Este tema examina cómo la transición del feudalismo al capitalismo no implicó únicamente cambios económicos, sino una profunda reorganización de la tierra, el trabajo, los cuerpos y las relaciones de género. A partir de Marx, se analizará la acumulación originaria como un proceso violento de expropiación de tierras comunales y de separación de campesinos y artesanos respecto de sus medios de subsistencia, que permitió formar una población obligada a vender su fuerza de trabajo.
A partir de Silvia Federici, se ampliará esta lectura para comprender que la acumulación originaria también supuso una reorganización de la división sexual del trabajo. El control sobre la sexualidad, la maternidad, los saberes comunitarios y el trabajo reproductivo de las mujeres fue fundamental para sostener la nueva organización capitalista del trabajo. En este marco, la caza de brujas y la colonización no aparecen como procesos secundarios o aislados, sino como mecanismos de disciplinamiento, expropiación y subordinación de cuerpos y poblaciones
De Marx a Federici: de la tierra al cuerpo
Contenidos
- De los movimientos campesinos y
urbanos a la formación del Estado moderno y la acumulación originaria
(cercamiento de tierras comunales, colonización, comercio de esclavos).
- Nueva división sexual del trabajo:
confinamiento de las mujeres al trabajo reproductivo y doméstico,
subordinación de los hombres en el espacio doméstico y disciplinamiento de
la fuerza de trabajo.
- Caza de brujas como dispositivo
central del capitalismo temprano: persecución, tortura y asesinato de
miles de mujeres para controlar cuerpo, sexualidad y reproducción.
- Construcción de la mujer como sujeto
domesticado: de vida colectiva y cooperativa a identidad obediente,
silenciosa, asexuada y peligrosamente “rebelde” si desborda esos límites.
- Articulación entre colonización,
expropiación campesina y persecución de brujas como procesos equivalentes
e indispensables para el capitalismo.
Conceptos clave
- Materialismo histórico (Marx leído
desde Federici)
- División sexual del trabajo y trabajo
reproductivo.
- Caza de brujas y control del cuerpo
femenino.
- Comunes (tierras, formas de vida y
saberes comunales).
- Subalternidad: Calibán (lo
indígena/colonial) y la bruja (las mujeres perseguidas).
Autores / lecturas
- Silvia Federici, Calibán y la
bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (capítulos iniciales
sobre transición feudalismo‑capitalismo, acumulación originaria y caza de
brujas).
- Marx, El Capital, tomo I, apartado sobre acumulación primitiva, como texto de referencia que Federici reelabora.
Introducción
La acumulación originaria, en Marx, nombra el proceso histórico y violento mediante el cual se destruyeron formas previas de subsistencia y se separó a campesinos y artesanos de sus tierras, herramientas y bienes comunales. Los cercamientos no solo privatizaron territorios: produjeron una población desposeída que, al no contar ya con medios propios para vivir, se vio obligada a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Así se crean las condiciones sociales básicas de la relación capitalista entre propietarios de medios de producción y trabajadores asalariados
Silvia Federici retoma esta explicación, pero desplaza la mirada de la tierra al cuerpo. Su aporte consiste en mostrar que la acumulación originaria no implicó únicamente la expropiación de los comunes materiales; también requirió controlar la sexualidad, la maternidad, los saberes sobre el cuerpo y el trabajo reproductivo de las mujeres. De este modo, el capitalismo no solo produjo trabajadores “libres” para ser explotados en fábricas, talleres o campos, sino que organizó un trabajo doméstico y de cuidados generalmente no remunerado, indispensable para sostener y reproducir esa fuerza de trabajo.
Desde esta perspectiva, la transición al capitalismo debe entenderse como una doble expropiación: el cercamiento de la tierra y el cercamiento de los cuerpos.
