viernes, 8 de mayo de 2026

Comunicaciones (y el análisis del discurso) desde los paradigmas, análisis teórico

La comunicación es el proceso mediante el cual se produce, distribuye y consume un mensaje transmitido por un emisor hacia un receptor, a través de un canal y utilizando códigos compartidos, dentro de un contexto y escenario determinados, considerando posibles barreras o ruidos pero orientado hacia un objetivo específico. No todos los elementos de la comunicación deben estar presentes en cada acto comunicativo. Existen formas sencillas de comunicación que no constituyen un discurso, como los gestos cotidianos (una sonrisa, un saludo con la mano, un asentimiento), las señales visuales (un semáforo en rojo, un cartel de “prohibido fumar”), los sonidos ambientales (una sirena de ambulancia, el timbre de una escuela) o las interacciones breves (“sí”, “no”, “gracias”). Todos ellos comunican, pero no desarrollan un discurso estructurado.

El discurso puede definirse como un acto comunicacional complejo, estructurado e intencional que sí requiere considerar de manera cuidadosa los distintos elementos de la comunicación. A diferencia de formas simples de comunicación, el discurso implica una organización coherente de mensajes orientados a producir sentidos, influir, argumentar, persuadir, informar o representar una determinada visión de la realidad.

En el discurso, el emisor construye estratégicamente el mensaje tomando en cuenta al receptor, el contexto, el escenario, el canal, los códigos compartidos, los posibles ruidos o barreras y el objetivo comunicativo que desea alcanzar. Por ello, el discurso no consiste únicamente en transmitir información, sino en elaborar significados de manera consciente dentro de una situación social específica.

Mientras algunas formas de comunicación pueden ser inmediatas, espontáneas y poco elaboradas —como un gesto, una señal o una respuesta breve—, el discurso supone un mayor nivel de elaboración simbólica y reflexiva. En él, los elementos comunicativos adquieren relevancia porque influyen en la interpretación y en los efectos del mensaje. El contexto histórico, cultural, político o social puede modificar profundamente el sentido del discurso, así como las características del público al que se dirige.

Por ello, el discurso no es simplemente “comunicar algo”, sino desarrollar un proceso comunicativo complejo donde los mensajes se organizan con intención, estructura y significado dentro de determinadas relaciones sociales y de poder. Sino que en el discurso es indispensable considerar todos los elementos de la comunicación, y por tanto, analiza estos cómo interactúan entre síde ahi que sea importante definirlos:

C – Código
El código es el sistema de signos y reglas que permite construir y comprender el mensaje. Puede ser verbal (lenguaje hablado o escrito), visual (imágenes, símbolos), sonoro (música, tonos) o multimodal (combinación de varios). Su eficacia depende de que emisor y receptor compartan el mismo código o tengan la capacidad de interpretarlo correctamente.

R – Receptor
El receptor es el individuo o grupo que recibe el mensaje. Su papel es decodificarlo, interpretarlo y reaccionar en función de sus conocimientos, experiencias y condiciones personales. La recepción nunca es completamente pasiva: siempre implica un proceso de interpretación.

E – Emisor
El emisor u orador es el sujeto, institución o entidad que produce y transmite el mensaje. Su función principal es codificar la información de manera que pueda ser comprendida por el receptor. El emisor define la intención comunicativa y selecciona el canal más adecuado para lograr su objetivo.

C – Canal
El canal es el medio físico o tecnológico por el cual circula el mensaje. Puede ser oral, escrito, visual, audiovisual, digital o presencial directo. La elección del canal influye en la velocidad, alcance y calidad de la transmisión.

E – Escenario
El escenario es el espacio físico o situación concreta donde ocurre la comunicación. Incluye el lugar, el momento histórico, los actores presentes y las condiciones visibles de la interacción.

R – Ruido
El ruido son las interferencias que afectan la transmisión del mensaje. Puede ser físico (sonidos externos), técnico (fallas en el canal), semántico (uso de códigos no compartidos) o psicológico (distracciones, prejuicios). El ruido puede distorsionar o impedir la comprensión.

C – Contexto
El contexto son las condiciones externas que rodean la comunicación: políticas, económicas, sociales, culturales e históricas. El contexto explica por qué un mismo mensaje puede tener interpretaciones distintas según el entorno en el que se recibe.

O – Objetivo
El objetivo es el resultado esperado del proceso comunicativo. Puede ser informar, persuadir, entretener, educar o movilizar. El objetivo guía la forma en que se construye y transmite el mensaje.

M – Mensaje
El mensaje es el contenido transmitido de forma observable y medible. Puede ser verbal, visual, sonoro o multimodal. Representa la información, idea o emoción que el emisor desea compartir con el receptor.

Cuando se revisan a fondo estos elementos, surge el análisis del discurso, este se da con la reflexión de la interacción de todos los elementos y representa el producto concreto del proceso comunicativo, permite analizar a fondo el contenido simbólico y explicito que analiza los diferentes contextos sociales, culturales o políticos. El discurso constituye una práctica comunicativa fundamental en la vida pública, pues articula las relaciones entre poder, economía, autoridad y ciudadanía. Diversos autores como Van Dijk, 1999 han señalado la importancia del análisis del discurso. El mismo puede hacerse desde diferentes paradigmas.

La comunicación desde los paradigmas:

Los paradigmas son marcos de pensamiento o conjuntos de ideas, supuestos, valores, conceptos y métodos que orientan la manera en que las personas observan, explican e investigan un fenómeno. En otras palabras, un paradigma actúa como una “lente” que influye en cómo se hacen preguntas, qué se considera importante, qué métodos se utilizan y cómo se interpretan los resultados.

Desde el posititivismo el discurso se entiende como un proceso lineal, observable y medible que busca explicar cómo un mensaje es transmitido de un emisor hacia un receptor para generar un efecto determinado. Por ello, este enfoque responde preguntas como: ¿quién da el mensaje?, ¿a quién se dirige?, ¿qué dice?, ¿cómo lo transmite?, ¿cuándo ocurre?, ¿dónde sucede? y ¿qué efectos produce? En este sentido, el emisor u orador es quien produce y envía el mensaje; el receptor es quien lo recibe; el mensaje corresponde al contenido transmitido; el código es el sistema de signos compartidos que permite comprenderlo; y el canal es el medio utilizado para comunicarlo, ya sea oral, escrito, visual, digital o audiovisual. Asimismo, el paradigma positivista considera el escenario o lugar físico donde ocurre la comunicación y el contexto social, político, económico y cultural que rodea el proceso. También reconoce la existencia de ruidos o interferencias que pueden alterar la transmisión del mensaje. Finalmente, la comunicación posee un objetivo específico, entendido como el efecto o resultado que se espera producir en el receptor, lo cual puede ser estudiado y medido de manera científica.

Desde el paradigma estructural-funcionalista, el discurso se entiende como un sistema compuesto por elementos interrelacionados que cumplen funciones específicas para mantener el orden, la integración y el funcionamiento de la sociedad. Este enfoque analiza cómo cada componente de la comunicación aporta a la estabilidad de la estructura social, considerando que las sociedades están organizadas mediante normas, valores, instituciones y reglas formales e informales que orientan el comportamiento de los individuos. Además, este paradigma distingue entre sociedades con solidaridad mecánica, caracterizadas por relaciones más simples y homogéneas, y sociedades con solidaridad orgánica, más complejas y especializadas, donde los individuos dependen unos de otros a través de funciones diferenciadas.

En este marco, el emisor no es únicamente quien transmite el mensaje, sino un actor que ocupa un rol dentro de una estructura social determinada y que comunica según normas culturales, institucionales y sociales. El receptor, por su parte, cumple la función de interpretar y responder al mensaje dentro de los límites y expectativas establecidos por la sociedad. El código se comprende como un sistema de signos, símbolos y significados compartidos —materiales o inmateriales— que permite la comunicación y que existe gracias a reglas sociales formales e informales aprendidas colectivamente. El mensaje constituye el contenido que circula dentro del sistema y que contribuye a transmitir valores, información, normas o ideologías necesarias para la cohesión social.

