).

Desde la perspectiva estática, la comunicación se entiende como un elemento clave para la cohesión social y la organización de la sociedad. Según Comte, la comunicación permite que los individuos de una sociedad se relacionen entre sí, establezcan vínculos y formen una comunidad. En este sentido, la comunicación es fundamental para el mantenimiento del orden social y para la estabilidad de las relaciones humanas.

Desde la perspectiva dinámica, la comunicación se entiende como un factor clave para el progreso social y el desarrollo humano. Para Comte, la comunicación permite el intercambio de ideas, conocimientos y experiencias entre los individuos, lo que a su vez lleva al desarrollo de la ciencia, la tecnología y la cultura. En este sentido, la comunicación es esencial para el avance de la sociedad y el bienestar humano.

3. Positivismo y la relación con los elementos de la comunicación
Desde la perspectiva positivista de Comte, los elementos de la comunicación se abordan de la siguiente manera:

Emisor: El emisor es considerado como el agente activo en el proceso de comunicación. Desde una perspectiva positivista, el emisor se analiza por medio de hechos empíricos y verificables. Un análisis positivista del emisor se enfocaría en la observación y medición de las características objetivas del emisor, como su género, edad, nivel educativo,  nacionalidad, e inclusive estatura, peso entre otras variables observables (ropa que utiliza, etc.).

Receptor: El receptor es visto como el receptor pasivo en el proceso de comunicación. Desde una perspectiva positivista, se podría analizar al receptor en términos de su capacidad para comprender el mensaje y su capacidad para evaluar la validez del mensaje a la luz de los hechos empíricos y verificables. Además, se podría evaluar su nivel de conocimiento y experiencia en relación con el tema que está recibiendo, y cómo esto influye en su capacidad para comprender el mensaje.

Un análisis positivista del receptor, se observaría y mediría las características objetivas de quienes reciben el mensaje, cuántos son, su edad, género, nivel educativo, formación política, interés en la política entre otras variables observables. 

Mensaje: El mensaje es el contenido de la comunicación ya sea oral, escrito o simbólico. Desde una perspectiva positivista, se podría describir el mensaje en términos de su claridad y precisión, así como su capacidad para estar respaldado por hechos empíricos y verificables. Además, se podría describir su capacidad para persuadir al receptor de manera objetiva y racional. Desde la lógica positivista se valora la comunicación explícita se refiere a una comunicación directa y sin ambigüedades, que se transmite utilizando un lenguaje claro y conciso. Se espera que el mensaje sea fácilmente comprensible y que no dé lugar a interpretaciones múltiples o confusas. Además, se espera que el emisor del mensaje se base en datos empíricos y evidencias verificables para sustentar sus afirmaciones. La comunicación se considera que permite una transmisión clara y objetiva del conocimiento. Se espera que los mensajes sean coherentes con los hechos empíricos y que no estén basados en especulaciones, prejuicios o creencias infundadas. En este sentido, la comunicación explícita se considera esencial para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, así como para la solución de problemas prácticos y la toma de decisiones racionales.

Las características objetivas del mensaje cantidad de palabras, palabras o frases que más usa, tiempos gramaticales, tonos, ritmos, etc.

Canal: se concibe como un medio objetivo y medible para la transmisión del mensaje, priorizando su eficiencia y fidelidad en la transferencia de información dentro de un proceso lineal de comunicación, donde el mensaje puede ser codificado, transmitido y decodificado sin alteraciones significativas, siempre que el canal funcione correctamente. En este enfoque, se evalúa en función de su capacidad de transmisión, asegurando que pueda transportar la información sin pérdidas o distorsiones; su claridad y precisión, minimizando el ruido e interferencias; y su medición objetiva, utilizando métricas cuantificables como la velocidad de transmisión en medios digitales, la calidad de señal en telecomunicaciones o la fidelidad en la comunicación escrita y verbal.