1. Acumulación
originaria como guerra contra los cuerpos
Desde Marx
La acumulación originaria es
expropiación de tierras comunales y conversión de campesinos en proletarios
obligados a vender su fuerza de trabajo. Para Marx, el capitalismo no comienza
simplemente porque aparezcan mercados o porque algunas personas decidan
convertirse en empresarios. Se necesita una condición fundamental: que existan,
por un lado, personas que poseen los medios de producción y, por otro, personas
que no poseen esos medios y solamente pueden vender su fuerza de trabajo. Por
eso Marx habla de la acumulación originaria. Antes de convertirse en
proletario, el campesino podía tener acceso a tierras, bosques, pastos, agua u
otros medios de subsistencia. No necesariamente era propietario individual de
todo, pero podía tener derechos de uso sobre tierras comunales.
Los cercamientos (enclosures) modificaron
esta situación. Las tierras comunales fueron progresivamente apropiadas,
cercadas y convertidas en propiedad privada. Muchos campesinos perdieron el
acceso a los recursos que les permitían reproducir su vida. La acumulación
originaria no solamente expropió tierras; también reorganizó los cuerpos y las
capacidades reproductivas de las mujeres. Para Marx el capitalismo destruye
formas colectivas de propiedad y trabajo (comunes, gremios, aldeas) para
imponer relaciones individuales de mercado.
Con Federici
Se retoma este análisis, pero afirma
que resulta insuficiente si se concentra únicamente en la expropiación de
tierras y en la formación del trabajador asalariado masculino. Su pregunta es:
¿quién reproduce cotidianamente a ese trabajador?, ¿quién gesta, cuida,
alimenta, cura y sostiene a la futura fuerza de trabajo?, ¿bajo qué relaciones
de poder se organiza esa reproducción? Su respuesta es que el capitalismo
necesitó reorganizar radicalmente el trabajo de las mujeres y someter sus
cuerpos a nuevas formas de control.
El capitalismo buscó devaluar y
naturalizar el trabajo doméstico y de cuidados, presentándolo como “amor”,
deber femenino o vocación, en vez de trabajo socialmente indispensable. Esto incluía
el reforzar una división sexual del trabajo que asignara a los hombres, de
manera tendencial, el empleo asalariado y a las mujeres el trabajo reproductivo
no remunerado. Además de limitar la autonomía de las mujeres sobre la
sexualidad, la maternidad, los saberes curativos y las redes comunales de
apoyo.
Esa expropiación
es también una guerra contra los cuerpos subalternos (especialmente de las
mujeres), que se disciplinan mediante terror, ley y moral para convertirlos en
soporte de la explotación. Cuando
Federici habla de una “guerra contra las mujeres”, no se refiere solo a
agresiones individuales. Señala un proceso estructural: la construcción de un
orden patriarcal funcional a la acumulación capitalista, en el cual los cuerpos
de las mujeres, su trabajo y sus capacidades reproductivas quedan subordinados
a la reproducción de la fuerza de trabajo.
Ejemplo
Aplicado: una comunidad
campesina antes de los cercamientos. Una familia puede cultivar una parcela,
usar el bosque para obtener leña, alimentar algunos animales en pastos comunes,
recolectar plantas medicinales y apoyarse en redes vecinales. Las mujeres no
solo realizan tareas domésticas: pueden participar en la producción agrícola,
intercambiar saberes, curar, asistir partos y sostener formas comunitarias de
cooperación.
Con los
cercamientos, la comunidad pierde el acceso a esos medios colectivos. El hombre
puede verse obligado a migrar o a aceptar empleo asalariado. Pero la mujer no
queda simplemente “afuera” de la economía: su trabajo se vuelve aún más
necesario para compensar la pérdida de recursos. Debe asegurar comida, cuidado,
crianza y sobrevivencia del hogar con menos medios y, con frecuencia, sin
remuneración.
En Federici la
proletarización no afecta del mismo modo a hombres y mujeres. Mientras el
trabajador asalariado es incorporado directamente a la fábrica, el taller o el
campo capitalista, muchas mujeres son confinadas o subordinadas al hogar como
espacio de reproducción no pagada. El salario masculino puede aparecer como
ingreso familiar, pero también organiza una relación de dependencia: el hombre
recibe el salario y la mujer queda asociada al trabajo doméstico, reproductivo
y de cuidados. La destrucción de los comunes implica también la ruptura de
redes femeninas de apoyo, cuidado y subsistencia compartida, desarmando formas
de trabajo colectivo no capitalistas.