El canal es el medio físico o tecnológico que permite la circulación del mensaje, ya sea oral, escrito, audiovisual, digital o presencial, y su función es conectar a los distintos actores del sistema social. El escenario corresponde al espacio físico o institucional donde ocurre la comunicación, como la escuela, la familia, los medios de comunicación o las redes digitales, espacios que también forman parte de la estructura social. El contexto incluye las condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que rodean el proceso comunicativo y que influyen en el significado y función de los mensajes. Asimismo, el ruido representa las interferencias o alteraciones que dificultan el correcto funcionamiento de la comunicación y pueden afectar la estabilidad del sistema. Finalmente, el objetivo de la comunicación consiste en producir determinados efectos sociales, como informar, integrar, educar, persuadir o mantener el orden social, permitiendo así la continuidad y funcionamiento de la estructura colectiva.

Desde el paradigma comprensivo o interpretativo, el discurso no se entiende únicamente como una transmisión mecánica de mensajes, sino como un proceso de construcción de significados entre sujetos sociales. Este enfoque busca comprender las intenciones, motivaciones, experiencias y sentidos que las personas atribuyen a sus acciones comunicativas. Por ello, la comunicación se analiza desde la perspectiva de los actores involucrados, especialmente desde el significado que el emisor y el receptor otorgan al proceso comunicativo dentro de su contexto cultural e histórico.

En este paradigma, el emisor u orador no es visto solamente como quien transmite información, sino como un sujeto social que actúa guiado por motivos, valores, emociones, intereses, creencias e intenciones. El análisis busca comprender qué tipo de orador es, cuáles son los motivos que orientan su acción social y qué significado tiene para él el mensaje que comunica. De igual manera, el receptor no es considerado un actor pasivo, sino una persona que interpreta el mensaje desde sus propias experiencias, conocimientos, emociones y contexto social. Por ello, un mismo mensaje puede adquirir diferentes significados dependiendo de quién lo recibe.

El código se entiende como un conjunto de símbolos y significados compartidos culturalmente, cuyo sentido puede variar según la experiencia de los participantes. El mensaje deja de ser únicamente un contenido observable y medible, para convertirse en una construcción simbólica cargada de significados subjetivos. El canal y el escenario también son importantes porque influyen en la manera en que las personas interpretan la comunicación, mientras que el contexto social, cultural, político e histórico resulta fundamental para comprender por qué las personas comunican de determinada manera. Incluso el ruido puede interpretarse no solo como una interferencia técnica, sino también como diferencias culturales, emocionales o de interpretación que afectan la comprensión mutua. Finalmente, el objetivo de la comunicación, desde este paradigma, no se limita a producir un efecto medible, sino a generar comprensión, interacción y construcción compartida de significados entre los individuos.

Desde el paradigma crítico, el discurso es un proceso que cuestiona por relaciones de poder, dominación y desigualdad social. Este enfoque no solo busca comprender o describir la realidad, sino también transformarla mediante una metodología orientada a la emancipación social. Por ello, la comunicación es entendida como un espacio donde pueden reproducirse o cuestionarse formas de explotación material e inmaterial presentes en la sociedad. Entre las formas de explotación material se encuentra la apropiación desigual del trabajo, por ejemplo, cuando el salario pagado al trabajador es menor al valor que produce, o cuando las mercancías adquieren precios alejados de su valor real dentro del sistema capitalista. Asimismo, el paradigma crítico analiza formas de explotación inmaterial, como la alienación, entendida como el proceso mediante el cual las personas pierden control o sentido sobre su trabajo, sobre el producto que generan, sobre los demás y sobre sí mismas. También estudia fenómenos como el fetichismo de la mercancía, donde los productos parecen tener valor propio ocultando las relaciones sociales de explotación que los producen, y la religión entendida por algunos autores marxistas como “opio del pueblo”, al funcionar en ciertos contextos como mecanismo de resignación y legitimación del orden existente. Frente a ello, este paradigma propone desarrollar conciencia crítica o conciencia de clase para cuestionar y transformar las estructuras de dominación.

Desde esta perspectiva, los elementos de la comunicación adquieren un significado político y social. El emisor u orador puede actuar reproduciendo ideologías dominantes, legitimando desigualdades y promoviendo formas de explotación, o bien puede convertirse en un actor crítico que denuncie injusticias y fomente procesos de transformación social. El receptor no es visto únicamente como alguien que recibe información, sino como un sujeto capaz de desarrollar conciencia crítica frente a los mensajes y las estructuras de poder que estos representan. El mensaje puede contener ideologías, valores o discursos que mantengan la dominación social o, por el contrario, que impulsen resistencia y cambio social. El código y el lenguaje también son analizados críticamente, ya que pueden incluir símbolos, conceptos y narrativas que normalizan desigualdades o invisibilizan conflictos sociales.

El canal y los medios de comunicación son entendidos como espacios de disputa política y cultural, donde distintos grupos buscan influir en la opinión pública y en la construcción de la realidad social. El contexto político, económico, social y cultural es fundamental porque determina las relaciones de poder en las que ocurre la comunicación. Incluso el ruido puede interpretarse como censura, manipulación, desinformación o barreras ideológicas que dificultan el acceso a una comprensión crítica de la realidad. Finalmente, el objetivo de la comunicación, desde el paradigma crítico, no consiste únicamente en transmitir información, sino en promover reflexión, conciencia social, emancipación y transformación de las condiciones de desigualdad y dominación presentes en la sociedad.

Desde el paradigma conductista, se entiende como un proceso de estímulo (del orador) y respuesta (del receptor) en el que los comportamientos humanos pueden ser observados, medidos y modificados. Este enfoque se centra en las conductas visibles y en controlar los efectos que los mensajes producen en las personas, dejando en segundo plano los pensamientos internos o las interpretaciones subjetivas. Por ello,  la comunicacion es una herramienta capaz de influir, condicionar y moldear comportamientos mediante recompensas, castigos, repetición y asociación de estímulos.

Desde este paradigma, el emisor cumple la función de producir estímulos comunicativos diseñados para generar determinadas respuestas en el receptor. El receptor es entendido como un sujeto que reacciona ante los estímulos recibidos, pudiendo modificar su conducta según los refuerzos positivos o negativos asociados al mensaje. El mensaje se considera un estímulo observable que busca provocar efectos específicos, como persuadir, enseñar, motivar el consumo, cambiar hábitos o reforzar comportamientos sociales. El código corresponde al sistema de signos utilizado para que el estímulo sea comprendido correctamente por el receptor, mientras que el canal es el medio a través del cual se transmite el estímulo, ya sea oral, escrito, audiovisual, digital o presencial.

El escenario y el contexto son importantes porque las condiciones ambientales y sociales influyen en la respuesta conductual de las personas. Por ejemplo, la familia, la escuela, los medios de comunicación o las redes sociales pueden funcionar como espacios de aprendizaje y condicionamiento. Asimismo, el ruido representa cualquier interferencia que dificulte que el estímulo produzca la respuesta esperada. Desde esta perspectiva, el objetivo de la comunicación consiste en generar respuestas observables y medibles, modificando conductas individuales o colectivas mediante procesos de aprendizaje, repetición y condicionamiento. Por ello, el paradigma conductista ha influido en áreas como la publicidad, la propaganda, la educación y la comunicación política, donde se busca influir en el comportamiento de las personas a través de mensajes estratégicamente diseñados.


Análisis de discurso desde los paradigmas de las ciencias sociales. Caso práctico de ejemplo

1) Desde el paradigma positivista, la imagen puede analizarse como un proceso de comunicación observable y medible en el que participan distintos elementos que permiten la transmisión de un mensaje. En primer lugar, el emisor es el vendedor de mangos, quien produce y transmite el mensaje con la intención de atraer compradores. El receptor es el posible cliente que escucha el anuncio mientras sostiene dinero y evalúa la posibilidad de comprar. El contenido o mensaje corresponde a la frase: “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”, que informa el precio y busca persuadir al receptor para realizar la compra.