Se describe el medio que utiliza para transmitir, la velocidad de transmisión, el tiempo de la transmisión, la calidad de la señal, el alcance geográfico, etc

Código: El código es el conjunto de símbolos utilizados para codificar y decodificar el mensaje. Desde una perspectiva positivista, se podría analizar el código en términos de su capacidad para transmitir el mensaje de manera precisa y sin ambigüedades. Se podría evaluar la calidad del código y su capacidad para ser entendido por el receptor sin confusiones.

El escenario: se refiere al lugar desde donde se emite el mensaje. Desde una perspectiva positivista se puede considerar la influencia del entorno físico en la comunicación, como la acústica de un espacio, la presencia de distracciones visuales, la iluminación, la cantidad de personas que caben, la función original a la que el espacio sirve, entre otros factores objetivos.

Objetivo: se refiere al propósito o meta principal del que transmite un mensaje, es lo que se busca lograr para que el mensaje sea entendido claramente por el receptor de manera que se produzca una respuesta deseada. Este objetivo a veces se dice de forma directa o de forma indirecta.

Ruido: se refiere a cualquier factor que dificulte o distorsione la comprensión del mensaje entre el emisor y el receptor. El ruido puede tomar muchas formas diferentes, y puede ser físico, psicológico o semántico.

sábado, 7 de febrero de 2026

El Desayuno Nacional de Oración ¿pluralidad efectiva o solo aparente?

El Desayuno Nacional de Oración volvió a instalar en el centro del discurso público una narrativa ya conocida: la del “milagro”. Un país que se dice transformado, pacificado y restaurado. La historia se cuenta como una convergencia perfecta entre el “plan de Dios”, la nación y el liderazgo político, y en ese gesto la frontera entre fe cristiana y gobierno se vuelve casi invisible.

Desde la cúspide del poder habló el presidente Nayib Bukele, precedido por autoridades de los otros órganos del Estado, líderes religiosos cristianos y figuras del Congreso y el Senado de Estados Unidos —tanto demócratas como republicanos—, y de católicos y evangélicos sentados bajo un mismo lenguaje moral. En apariencia hay pluralidad política, pero la pregunta persiste: ¿se trata de una pluralidad efectiva o apenas de una escenificación del consenso?

En el plano religioso, el presidente se nombra cristiano y busca proyectarse como figura abierta e inclusiva. Sin embargo, su propia historia familiar deja entrever una pluralidad confesional más compleja: su padre, Armando Bukele Kattán, fue reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, ejerce como imán y guía espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña. Estos vínculos, lejos de asumirse con naturalidad, han sido activados o silenciados según convenga: exagerados para sembrar sospecha por parte de detractores y, en el discurso oficial, deliberadamente omitidos para preservar la homogeneidad del relato.

El escenario elegido, el Palacio Nacional, no es un edificio administrativo cualquiera, este representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo contemporáneo y a un cargo transitorio—, el Palacio, por su nombre y su carga simbólica, remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente incuestionable.

Elegir este espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional, como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa política ordinaria, una autoridad que no se somete a cuestionamiento.

En la escena se replica el formato del National Prayer Breakfast impulsado por el presidente Dwight D. Eisenhower en Estados Unidos, donde lo religioso, la diplomacia y el liderazgo político se entremezclan en un mismo ritual. El auditorio se puebla de aliados: trajes oscuros, credenciales visibles, manos que se estrechan entre quienes ya se reconocen. El poder tiene rostro masculino y habla en plural solemne: funcionarios del Estado, líderes religiosos, representantes institucionales que llegan, sobre todo, desde el norte. Estados Unidos vuelve a estar presente, no solo como aliado político, sino como referente moral.

El evento se nombra a sí mismo como plural con diversidad religiosa dentro del cristianismo, convivencia política entre republicanos y demócratas. Sin embargo, la pluralidad se agota en el discurso. Bajo la superficie, lo que se ordena no es la diferencia, sino la coincidencia. No se convoca al desacuerdo, sino al alineamiento. No se celebra la diversidad, sino la obediencia compartida a un mismo marco moral, simbólico y político. Por tanto, no se promueve un pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada y presentada como inclusiva.