2. Degradación
del trabajo reproductivo
Desde Marx
El análisis de
Marx se concentra en la producción capitalista y, especialmente, en la
extracción de plusvalor. El capitalista compra fuerza de trabajo por un salario
y, durante la jornada laboral, obtiene del trabajador un valor mayor que el que
paga. Esa diferencia es el plusvalor, fuente de la ganancia capitalista. Que de
igual forma se obtiene al vender la mercancía más caro de lo que realmente
cuesta.
Por ello, el
lugar privilegiado del análisis marxiano es la fábrica, el taller, la mina o el
campo capitalista espacios en los que el trabajo asalariado produce mercancías
para el mercado. Marx sí reconoce que la fuerza de trabajo debe renovarse
diariamente y reproducirse generacionalmente, pero no desarrolla de manera
sistemática quién realiza esa reproducción ni bajo qué relaciones de poder. El
problema aparece cuando se da por supuesto que el trabajador llega cada mañana
alimentado, vestido, cuidado, descansado y disponible para trabajar. La
reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo queda en el trasfondo de la
teoría económica.
Con Federici
Federici coloca
ese trasfondo en el centro. Sostiene que criar hijos e hijas, alimentar,
limpiar, cuidar enfermos, acompañar a personas mayores, sostener afectivamente
a la familia y organizar la vida cotidiana no son actividades “naturales” ni
privadas: son trabajo reproductivo. Este trabajo es indispensable para el
capitalismo porque produce y mantiene aquello que el capital compra en el
mercado: la fuerza de trabajo. Sin alimentación, vivienda, descanso, crianza,
cuidados y reposición generacional, no existirían trabajadores disponibles para
la producción de mercancías.
La operación
ideológica fundamental consiste en presentar este trabajo como una extensión
espontánea de la feminidad. Se dice que las mujeres cuidan por amor, instinto,
deber materno o vocación doméstica. Al llamarlo “amor” o “deber”, se oculta su
carácter laboral y se evita reconocerlo, remunerarlo y redistribuirlo.
Federici vincula
esta desvalorización con la consolidación de un orden en el cual el salario
masculino funciona como mediación de dependencia. El trabajador recibe un
salario, mientras la mujer queda asociada al trabajo doméstico no remunerado
que sostiene tanto al trabajador como a la futura generación de trabajadores.
Ejemplo: la
ama de casa moderna
La figura de la
“ama de casa” no debe entenderse como una persona económicamente inactiva. Ella
trabaja produciendo condiciones de vida: prepara alimentos, administra recursos
escasos, cuida niños y niñas, atiende enfermedades, limpia, organiza horarios y
sostiene vínculos afectivos.
Sin embargo, como
su trabajo no aparece como una mercancía vendida en el mercado ni recibe
regularmente un salario, se clasifica como “no trabajo”. La contradicción es que
el capitalismo depende de ese trabajo para disponer de fuerza laboral, pero
procura que su costo recaiga principalmente en los hogares y, dentro de ellos,
en las mujeres.
3. Caza de
brujas como disciplina laboral
Desde Marx
Marx analiza la
disciplina de la fuerza de trabajo como una dimensión necesaria de la
acumulación originaria. El cercamiento de tierras comunales expulsa a
campesinos y campesinas de sus condiciones de subsistencia, pero esa expulsión
no garantiza automáticamente que acepten trabajar bajo las nuevas condiciones
salariales.
Por ello, el
Estado interviene mediante la llamada “legislación sanguinaria” contra las
personas expropiadas. Las leyes contra la vagancia, la mendicidad y el
desplazamiento castigaban a quienes no podían o no querían incorporarse al
trabajo asalariado. Azotes, marcas corporales, encarcelamiento, trabajo forzado
e incluso pena de muerte fueron instrumentos para disciplinar a una población
desposeída. En esta lectura, la
violencia estatal no es un residuo feudal que desaparece con el mercado. Es una
condición histórica que obliga a los expropiados a aceptar la nueva disciplina
laboral.
Con Federici
Federici coincide
en que el capitalismo necesitó disciplinar a la población desposeída, pero
insiste en que esta disciplina tuvo una dimensión específicamente sexualizada.