El código utilizado es el idioma español junto con expresiones coloquiales populares como “chulada” y “jefe”, que facilitan cercanía cultural y comprensión entre emisor y receptor. El canal es principalmente oral y auditivo, ya que el vendedor utiliza un megáfono para transmitir el mensaje, aunque también existe un componente visual al observar los mangos y la escena del mercado. El escenario es un espacio comercial o mercado al aire libre donde ocurre la interacción comunicativa. El contexto incluye condiciones económicas, sociales y culturales relacionadas con el comercio informal, la venta ambulante y las dinámicas cotidianas de consumo.

El ruido puede presentarse mediante sonidos del ambiente, otras personas hablando, tráfico o distracciones que dificulten escuchar correctamente el mensaje. Finalmente, el objetivo de la comunicación es persuadir al receptor para que compre los mangos, generando un efecto observable y medible: la decisión de adquirir el producto. Desde el paradigma positivista, este proceso puede estudiarse analizando la claridad del mensaje, la efectividad del canal y la respuesta del receptor ante el estímulo comunicativo.

2) Desde el estructural funcionalismo: El emisor es el vendedor de mangos, pero desde este paradigma no se le entiende solamente como quien habla, sino como un actor que ocupa un rol económico y social dentro de la estructura comercial informal o popular. Su función dentro del sistema es ofrecer productos, facilitar el intercambio económico y satisfacer necesidades de consumo. Además, comunica siguiendo normas culturales aprendidas socialmente, como el uso de expresiones coloquiales (“chulada”, “jefe”) para generar cercanía, cortesía y confianza con posibles compradores.

El receptor es el cliente potencial que escucha el anuncio y evalúa la compra. Su función dentro del sistema social es interpretar el mensaje y responder según las normas y expectativas culturales relacionadas con el consumo, el comercio y la interacción social. El receptor comprende que el vendedor busca persuadirlo y que existe una dinámica social aceptada de negociación y compra en espacios comerciales.

El código está formado por el idioma español, el tono popular y las expresiones culturales compartidas. Este código es un sistema de signos y significados aprendidos colectivamente que permite que vendedor y comprador comprendan el mensaje dentro de su contexto cultural. Incluso palabras como “jefe” cumplen una función social de respeto y cercanía dentro de ciertas dinámicas comerciales latinoamericanas.

El mensaje es: “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”. Desde el estructural-funcionalismo, este mensaje no solo transmite información sobre precio y producto, sino que también reproduce valores sociales relacionados con el intercambio económico, el comercio cotidiano y la interacción entre vendedor y consumidor. El mensaje contribuye al funcionamiento del sistema comercial al facilitar el consumo y el flujo económico.

El canal es principalmente oral y auditivo, reforzado por el uso del megáfono, aunque también existe un componente visual mediante la exhibición de los mangos. Su función es conectar a los actores sociales y asegurar que la información circule de manera eficiente dentro del espacio comercial.

El escenario es un mercado o espacio público de venta, que forma parte de la estructura económica y social de la comunidad. Este lugar no es neutral, sino una institución informal donde las personas interactúan, comercian y reproducen prácticas culturales y económicas compartidas.

El contexto incluye condiciones económicas, sociales y culturales vinculadas al comercio popular, el consumo cotidiano y posiblemente dinámicas de economía informal. También refleja prácticas culturales de comunicación cercanas y directas que facilitan la interacción social en mercados locales.

El ruido podría consistir en sonidos del ambiente, otras voces de vendedores, tráfico o distracciones visuales que dificulten la recepción clara del mensaje. Desde este paradigma, el ruido representa interferencias que afectan el funcionamiento eficiente del sistema comunicativo y comercial.

Finalmente, el objetivo de la comunicación es persuadir al receptor para comprar los mangos, pero también mantener el funcionamiento del intercambio económico y de las relaciones sociales asociadas al comercio cotidiano. Así, la comunicación cumple funciones de integración, circulación económica y continuidad de prácticas sociales necesarias para el funcionamiento de la estructura colectiva.

3) Desde el paradigma comprensivo o interpretativo, la imagen no se analiza únicamente como una simple transmisión de información comercial, sino como un proceso de construcción de significados entre sujetos sociales que interactúan dentro de un contexto cultural determinado. El interés principal no es solamente identificar qué mensaje se transmite, sino comprender qué significados, motivaciones, emociones e intenciones están presentes en la comunicación tanto para el vendedor como para el posible comprador.

El emisor es el vendedor de mangos, pero desde este paradigma se busca comprender qué tipo de sujeto es y cuáles son los motivos que orientan su acción comunicativa. El vendedor probablemente intenta ganar dinero para sostenerse económicamente, pero también busca generar cercanía, simpatía y confianza con los clientes. El uso de palabras como “chulada” y “jefe” refleja una intención cultural de crear una relación amistosa y respetuosa con el receptor. Su manera de hablar también puede expresar identidad popular, costumbres locales y experiencia dentro del comercio callejero.

El receptor no es visto como un sujeto pasivo que simplemente escucha el mensaje, sino como alguien que interpreta el anuncio desde sus propias experiencias, emociones y necesidades. El posible comprador puede interpretar el mensaje de distintas maneras: como una buena oportunidad económica, como una interacción amable y cotidiana del mercado o incluso como una expresión típica de la cultura popular. Su decisión de comprar dependerá no solo del precio, sino también del significado que atribuya a la situación y al vendedor.

El código está compuesto por el idioma español, el tono coloquial y las expresiones culturales utilizadas por el vendedor. Sin embargo, desde el paradigma comprensivo, el significado del código depende de la experiencia cultural de quienes participan. Expresiones como “jefe” pueden interpretarse como una muestra de respeto, cercanía o estrategia de persuasión dependiendo de quién escuche el mensaje.

El mensaje “¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!” deja de ser únicamente información sobre precio y producto, para convertirse en una construcción simbólica cargada de significados culturales, emocionales y sociales. El mensaje comunica no solo una venta, sino también una forma de relacionarse, negociar y convivir dentro del espacio público.

El canal es oral y auditivo mediante el megáfono, pero también incluye elementos visuales como la exhibición de los mangos y la actitud amistosa del vendedor. Desde este enfoque, el canal influye en la manera en que el mensaje es percibido e interpretado emocionalmente por el receptor.

El escenario corresponde al mercado o espacio público donde ocurre la interacción. Este lugar tiene significados culturales importantes porque representa un espacio de encuentro social, intercambio económico y convivencia cotidiana. El contexto social y cultural también es fundamental, ya que las prácticas de comercio popular, el lenguaje coloquial y las dinámicas de compra forman parte de una experiencia compartida dentro de la comunidad.

El ruido no se limita únicamente a sonidos o interferencias físicas. También puede incluir diferencias de interpretación, prejuicios, estados emocionales o barreras culturales que afecten la comprensión mutua entre vendedor y comprador.

Finalmente, el objetivo de la comunicación no se entiende solo como vender mangos, sino como generar interacción, comprensión y conexión social entre las personas. La comunicación, desde este paradigma, construye significados compartidos y permite que los individuos den sentido a sus relaciones cotidianas dentro de la vida social.

4)  La imagen del mercado, vista desde el paradigma crítico, no es solo una interacción comercial, sino que es un microescenario donde se reproducen las desigualdades del sistema económico, se normalizan códigos culturales de consumo y se visibilizan las tensiones entre supervivencia, poder y resistencia.

Código: El lenguaje coloquial (“¡Mangos dos por dólar, chulada, va a llevar jefe!”) refleja una forma popular de comunicación, pero también evidencia cómo el discurso se adapta a las condiciones sociales y económicas. El código puede normalizar relaciones de desigualdad (el vendedor apelando a la necesidad del comprador) o convertirse en un recurso de resistencia cultural al mantener expresiones propias de la comunidad.