¿Y las mujeres?

Las mujeres están —porque conviene que estén”—, pero no ocupan el centro. Su presencia es discreta, lateral, casi ornamental, sin nombres propios. La ausencia no es total; es más eficaz. Es una invisibilización que opera por normalidad, por repetición, por costumbre. No toman la palabra, no marcan el ritmo, no encarnan la autoridad. La única que aparece es una víctima sin identidad precisa: una “abuelita”, figura conveniente para el relato, evocada sin contexto, útil para exhibir lo barbárico de los enemigos y auto mostrar como héroes a las nuevas formas del "orden". A esta abuela se le menciona, pero se omite lo que incomoda: el aumento de los feminicidios, los señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos y los casos de mujeres desaparecidas.

Un caso rompería el silencio: el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años, ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le disparó justo frente al Palacio Nacional mientras ella caminaba por la zona. El hecho existe, pero no se menciona, porque desajusta la escena e interrumpiría la narrativa del milagro.

Lo que interesa es sostener una imagen completa y autosuficiente, una escena sin fisuras ni explicaciones, en la que el poder se muestra, se legitima y se bendice entre hombres, mientras la diversidad y la supuesta “inclusión” de las mujeres quedan reducidas a un simple decorado.

Ni hablar de la diversidad sexual, que en otro tiempo sirvió como gesto de modernidad y como oportunidad para fotografiarse con un Bukele del pasado, hoy cuidadosamente archivado en la memoria oficial.

Religión civil: pluralidad sin disenso

El Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede leerse, a la luz del concepto de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto estrictamente religioso, sino como un acontecimiento político cuidadosamente ritualizado. En este tipo de ceremonias, la religión deja de ser experiencia espiritual íntima o práctica comunitaria autónoma y se convierte en “lenguaje del poder”, es decir, en un repertorio simbólico destinado a “sacralizar la nación”, dotar de legitimidad moral al gobierno y revestirlo de una narrativa trascendente.

Como observó Bellah en el caso estadounidense —particularmente en rituales como el National Prayer Breakfast—, la religión civil no reemplaza a las iglesias tradicionales ni a sus líderes, sino que los convoca de manera selectiva. Toma de ellos lo que resulta funcional: “la obediencia como virtud”, “la unidad nacional como mandato”, “el excepcionalismo como destino” y “la autoridad como designio”. No se trata de fe, sino de cohesión; no de creencia, sino de orden.

El Primer Desayuno Nacional de Oración reproduce este modelo, pero lo hace en un contexto marcado por la concentración del poder y la reducción de los contrapesos institucionales. A ello se suman los despidos y la reducción de plazas en el sector público, así como el acelerado proceso de “gentrificación” del Centro Histórico de San Salvador, impulsado por intereses comerciales y simbólicos. También emergen amenazas vinculadas a la posible reactivación de la minería metálica y a los daños asociados al medio ambiente.

En ese escenario, la religión civil no solo acompaña al Estado: lo amplifica. La oración no interpela al poder; lo envuelve. La fe no incomoda; estabiliza. Y el ritual, lejos de abrir preguntas, ofrece certezas que clausuran el debate político bajo la forma de “consenso moral”.

Finalmente, la narrativa del “milagro” estructura de manera constante las intervenciones y describe el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de los más seguros. Al unísono, los intervinientes elevan a la nación —o al “pueblo”— a la categoría de lo sagrado; Dios aparece como “quien guía nuestro plan”, y el líder como ejecutor del designio. No hay jerarquías visibles entre ellos, sino una fusión cuidadosamente funcional al poder político.

En el Desayuno de Oración, Dios gobierna para un poder que se presenta como “moral” y “providencial”, pero que deja fuera los cuerpos, las voces y las desigualdades que el consenso bendecido no quiere ver. Lo que se santifica no es la vida, sino un poder que se absuelve a sí mismo en nombre de Dios.