La caza de brujas fue, en su interpretación, una campaña de terror dirigida de
forma desproporcionada contra mujeres pobres, ancianas, viudas, curanderas,
parteras, mendigas y mujeres consideradas insumisas.
No se trató
solamente de una persecución religiosa ni de un episodio de superstición
medieval. Para Federici, la caza de brujas acompañó la transición al
capitalismo porque ayudó a quebrar solidaridades comunales, reducir la
autonomía femenina y reordenar el trabajo de las mujeres hacia el hogar, la
maternidad y el cuidado.
La figura de la
bruja condensaba múltiples amenazas para el nuevo orden: una mujer que conocía
el cuerpo, manejaba remedios, intervenía en partos, podía controlar la
natalidad, vivía sin tutela masculina, cuestionaba autoridades o participaba en
conflictos comunitarios. La persecución transformó esas capacidades y formas de
autonomía en delitos o signos de peligrosidad social.
Ejemplo:
parteras y curanderas
Las parteras,
curanderas y mujeres conocedoras de prácticas anticonceptivas o abortivas
podían tener una autoridad importante en sus comunidades. Sus saberes les
permitían intervenir en la reproducción, aliviar enfermedades y sostener formas
de cuidado relativamente autónomas de instituciones estatales, eclesiásticas o
médicas.
En el marco
analizado por Federici, la criminalización de esas prácticas no solo persigue
una creencia religiosa considerada desviada. También disputa quién controla la
reproducción, quién define los usos legítimos del cuerpo y quién posee
autoridad sobre la salud y la sexualidad de las mujeres.
4. Control de
la reproducción como control del trabajo
Desde Marx
Para Marx, la
fuerza de trabajo es una mercancía especial: a diferencia de una máquina o una
materia prima, tiene la capacidad de crear nuevo valor. El capitalista la
compra por un tiempo determinado, pero durante ese tiempo obtiene de ella una
cantidad de trabajo superior al valor pagado mediante el salario. La fuerza de
trabajo, sin embargo, debe existir y renovarse. Debe haber personas capaces de
trabajar hoy y nuevas generaciones que reemplacen a quienes envejecen, enferman
o mueren. Marx reconoce que el salario se vincula con la reproducción del
trabajador y de su familia, pero no convierte el control sobre la sexualidad,
la maternidad y la natalidad en un eje central de su explicación.
Con Federici
Federici afirma
que la reproducción humana debe ser entendida como un terreno de lucha política
y económica. Si el capitalismo necesita fuerza de trabajo, controlar la
capacidad de procrear, criar y sostener cuerpos trabajadores es una forma de
controlar una condición básica de la acumulación.
Desde esta
perspectiva, la sexualidad y la maternidad no son asuntos estrictamente
privados. Las normas sobre matrimonio, aborto, infanticidio, anticoncepción,
moral sexual y conducta femenina forman parte de dispositivos que regulan la
reproducción de la población trabajadora.
Federici subraya
que, durante la transición al capitalismo, se reforzaron controles legales,
religiosos y morales sobre las mujeres. La persecución de prácticas
anticonceptivas y abortivas, así como la criminalización de formas de
sexualidad no orientadas a la reproducción legítima, redujeron la capacidad
femenina de decidir sobre sus cuerpos.
Ejemplo:
aborto, infanticidio y sexualidad no reproductiva
La
criminalización del aborto y del infanticidio en la Europa moderna debe leerse,
en este marco, más allá de una simple condena moral. Es una intervención sobre
la capacidad de las mujeres para decidir si tener hijos, cuándo tenerlos y bajo
qué condiciones. Federici no plantea que todas estas medidas respondieran
mecánicamente a una necesidad demográfica. Su punto es más amplio: el Estado y
la Iglesia construyeron un orden en el que la capacidad reproductiva femenina
pasó a ser objeto de vigilancia, regulación y castigo. De esta manera, la
reproducción de la fuerza de trabajo se subordinó progresivamente a intereses
estatales, patriarcales y capitalistas.