Receptor: El cliente no es solo un consumidor pasivo: su decisión de compra está condicionada por su poder adquisitivo y por las estructuras económicas que determinan el valor de las mercancías. Desde la mirada crítica, el receptor puede reproducir la lógica del mercado o cuestionarla al reconocer la explotación detrás de los precios.

Emisor: El vendedor actúa como emisor, pero su papel está atravesado por desigualdades materiales: depende de vender para sobrevivir en un sistema que le paga menos de lo que produce. Su discurso busca persuadir, pero también refleja la precariedad laboral y la necesidad de competir en un mercado desigual.

Canal:  El megáfono y la oralidad son canales accesibles y directos, propios de contextos populares. Sin embargo, desde el paradigma crítico se observa cómo los grandes medios (televisión, prensa corporativa) tienen más poder de difusión que estos canales comunitarios, reproduciendo desigualdades en la capacidad de llegar a las masas.

Escenario: El mercado callejero es un espacio concreto donde se materializan relaciones de poder económico: vendedores informales frente a consumidores, competencia por precios bajos, y condiciones visibles de precariedad. El escenario muestra desigualdades estructurales en la economía popular.

Ruido: no es solo ambiental (otros vendedores, sonidos del mercado), sino también ideológico: la saturación de mensajes publicitarios que invisibilizan las condiciones de explotación y presentan el consumo como única vía de satisfacción.

Contexto: El contexto económico y social es clave ya que es un mercado popular en un sistema capitalista donde los precios y salarios reflejan desigualdades estructurales. Aquí se evidencian fenómenos como el fetichismo de la mercancía, donde el mango aparece como un producto con “valor propio”, ocultando las relaciones de trabajo y explotación que lo producen.

Objetivo: El objetivo inmediato es vender, pero desde el paradigma crítico se interpreta como parte de una lógica de reproducción del sistema económico: mantener el consumo y la circulación de mercancías. Alternativamente, podría convertirse en un espacio de resistencia si el discurso del vendedor cuestiona las condiciones de desigualdad.

Mensaje: El mensaje explícito es la oferta (“dos por dólar”), pero el mensaje implícito refleja la dinámica de explotación y precariedad: vender barato para sobrevivir, apelando a la necesidad del consumidor. El análisis crítico busca develar estas dimensiones ocultas detrás de la interacción cotidiana.

Paradigma conductista: la escena del mercado se interpreta como un proceso de condicionamiento: el vendedor emite estímulos verbales y visuales diseñados para provocar una respuesta concreta en el cliente (la compra). El análisis se centra en la conducta observable y en cómo los refuerzos (precio bajo, lenguaje coloquial, entusiasmo) aumentan la probabilidad de que el receptor actúe.

Emisor: el vendedor es el emisor que produce el estímulo comunicativo: su voz amplificada por el megáfono, el tono entusiasta y la oferta clara (“¡Mangos dos por dólar!”). Su intención es provocar una conducta específica en el receptor: la compra.

Receptor: el cliente es el receptor que reacciona ante el estímulo. Su conducta observable es detenerse, escuchar y considerar la compra. Desde esta perspectiva, lo relevante no es lo que piensa internamente, sino la acción visible: sacar dinero o adquirir el producto.

Mensaje: el mensaje es el estímulo verbal: una oferta concreta y repetida que busca condicionar la respuesta del receptor. Se apoya en refuerzos positivos (precio bajo, trato amistoso) para aumentar la probabilidad de compra.

Código: el lenguaje coloquial y cercano funciona como código compartido que asegura que el estímulo sea comprendido. Palabras como “chulada” generan asociación positiva y refuerzan la conducta deseada.

Canal: el canal es oral y sonoro, reforzado por el megáfono. Este medio amplifica el estímulo y lo hace más difícil de ignorar, aumentando la probabilidad de respuesta.

Escenario: el mercado es el espacio físico donde ocurre la interacción. El entorno facilita la repetición del estímulo (gritos de vendedores) y condiciona la conducta de los compradores, que esperan ofertas y regateos.

Contexto: el contexto económico y social influye en la respuesta: un mercado popular donde el precio bajo es un estímulo fuerte para consumidores con recursos limitados.

Ruido: el ruido puede ser otros vendedores gritando ofertas, música o conversaciones que compiten como estímulos. Si el ruido es fuerte, puede disminuir la eficacia del mensaje y alterar la respuesta esperada.

Objetivo: se enfoca en generar una respuesta observable y medible. Por ejemplo, que el cliente compre los mangos. El éxito del proceso se evalúa en términos de conducta visible, no de reflexión interna

lunes, 16 de marzo de 2026

Paradigma positivista en la Ciencia de la Comunicación

1. Introducción:

El positivismo es una corriente de pensamiento social que se enfoca en la observación y el estudio científico de los fenómenos naturales y sociales. Auguste Comte, el fundador del positivismo, creía que la ciencia y la razón podrían mejorar la sociedad y que la observación empírica era la única forma válida de conocimiento (y no la teología, ni la metafísica).

El positivismo de Comte también incluía la idea de que la sociedad debería ser organizada de manera racional y científica, basada en la observación empírica y en el conocimiento científico. Para Comte, esto implicaba la creación de una "religión de la humanidad" que reuniría a las personas en torno a la ciencia y la razón, en lugar de la religión y la superstición.

En cuanto a la comunicación, el positivismo se centraría en el análisis empírico y objetivo de los procesos comunicativos, basados en la observación y la medición de los fenómenos de la comunicación. Para Augusto Comte, la comunicación es un proceso fundamental en la creación y mantenimiento de la cohesión social. Él creía que la comunicación era esencial para el desarrollo del conocimiento y para la organización de la sociedad.

Comte pensaba que la comunicación era necesaria para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y que esto a su vez llevaría a un orden y progreso socialEn su obra "Curso de Filosofía Positiva", Comte describe la evolución de la sociedad a través de tres estadios: el teológico, el metafísico y el positivo. 

Estas etapas representan diferentes formas de explicar el mundo y el conocimiento humano a lo largo del tiempo.

Estado Teológico: En esta etapa, el pensamiento humano se caracteriza por explicaciones sobrenaturales y religiosas para los fenómenos naturales y sociales. Las fuerzas divinas, los dioses y las explicaciones basadas en la voluntad de seres sobrenaturales se utilizan para comprender el mundo y sus fenómenos. En el estado teológico, la sociedad y la naturaleza se ven como controladas por fuerzas divinas o entidades superiores. Comte identifica tres subetapas dentro del estado teológico, cada una representando una progresión en la forma en que se comprende el mundo:

a) Subetapa Fetichista o Animista: En esta etapa, la mente humana tiende a atribuir fuerzas animadas a los objetos y fenómenos naturales. Los seres humanos creen que los objetos inanimados poseen voluntad y conciencia. Por ejemplo, se pueden atribuir cualidades animistas a elementos naturales como árboles, rocas, ríos, etc. Esta subetapa se caracteriza por la creencia en espíritus o deidades que residen en objetos físicos y tienen poder sobre los eventos naturales.

b) Subetapa Politeísta: En la subetapa politeísta, las explicaciones religiosas se centran en múltiples deidades o fuerzas divinas que controlan diferentes aspectos del mundo natural y social. Cada dios o diosa está asociado con ciertos fenómenos o aspectos de la vida humana. Por ejemplo, en el politeísmo griego, hay dioses específicos para el sol, la guerra, el amor, entre otros aspectos de la existencia humana.

c) Subetapa Monoteísta: En esta última subetapa del estado teológico, la creencia en una única deidad omnipotente y omnisciente se vuelve predominante. Se considera que esta deidad única es la fuente y el controlador de todos los fenómenos naturales y eventos sociales. Ejemplos de religiones monoteístas incluyen el judaísmo, el cristianismo y el islam, donde se venera a un solo Dios como el creador y gobernante del universo.

Estado Metafísico: En esta etapa, las explicaciones religiosas son gradualmente reemplazadas por conceptos abstractos y entidades metafísicas. Las explicaciones metafísicas buscan causas abstractas o principios no físicos para los fenómenos observados. Aunque ya no se basan directamente en la religión, las explicaciones en el estado metafísico aún no están respaldadas por pruebas empíricas o científicas.