5. División
sexual del trabajo
Desde Marx
El análisis
clásico de Marx sobre la gran industria destaca la incorporación de mujeres y
niños al trabajo fabril. Esto permite ver que el capitalismo puede emplear a
toda la familia trabajadora, rebajar salarios y aumentar la disponibilidad de
mano de obra. Sin embargo, la figura predominante en gran parte de su
exposición sigue siendo la del obrero asalariado masculino. La división entre
trabajo productivo remunerado y trabajo doméstico reproductivo no recibe el
mismo desarrollo teórico que la explotación dentro de la fábrica.
El riesgo de esta
centralidad es considerar que el proletariado se constituye principalmente en
el espacio laboral formal, dejando en segundo plano los hogares, los cuidados y
las relaciones de género que hacen posible la participación cotidiana en el empleo
asalariado.
Con Federici
Federici sostiene
que la división sexual del trabajo no es una distribución neutral o natural de
tareas. Es una construcción histórica que asigna posiciones desiguales dentro
de la reproducción capitalista.
La consolidación
del capitalismo separó de forma creciente el espacio del trabajo asalariado
visible y el espacio del trabajo doméstico invisibilizado. De manera
tendencial, el hombre fue ubicado como proveedor salarial y la mujer como
esposa, madre, cuidadora y responsable del hogar. No significa que las mujeres
dejaran de trabajar en actividades productivas; muchas siguieron haciéndolo en
el campo, talleres, comercio, servicio doméstico o manufactura. Significa que
su trabajo fue degradado, peor remunerado y definido socialmente como
secundario respecto del salario masculino.
Esta
reorganización permitió presentar el hogar como una esfera privada y no
económica, aunque allí se produjera diariamente la fuerza de trabajo requerida
por el capital. Federici describe esta operación como una nueva división sexual
del trabajo que subordina la labor y la función reproductiva de las mujeres a
la reproducción de la fuerza laboral.
Ejemplo:
expulsión y confinamiento
El proceso no
debe imaginarse como una expulsión absoluta y uniforme de las mujeres de todos
los oficios. Más bien, muchas perdieron acceso a ocupaciones, gremios, recursos
comunales o formas autónomas de subsistencia; otras fueron desplazadas hacia
empleos peor pagados, informales o subordinados.
Al mismo tiempo,
la ideología de la domesticidad convirtió el hogar en el lugar “natural” de las
mujeres. Así, el hombre aparece como trabajador pleno y proveedor, mientras el
trabajo femenino queda fragmentado entre labores domésticas no pagadas y ocupaciones
precarias o complementarias.
6.
Articulación entre colonización y trabajo
Desde Marx
Marx incorpora la
conquista de América, el saqueo colonial, la esclavización y el comercio
transatlántico como dimensiones decisivas de la acumulación originaria. La
riqueza obtenida mediante despojo, extracción de metales, apropiación de
tierras y explotación de poblaciones colonizadas contribuyó a concentrar
capital en Europa. La acumulación originaria, por tanto, no es únicamente una
historia nacional inglesa de cercamientos. Es también una historia mundial de
conquista, violencia racial, extracción colonial y esclavitud. El capitalismo
europeo se nutre de relaciones de dominación que atraviesan continentes.
Con Federici
Federici
profundiza esa conexión y sostiene que la organización del trabajo en Europa no
puede separarse de la organización colonial del trabajo. La expropiación de
campesinos europeos, la subordinación de las mujeres, la esclavización de
poblaciones africanas y la conquista de pueblos indígenas son procesos
vinculados, aunque no idénticos.
La figura de
Calibán remite al sujeto colonizado: racializado, deshumanizado y presentado
como inferior, salvaje o naturalmente disponible para la explotación. La figura
de la bruja remite a la mujer demonizada por su autonomía, sus saberes y su
resistencia. Ambas figuras permiten pensar cómo el capitalismo construyó
poblaciones que podían ser explotadas y violentadas con mayor intensidad.
En esta
perspectiva, colonia y metrópoli no son escenarios aislados. Las técnicas de
control, los discursos de inferiorización y las jerarquías laborales circulan
entre ambos espacios. Federici vincula explícitamente la división entre colonia
y metrópoli, la jerarquía racial y el disciplinamiento de los cuerpos femeninos
con la formación del orden capitalista global.