Estado Positivo: En esta etapa, la explicación de los fenómenos naturales y sociales se basa únicamente en la observación empírica, la experimentación y el análisis científico. El positivismo defiende que el conocimiento legítimo y la comprensión del mundo deben estar fundamentados en hechos observables y verificables. En el estado positivo, las explicaciones científicas reemplazan a las religiosas y metafísicas, y se enfatiza la importancia de la investigación empírica y la metodología científica.

Comte creía que la humanidad había progresado a través de estas etapas y que el estado positivo representaba el pináculo del desarrollo intelectual humano. Según él, el positivismo no solo debería aplicarse a la ciencia natural, sino también a las ciencias sociales, como la sociología, para entender la sociedad y guiar el orden y progreso social.

En el estadio positivo, la comunicación se convierte en el principal instrumento para el orden social y el progreso humano. En este estadio, la ciencia y la tecnología se vuelven más importantes que la religión y la filosofía.

2. Estática y dinámica social

Para Comte, la comunicación se entendía desde una perspectiva de estática y dinámica social. En su obra "Curso de Filosofía Positiva", Comte describe que la sociedad se puede entender a través de dos aspectos: estático  (orden) y dinámico (progreso).

Desde la perspectiva estática, la comunicación se entiende como un elemento clave para la cohesión social y la organización de la sociedad. Según Comte, la comunicación permite que los individuos de una sociedad se relacionen entre sí, establezcan vínculos y formen una comunidad. En este sentido, la comunicación es fundamental para el mantenimiento del orden social y para la estabilidad de las relaciones humanas.

Desde la perspectiva dinámica, la comunicación se entiende como un factor clave para el progreso social y el desarrollo humano. Para Comte, la comunicación permite el intercambio de ideas, conocimientos y experiencias entre los individuos, lo que a su vez lleva al desarrollo de la ciencia, la tecnología y la cultura. En este sentido, la comunicación es esencial para el avance de la sociedad y el bienestar humano.

3. Positivismo y la relación con los elementos de la comunicación
Desde la perspectiva positivista de Comte, los elementos de la comunicación se abordan de la siguiente manera:

Emisor: El emisor es considerado como el agente activo en el proceso de comunicación. Desde una perspectiva positivista, el emisor se analiza por medio de hechos empíricos y verificables. Un análisis positivista del emisor se enfocaría en la observación y medición de las características objetivas del emisor, como su género, edad, nivel educativo,  nacionalidad, e inclusive estatura, peso entre otras variables observables (ropa que utiliza, etc.).

Receptor: El receptor es visto como el receptor pasivo en el proceso de comunicación. Desde una perspectiva positivista, se podría analizar al receptor en términos de su capacidad para comprender el mensaje y su capacidad para evaluar la validez del mensaje a la luz de los hechos empíricos y verificables. Además, se podría evaluar su nivel de conocimiento y experiencia en relación con el tema que está recibiendo, y cómo esto influye en su capacidad para comprender el mensaje.

Un análisis positivista del receptor, se observaría y mediría las características objetivas de quienes reciben el mensaje, cuántos son, su edad, género, nivel educativo, formación política, interés en la política entre otras variables observables. 

Mensaje: El mensaje es el contenido de la comunicación ya sea oral, escrito o simbólico. Desde una perspectiva positivista, se podría describir el mensaje en términos de su claridad y precisión, así como su capacidad para estar respaldado por hechos empíricos y verificables. Además, se podría describir su capacidad para persuadir al receptor de manera objetiva y racional. Desde la lógica positivista se valora la comunicación explícita se refiere a una comunicación directa y sin ambigüedades, que se transmite utilizando un lenguaje claro y conciso. Se espera que el mensaje sea fácilmente comprensible y que no dé lugar a interpretaciones múltiples o confusas. Además, se espera que el emisor del mensaje se base en datos empíricos y evidencias verificables para sustentar sus afirmaciones. La comunicación se considera que permite una transmisión clara y objetiva del conocimiento. Se espera que los mensajes sean coherentes con los hechos empíricos y que no estén basados en especulaciones, prejuicios o creencias infundadas. En este sentido, la comunicación explícita se considera esencial para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, así como para la solución de problemas prácticos y la toma de decisiones racionales.

Las características objetivas del mensaje cantidad de palabras, palabras o frases que más usa, tiempos gramaticales, tonos, ritmos, etc.

Canal: se concibe como un medio objetivo y medible para la transmisión del mensaje, priorizando su eficiencia y fidelidad en la transferencia de información dentro de un proceso lineal de comunicación, donde el mensaje puede ser codificado, transmitido y decodificado sin alteraciones significativas, siempre que el canal funcione correctamente. En este enfoque, se evalúa en función de su capacidad de transmisión, asegurando que pueda transportar la información sin pérdidas o distorsiones; su claridad y precisión, minimizando el ruido e interferencias; y su medición objetiva, utilizando métricas cuantificables como la velocidad de transmisión en medios digitales, la calidad de señal en telecomunicaciones o la fidelidad en la comunicación escrita y verbal.

Se describe el medio que utiliza para transmitir, la velocidad de transmisión, el tiempo de la transmisión, la calidad de la señal, el alcance geográfico, etc

Código: El código es el conjunto de símbolos utilizados para codificar y decodificar el mensaje. Desde una perspectiva positivista, se podría analizar el código en términos de su capacidad para transmitir el mensaje de manera precisa y sin ambigüedades. Se podría evaluar la calidad del código y su capacidad para ser entendido por el receptor sin confusiones.

El escenario: se refiere al lugar desde donde se emite el mensaje. Desde una perspectiva positivista se puede considerar la influencia del entorno físico en la comunicación, como la acústica de un espacio, la presencia de distracciones visuales, la iluminación, la cantidad de personas que caben, la función original a la que el espacio sirve, entre otros factores objetivos.

Objetivo: se refiere al propósito o meta principal del que transmite un mensaje, es lo que se busca lograr para que el mensaje sea entendido claramente por el receptor de manera que se produzca una respuesta deseada. Este objetivo a veces se dice de forma directa o de forma indirecta.

Ruido: se refiere a cualquier factor que dificulte o distorsione la comprensión del mensaje entre el emisor y el receptor. El ruido puede tomar muchas formas diferentes, y puede ser físico, psicológico o semántico.

sábado, 7 de febrero de 2026

El Desayuno Nacional de Oración ¿pluralidad efectiva o solo aparente?

El Desayuno Nacional de Oración volvió a instalar en el centro del discurso público una narrativa ya conocida: la del “milagro”. Un país que se dice transformado, pacificado y restaurado. La historia se cuenta como una convergencia perfecta entre el “plan de Dios”, la nación y el liderazgo político, y en ese gesto la frontera entre fe cristiana y gobierno se vuelve casi invisible.

Desde la cúspide del poder habló el presidente Nayib Bukele, precedido por autoridades de los otros órganos del Estado, líderes religiosos cristianos y figuras del Congreso y el Senado de Estados Unidos —tanto demócratas como republicanos—, y de católicos y evangélicos sentados bajo un mismo lenguaje moral. En apariencia hay pluralidad política, pero la pregunta persiste: ¿se trata de una pluralidad efectiva o apenas de una escenificación del consenso?

En el plano religioso, el presidente se nombra cristiano y busca proyectarse como figura abierta e inclusiva. Sin embargo, su propia historia familiar deja entrever una pluralidad confesional más compleja: su padre, Armando Bukele Kattán, fue reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, ejerce como imán y guía espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña. Estos vínculos, lejos de asumirse con naturalidad, han sido activados o silenciados según convenga: exagerados para sembrar sospecha por parte de detractores y, en el discurso oficial, deliberadamente omitidos para preservar la homogeneidad del relato.