Ejemplo:
minas, talleres y violencia colonial
En territorios
coloniales, los pueblos indígenas fueron forzados a trabajar en minas,
plantaciones, obrajes y otras actividades extractivas mediante tributos,
repartimientos, violencia militar y coerción legal. Esta explotación no fue una
desviación del capitalismo europeo: fue una de sus condiciones históricas de
enriquecimiento.
Al mismo tiempo,
las mujeres indígenas padecieron una subordinación articulada por género, raza
y colonialidad. Podían ser explotadas como trabajadoras, cuidadoras,
productoras agrícolas, servidoras domésticas o reproductoras de población;
además, sus prácticas rituales, médicas y comunitarias podían ser perseguidas
como idolatría, hechicería o brujería. El objetivo era también desestructurar
formas colectivas de autonomía.
7. Racismo y
sexismo como tecnologías del trabajo
Desde Marx
Marx explica la
explotación capitalista a partir de la relación entre capital y trabajo
asalariado: quienes poseen los medios de producción compran fuerza de trabajo a
quienes han sido desposeídos de ellos. La clase constituye, por tanto, una
categoría central para comprender el funcionamiento del capital.
No obstante, su
marco puede resultar limitado si raza y género se tratan solo como
desigualdades añadidas a una explotación de clase considerada homogénea. La
experiencia de una mujer indígena, una mujer afrodescendiente, un trabajador
esclavizado o un obrero blanco europeo no está determinada únicamente por una
posición abstracta dentro del mercado laboral.
Con Federici
Federici sostiene
que racismo y sexismo son tecnologías de organización del trabajo. No son
simples prejuicios culturales que sobreviven accidentalmente dentro del
capitalismo; ayudan a clasificar poblaciones, justificar despojos y distribuir
de manera desigual las cargas laborales, los derechos, los salarios y la
exposición a la violencia. El racismo produce poblaciones consideradas
naturalmente aptas para el trabajo forzado, servil, doméstico, peligroso o mal
remunerado. El sexismo presenta el trabajo de las mujeres como una obligación
moral, una cualidad natural o una ayuda secundaria. Juntos, ambos mecanismos
fragmentan a las clases subalternas y dificultan la solidaridad entre quienes
comparten condiciones de explotación.
La desigualdad no
funciona solamente pagando menos por el mismo trabajo. También opera definiendo
qué trabajos merecen salario, cuáles son invisibles, quién puede reclamar
derechos y quién puede ser tratado como reemplazable. Federici plantea que el
capitalismo se compromete estructuralmente con el racismo y el sexismo porque
necesita justificar la coerción y la desigualdad que atraviesan sus relaciones
sociales.
Ejemplo:
trabajo doméstico y de cuidados racializado
Las mujeres
indígenas, afrodescendientes, migrantes o empobrecidas suelen concentrarse de
manera desproporcionada en el servicio doméstico, los cuidados, la limpieza, el
trabajo informal y los empleos de menor protección social. No se trata solo de
una decisión individual de ocupación.
Esta
concentración resulta de herencias coloniales, desigualdades educativas,
segmentación laboral, discriminación salarial, estereotipos de género y raza, y
menor acceso a propiedad, seguridad social y protección estatal. Así, el
capitalismo organiza una jerarquía donde ciertos cuerpos son asociados
socialmente con el servicio y el cuidado de otros.
8.
Silenciamiento de saberes sobre el cuerpo
Desde Marx
Marx presta
especial atención a las transformaciones técnicas de la producción: maquinaria,
división del trabajo, cooperación, gran industria y subordinación del obrero al
ritmo de la fábrica. Su interés está en cómo el capital reorganiza los
conocimientos y las destrezas productivas, concentrándolos en la maquinaria, la
administración y la propiedad capitalista.
Sin embargo, los
saberes populares sobre el cuerpo, la salud, la fertilidad, las plantas, los
ciclos naturales y el cuidado colectivo no ocupan un lugar equivalente en su
explicación de la acumulación originaria.
Con Federici
Federici amplía
el campo de análisis al plantear que los saberes populares podían sostener
formas de autonomía material. Conocer plantas medicinales, asistir partos,
regular la fertilidad, compartir prácticas de cuidado, mantener rituales
comunitarios o preservar vínculos con la tierra permitía a las comunidades
depender menos del Estado, de la Iglesia, de los terratenientes o del mercado.
Por ello, la
persecución de esos saberes no debe leerse solo como intolerancia religiosa.
También puede entenderse como una disputa por el control de los cuerpos y por
la autoridad para definir qué conocimientos son legítimos. La medicina
institucional, la autoridad eclesiástica y el poder colonial se atribuyen el
monopolio de la verdad sobre la salud, la sexualidad y la naturaleza, mientras
saberes comunitarios son relegados a superstición, magia, idolatría o brujería.
La caza de brujas
opera entonces como una política de deslegitimación: transforma conocimientos
de cuidado y autonomía en signos de peligro, desviación o delito.
Ejemplo:
destrucción de huacas y persecución de prácticas comunitarias
En América
colonial, la destrucción de huacas y la persecución de ritos indígenas buscaban
mucho más que imponer una doctrina religiosa. Las huacas, los rituales y las
prácticas colectivas podían estructurar memorias, autoridades, formas de
relación con el territorio y redes de solidaridad comunitaria.
Asimismo, las
prácticas de sanación, los conocimientos herbolarios y las formas colectivas de
cuidado podían ser perseguidas como idolatría, hechicería o superstición. Al
desautorizar estos saberes, el orden colonial debilitaba fuentes comunitarias
de autonomía y reforzaba su poder sobre cuerpos, territorios y trabajo.
9. Resistencia
de mujeres y clases populares
Desde Marx
Para Marx, la
historia del capitalismo no es solo la historia de la dominación burguesa.
También es la historia de la resistencia de campesinos expropiados, artesanos
desplazados, trabajadores fabriles, comunidades despojadas y organizaciones
obreras.
La lucha de
clases expresa que la explotación nunca se instala sin conflicto. Huelgas,
rebeliones, destrucción de máquinas, organización sindical y levantamientos
campesinos son respuestas a la subordinación al capital.
Con Federici
Federici amplía
quiénes cuentan como sujetos de resistencia. Las luchas de mujeres por defender
los comunes, el control sobre sus cuerpos, los saberes de cuidado, la autonomía
sexual, la reproducción comunitaria y las redes de solidaridad forman parte de
la historia de resistencia contra el capitalismo.
Esta perspectiva
cuestiona la idea de que solo hay lucha política cuando existe una organización
obrera formal o una demanda salarial explícita. Defender una fuente de agua,
sostener una red comunitaria de alimentos, resistir el despojo territorial,
preservar conocimientos de salud, oponerse a la violencia sexual o negarse a
una maternidad impuesta puede ser también una lucha contra las condiciones de
acumulación.
La caza de brujas
es relevante porque persiguió no únicamente a mujeres aisladas, sino a posibles
nodos de apoyo y resistencia comunitaria. Al demonizarlas como brujas,
seductoras, corruptoras o enemigas del orden, se buscaba aislarlas socialmente
y quebrar los vínculos colectivos que podían sostener una oposición al nuevo
régimen de trabajo.
Ejemplo:
mujeres en luchas campesinas y anticoloniales
Las mujeres han
participado activamente en rebeliones campesinas, resistencias indígenas,
luchas anticoloniales, movimientos por la tierra, huelgas, redes de
alimentación y formas comunitarias de sobrevivencia. Sin embargo, los relatos
oficiales suelen reducirlas a víctimas pasivas o las representan como amenazas
morales cuando ocupan un lugar de liderazgo.
En la lectura de
Federici, la demonización de mujeres rebeldes cumple una función política:
desacreditar su palabra, asociar su autonomía con el desorden y advertir a
otras mujeres sobre los costos de desafiar la autoridad masculina, colonial,
eclesiástica o estatal. Recuperar estas resistencias permite entender que el
trabajo reproductivo no es solo un terreno de explotación: también es un
espacio desde el cual se organizan cuidados, solidaridades y alternativas de
vida.