El escenario elegido, el Palacio Nacional, no es un edificio administrativo cualquiera, este representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo contemporáneo y a un cargo transitorio—, el Palacio, por su nombre y su carga simbólica, remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente incuestionable.

Elegir este espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional, como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa política ordinaria, una autoridad que no se somete a cuestionamiento.

En la escena se replica el formato del National Prayer Breakfast impulsado por el presidente Dwight D. Eisenhower en Estados Unidos, donde lo religioso, la diplomacia y el liderazgo político se entremezclan en un mismo ritual. El auditorio se puebla de aliados: trajes oscuros, credenciales visibles, manos que se estrechan entre quienes ya se reconocen. El poder tiene rostro masculino y habla en plural solemne: funcionarios del Estado, líderes religiosos, representantes institucionales que llegan, sobre todo, desde el norte. Estados Unidos vuelve a estar presente, no solo como aliado político, sino como referente moral.

El evento se nombra a sí mismo como plural con diversidad religiosa dentro del cristianismo, convivencia política entre republicanos y demócratas. Sin embargo, la pluralidad se agota en el discurso. Bajo la superficie, lo que se ordena no es la diferencia, sino la coincidencia. No se convoca al desacuerdo, sino al alineamiento. No se celebra la diversidad, sino la obediencia compartida a un mismo marco moral, simbólico y político. Por tanto, no se promueve un pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada y presentada como inclusiva.

¿Y las mujeres?

Las mujeres están —porque conviene que estén”—, pero no ocupan el centro. Su presencia es discreta, lateral, casi ornamental, sin nombres propios. La ausencia no es total; es más eficaz. Es una invisibilización que opera por normalidad, por repetición, por costumbre. No toman la palabra, no marcan el ritmo, no encarnan la autoridad. La única que aparece es una víctima sin identidad precisa: una “abuelita”, figura conveniente para el relato, evocada sin contexto, útil para exhibir lo barbárico de los enemigos y auto mostrar como héroes a las nuevas formas del "orden". A esta abuela se le menciona, pero se omite lo que incomoda: el aumento de los feminicidios, los señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos y los casos de mujeres desaparecidas.

Un caso rompería el silencio: el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años, ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le disparó justo frente al Palacio Nacional mientras ella caminaba por la zona. El hecho existe, pero no se menciona, porque desajusta la escena e interrumpiría la narrativa del milagro.

Lo que interesa es sostener una imagen completa y autosuficiente, una escena sin fisuras ni explicaciones, en la que el poder se muestra, se legitima y se bendice entre hombres, mientras la diversidad y la supuesta “inclusión” de las mujeres quedan reducidas a un simple decorado.

Ni hablar de la diversidad sexual, que en otro tiempo sirvió como gesto de modernidad y como oportunidad para fotografiarse con un Bukele del pasado, hoy cuidadosamente archivado en la memoria oficial.

Religión civil: pluralidad sin disenso

El Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede leerse, a la luz del concepto de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto estrictamente religioso, sino como un acontecimiento político cuidadosamente ritualizado. En este tipo de ceremonias, la religión deja de ser experiencia espiritual íntima o práctica comunitaria autónoma y se convierte en “lenguaje del poder”, es decir, en un repertorio simbólico destinado a “sacralizar la nación”, dotar de legitimidad moral al gobierno y revestirlo de una narrativa trascendente.

Como observó Bellah en el caso estadounidense —particularmente en rituales como el National Prayer Breakfast—, la religión civil no reemplaza a las iglesias tradicionales ni a sus líderes, sino que los convoca de manera selectiva. Toma de ellos lo que resulta funcional: “la obediencia como virtud”, “la unidad nacional como mandato”, “el excepcionalismo como destino” y “la autoridad como designio”. No se trata de fe, sino de cohesión; no de creencia, sino de orden.

El Primer Desayuno Nacional de Oración reproduce este modelo, pero lo hace en un contexto marcado por la concentración del poder y la reducción de los contrapesos institucionales. A ello se suman los despidos y la reducción de plazas en el sector público, así como el acelerado proceso de “gentrificación” del Centro Histórico de San Salvador, impulsado por intereses comerciales y simbólicos. También emergen amenazas vinculadas a la posible reactivación de la minería metálica y a los daños asociados al medio ambiente.

En ese escenario, la religión civil no solo acompaña al Estado: lo amplifica. La oración no interpela al poder; lo envuelve. La fe no incomoda; estabiliza. Y el ritual, lejos de abrir preguntas, ofrece certezas que clausuran el debate político bajo la forma de “consenso moral”.

Finalmente, la narrativa del “milagro” estructura de manera constante las intervenciones y describe el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de los más seguros. Al unísono, los intervinientes elevan a la nación —o al “pueblo”— a la categoría de lo sagrado; Dios aparece como “quien guía nuestro plan”, y el líder como ejecutor del designio. No hay jerarquías visibles entre ellos, sino una fusión cuidadosamente funcional al poder político.

En el Desayuno de Oración, Dios gobierna para un poder que se presenta como “moral” y “providencial”, pero que deja fuera los cuerpos, las voces y las desigualdades que el consenso bendecido no quiere ver. Lo que se santifica no es la vida, sino un poder que se absuelve a sí mismo en nombre de Dios.

sábado, 24 de enero de 2026

Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador 2026

Aplicación del esquema general para el análisis de un discurso

1. Emisor

El emisor central y simbólicamente dominante es el Presidente de la República, Nayib Bukele, quien habla desde una posición de máxima autoridad política. En el plano religioso, se identifica públicamente como cristiano; sin embargo, su trayectoria familiar revela una pluralidad confesional: su padre, Armando Bukele Kattán, fue reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, es imán y guía espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña.

La coexistencia de estas trayectorias religiosas dentro de una misma familia ha sido instrumentalizada discursivamente, ya sea para exagerar supuestos vínculos islámicos del presidente o para ocultar selectivamente el parentesco, según convenga a determinadas agendas políticas o mediáticas. El caso ilustra cómo la religión opera como marcador identitario, recurso de legitimación y herramienta de sospecha, más que como una práctica privada, en un contexto de alta polarización y concentración de poder.



2. Objetivo

El objetivo principal del discurso es legitimar el poder político mediante una narrativa religiosa, presentar la acción del Estado como moralmente correcta y reforzar una idea de unidad nacional basada en la fe. De manera secundaria, busca proyectar internacionalmente una imagen de orden, estabilidad y excepcionalismo salvadoreño, alineado con referentes estadounidenses.

3. Mensaje

El mensaje central sostiene que El Salvador vive un “milagro” de transformación, paz y restauración, atribuido a la acción conjunta de Dios, la nación y el liderazgo político. Las políticas públicas y el ejercicio del poder son presentados como resultado de una guía divina, más que como decisiones políticas sujetas a deliberación o conflicto.

4. Códigos

  • Código verbal: lenguaje religioso, bíblico y moralizante, combinado con un registro político institucional. Se combina el español de unos y el inglés de los congresistas de Estados Unidos
  • Código no verbal: posturas de oración, gestos solemnes, disposición jerárquica del cuerpo y del espacio.
  • Código escrito: lecturas explícitas de pasajes bíblicos, principalmente del Evangelio de Mateo.
  • Código visual: banderas nacionales y extranjeras, vestimenta formal, símbolos militares y escenografía estatal.

5. Medios (canal)

  • Cadena Nacional de Televisión y Radio: El Gobierno Salvadoreno anunció una transmisión en cadena nacional que incluyó señales de radio y televisión para difundir el evento a nivel nacional.

  • Canal Antigua Opinión: Transmitió en vivo el Desayuno desde la mañana del 19 de enero, con señal abierta y por redes sociales.

  • Canales locales de señal abierta: Aunque no hay lista oficial detallada para cada canal, medios públicos y privados con frecuencia retransmiten la señal de cadena nacional, incluyendo Canal 10 (televisión pública) y otros canales que suelen replicar actividades del Estado.

  • YouTube – transmisión oficial: Hubo transmisiones completas en canales de video en línea con el evento en vivo, incluyendo la señal del Palacio Nacional.

  • Redes sociales – Facebook/X: Las cuentas oficiales y de medios locales (como Canal Antigua, perfiles de PresidenciaSV y otros portales de noticias) transmitieron o compartieron la señal en vivo por Facebook Live y X (antes Twitter).Cuenta personal de Nayib Bukele – transmisión/reposteo con alto alcance (≈ 1.6 millones de seguidores).

    • En La Mira Digital SV – cobertura y transmisión en vivo (≈ 4.6 millones de alcance reportado).

    • Secretaría de la Presidencia – transmisión institucional (≈ 12 mil).

    • Milena Mayorga, embajadora de El Salvador en EE. UU. – reposteo del evento, ampliando alcance internacional.

    • Salvador Chacón, diputado – difusión en su cuenta personal (≈ 960).

    • Suecy Callejas, diputada – reposteo del evento.

    • Otras páginas oficialistas y cuentas afines – replicación fragmentada del contenido.

    🎵 TikTok

    • Cuentas múltiples – transmisiones en directo, clips cortos, interpretaciones y reacciones.

    • Contenido fragmentado, emocional y performativo, que reinterpreta el evento para audiencias jóvenes y no necesariamente politizadas.

  • Radio: Aunque no hay una lista oficial publicada detallada por emisora, la cadena nacional implicó transmisión por radio abierta, y varias estaciones incluyen el evento en su programación como parte de la cobertura institucional.

6. Receptor

El receptor presencial está conformado mayoritariamente por aliados, es decir, actores con poder político y religioso. Entre ellos destacan funcionarios del Estado, líderes religiosos y representantes institucionales nacionales e internacionales, especialmente provenientes de Estados Unidos. La composición del público es predominantemente masculina, tanto en términos de presencia como de visibilidad simbólica, lo que refuerza una estructura jerárquica y elitizada del acto. Aunque el evento se presenta discursivamente como un espacio de diversidad religiosa dentro del cristianismo y de pluralidad política —particularmente entre referentes republicanos y demócratas—, el objetivo político subyacente es la uniformidad. En este marco, no se busca la diversidad como reconocimiento de la diferencia, sino el alineamiento: los “aliados” se construyen a partir de la adhesión a un mismo marco moral, simbólico y político.

El receptor no presencial corresponde a una audiencia mediada, integrada por aliados, sectores neutrales y adversarios, que acceden al evento a través de transmisiones oficiales, redes sociales y medios digitales. Este grupo incluye tanto a la población salvadoreña en general como a audiencias internacionales más amplias, que reciben el mensaje de forma diferida y filtrada por actores replicadores e intermediarios comunicativos.

7. Factores de resonancia y/o barreras

  • Intermediación social: líderes religiosos, congresistas extranjeros, funcionarios públicos y figuras mediáticas actúan como validadores y traductores del mensaje.
  • Selectividad: el mensaje resuena especialmente en audiencias con afinidad religiosa o simpatía hacia el proyecto político, mientras puede ser filtrado o rechazado por sectores críticos o laicos.
  • Capacidad limitada: barreras lingüísticas (uso del inglés sin traducción), culturales y simbólicas que condicionan la comprensión plena del mensaje por parte de todos los públicos. Pareciera mas cercano a la idolatria a una persona que a una alabanza a Dios.

8. Contexto

Politico: El discurso se inscribe en un contexto de alta concentración del poder político en el Ejecutivo, acompañado de un predominio del discurso de seguridad como eje central de legitimación gubernamental y de un debilitamiento de los contrapesos institucionales. Este escenario coincide con un creciente uso de narrativas religiosas en el espacio público, integradas al discurso oficial como fuente de validación moral del ejercicio del poder.

El evento tiene lugar durante el segundo mandato del presidente Nayib Bukele, en un momento de alineamiento simbólico y político con Estados Unidos, particularmente con sectores del Partido Republicano y con la figura de Donald Trump como aliado estratégico del gobierno salvadoreño.

Social de seguridad: la reducción sostenida de los homicidios, presentada oficialmente como evidencia de éxito gubernamental, coexiste con silencios institucionales frente a hechos de violencia ocurridos invisibilizados, por ejemplo, el aumento de feminicidios y señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos. Un caso destacado fue el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años, ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le disparó frente al Palacio Nacional mientras ella caminaba por la zona. Aunque las autoridades calificaron el hecho como un accidente y la Policía Nacional Civil no lo incluyó de inmediato en las estadísticas oficiales de homicidios, la Fiscalía General de la República presentó una acusación por homicidio culposo contra el militar el 24 de noviembre de 2025.

Este hecho, ocurrido en un espacio simbólicamente asociado al poder estatal, no fue incorporado de forma explícita en la narrativa oficial de seguridad, a pesar de su proximidad geográfica al centro del Estado.

Económico: Se han registrado despidos y reducción de plazas en el sector salud, lo que ha generado preocupación por el debilitamiento del sistema público y por el impacto en el acceso a servicios básicos; por otro, el Centro Histórico de San Salvador atraviesa un proceso acelerado de gentrificación, impulsado por intervenciones estatales orientadas a la seguridad, el turismo y la inversión privada, que ha provocado el desplazamiento de poblaciones históricas y la transformación del espacio urbano en función de intereses comerciales y simbólicos. A ello se suman amenazas vinculadas a la posible reactivación de la minería metálica y otros proyectos extractivos, que han reabierto el debate sobre el impacto ambiental, la sostenibilidad de los recursos hídricos y la protección del medio ambiente.

Cultural: Se registra un uso creciente de referencias religiosas en el discurso público, particularmente de matriz cristiana, integradas a la comunicación política como fuente de legitimación moral. Aunque se presenta como un discurso plural y ecuménico, predomina una religiosidad masculina, jerárquica y conservadora, con escasa visibilidad de mujeres y de expresiones religiosas no cristianas. La religión opera como lenguaje cultural compartido que facilita adhesión y cohesión simbólica.

Teológico: Desde una perspectiva bíblica, el uso público, político y performativo de la religión entra en tensión directa con enseñanzas fundamentales del cristianismo. En el Evangelio de Mateo, Jesús advierte explícitamente: “Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mt 6,6). Este pasaje subraya que la fe auténtica no busca visibilidad ni reconocimiento social, sino una relación íntima y no instrumental con Dios. Teológicamente, ello implica una crítica frontal a la exhibición pública de la piedad como recurso de legitimación moral o política.

Del mismo modo, la enseñanza “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21) establece una distinción normativa entre el orden político y el orden religioso. Jesús no sacraliza el poder ni lo presenta como emanación directa de lo divino, sino que reconoce la autonomía —y los límites— de la autoridad política. En términos teológicos, este pasaje ha sido interpretado como una base temprana del principio de no identificación entre poder estatal y voluntad divina, lo que entra en contradicción con discursos que presentan cargos públicos, victorias electorales o liderazgos políticos como “premios de Dios”.

Cuando actores políticos agradecen públicamente a Dios, se produce lo que la teología crítica denomina una sacralización indebida del poder o Idoloatria. Dios deja de ser referencia ética que interpela al poder y se convierte en garante simbólico del poder, invirtiendo el sentido del mensaje bíblico. En lugar de que la fe cuestione la injusticia, la corrupción o el abuso de autoridad, es utilizada para neutralizar la crítica y desplazar la rendición de cuentas. 

Desde la misma teología, los políticos, como cualquier ciudadano, tienen derecho a orar y a practicar su fe en el ámbito privado. Sin embargo, en el espacio público rige un principio distinto: “al César lo que es del César”

9. Escenario: El acto se desarrolla en el Palacio Nacional, ubicado en el Centro Histórico de San Salvador, un espacio estatal de alto valor simbólico asociado a la autoridad, la institucionalidad y la memoria histórica del poder. El Palacio Nacional no es un edificio administrativo cualquiera: históricamente representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo contemporáneo y a un cargo transitorio— el Palacio remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente incuestionable.

Elegir este espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional, como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa política ordinaria.

 La escenografía incorpora de manera explícita símbolos nacionales, presencia militar y referentes religiosos, configurando un entorno que combina Estado, orden y fe. Este escenario refuerza la solemnidad del evento y produce una representación visual y simbólica de unidad entre fe, nación y aparato estatal, situando el discurso en una coyuntura presentada como fundacional, excepcional y moralmente legitimada.

10. Estructura del evento:

Momento 1. Apertura teológica y encuadre religioso

Interviniente: Willy Gómez, presidente de la Junta de Pro-Prosperity Foundation

El evento se inicia con una intervención destinada a establecer el marco teológico general. La postura corporal en posición de oración y el tono solemne configuran desde el inicio un ambiente litúrgico. El discurso se presenta como ecuménico en la forma, pero es claramente cristocéntrico en el contenido, al colocar la fe, la oración y a Jesucristo como principios unificadores del acto.

Este momento fija las bases simbólicas de la religión civil que atravesará todo el evento: no se promueve un pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada, presentada como inclusiva.

Momento 2. Internacionalización, fundacionalización y validación histórica

Intervinientes:

  • John Moolenaar (Republicano, Michigan)
  • Tom Suozzi (Demócrata, Nueva York)

En un segundo momento se integran simultáneamente la dimensión internacional, la fundacionalización del evento y la validación histórica del ritual. Ambos congresistas intervienen en inglés, sin traducción, estableciendo una jerarquía simbólica del idioma y del poder. Subrayan sus diferencias partidarias —uno republicano y otro demócrata—, pero destacan que están unidos por “el Espíritu de Jesús”, reforzando la fe como puente suprapartidario.

En estas intervenciones se presenta el evento como el primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador, se citan pasajes del Evangelio de Mateo y se introduce reiteradamente la noción del “milagro que ocurre en El Salvador”. Las referencias a las cenas de oración semanales en el Congreso estadounidense, a Dwight D. Eisenhower y a la Segunda Guerra Mundial inscriben explícitamente el Desayuno salvadoreño en la tradición estadounidense de religión civil, no como copia mecánica, sino como trasplante simbólico legitimador.

Dentro del mismo bloque discursivo se introduce la mención de Óscar Arnulfo Romero, resignificada dentro del discurso oficial. Su dimensión profética y crítica es neutralizada, y se le integra como símbolo nacional de reconciliación y paz. En este momento, Romero es absorbido por la religión civil como referente legitimador, no como figura incómoda o interpeladora del poder.

Momento 3. Sacralización del Poder Judicial

Interviniente: Henry Alexander Mejía, Presidente de la Corte Suprema de Justicia

La estructura continúa con la intervención del presidente de la Corte Suprema, quien lee Mateo 5:23–24 y emplea un lenguaje que emula la liturgia católica. Aunque se declara ecuménico, su discurso posiciona al Poder Judicial como autoridad moral y religiosa, ampliando simbólicamente su rol más allá de lo jurídico.

Momento 4 Normalización del Estado confesional

Intervinientes:

  • Ben Cline (Alabama)
  • Robert Aderholt (Virginia)

En este momento se refuerza explícitamente el carácter confesional del evento. Ambos congresistas agradecen primero al presidente Nayib Bukele y luego a Jesucristo, e introducen llamados directos a que las carteras del Estado “adoren a Jesús”. La cita bíblica “donde dos o más estén reunidos” contribuye a normalizar la idea de un Estado que ora y adora colectivamente, diluyendo el principio de laicidad.

Momento 5. Teologización del liderazgo político interno

Interviniente: Ernesto Castro, Presidente de la Asamblea Legislativa

El presidente de la Asamblea adopta un tono pastoral y lee Mateo 5:7–9. El orden de sus agradecimientos prioriza al presidente Bukele, presentado como protegido por Dios, seguido de congresistas estadounidenses y funcionarios del Estado. Introduce las nociones del “milagro de la paz” y el “milagro de la restauración”, profundizando la teologización del discurso político y presentando las políticas públicas como actos de intervención divina.

Momento 6. Articulación histórica y genealogía del liderazgo

Interviniente: Manuel Espina, Prosperity Foundation

Esta intervención cumple una función de articulación simbólica. El Desayuno es presentado como un movimiento de amistad en el Espíritu de Jesús, y se establece una equivalencia simbólica entre Dwight D. Eisenhower y Nayib Bukele. De este modo, se construye una genealogía sagrada del liderazgo, en la que Bukele aparece como heredero de una misión histórica legitimada por Dios.

Momento 7. Cierre litúrgico

Intervinientes: conjunto de participantes

El evento entra en su fase de cierre con el canto del Padre Nuestro, consolidando plenamente el carácter litúrgico del acto y sellando la fusión simbólica entre fe, nación y Estado.

Momento 8. Participación política estadounidense y alivio simbólico

Intervinientes:

  • Mike Lee, senador republicano por Utah y miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
  • Lou Correa, congresista demócrata por el 46.º distrito de California.

Estos dos políticos estadounidenses, quienes intervienen en español y construyen una escena de cercanía con el público. El contenido se organiza alrededor de tres recursos: (1) el reconocimiento explícito de sus diferencias partidarias (Republicano vs. Demócrata), (2) el uso de humor y bromas como mecanismo de distensión, y (3) la afirmación de que, pese a las diferencias políticas, la fe cristiana los unifica.

Momento 9. Clímax: discurso presidencial

Interviniente: Nayib Bukele, Presidente de la República

El discurso del presidente Nayib Bukele constituye el clímax del ritual de religión civil. Su vestimenta sin corbata, en contraste con el resto de participantes, refuerza la imagen de un líder distinto y cercano. A través de un relato de conversión personal, se presenta como alguien que pidió pruebas a Dios y fue elegido como instrumento divino.

La narrativa del milagro estructura su intervención, describiendo el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de los más seguros. De manera implícita, se consolida una tríada central de la religión civil: la nación es sacralizada, Dios legitima y el líder ejecuta.

11. Reflexión analítica

El Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede comprenderse, a la luz del concepto de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto meramente religioso, sino como un evento político. En este tipo de rituales, la religión no opera como experiencia espiritual individual o comunitaria autónoma, sino como un recurso simbólico para sacralizar la nación, dotar de legitimidad moral al poder político y construir una narrativa trascendente del proyecto estatal.

Tal como Bellah observó en el caso estadounidense —especialmente en rituales como el National Prayer Breakfast—, la religión civil no sustituye a las religiones institucionales, sino que las utiliza selectivamente para reforzar valores como la obediencia, la unidad nacional, el excepcionalismo y la autoridad. El evento analizado reproduce este modelo, pero lo reconfigura en un contexto marcado por una mayor concentración de poder, lo que intensifica sus efectos políticos.

La escenografía del acto refuerza esta lectura. El uso del Palacio Nacional, la presencia simultánea de los tres poderes del Estado y la visibilidad de símbolos militares y religiosos configuran una puesta en escena donde Estado, fe y poder aparecen fusionados. El mensaje implícito es claro: el Estado ora como un todo, y no existe una separación efectiva entre lo religioso, lo nacional y lo político (el líder). Esta fusión adquiere especial relevancia en sociedades que, tras la caída de las monarquías absolutas y el desarrollo del constitucionalismo moderno, establecieron la separación entre poder político y autoridad religiosa precisamente para evitar la sacralización del gobierno y la deslegitimación de la crítica.

El público y los actores centrales del evento refuerzan esta lógica. Se trata de un espacio dominado por hombres con poder político, económico y religioso, con una presencia marginal de mujeres y sin pluralismo religioso efectivo. Aunque el discurso se presenta como ecuménico y plural, en la práctica responde a una estrategia cristiana específica, impulsada por élites masculinas nacionales y legitimada simbólicamente por actores estadounidenses. La pluralidad funciona más como recurso retórico que como principio real de inclusión.

Por tanto, el evento opera también como un espacio de lobby político y económico, donde actores estatales, empresariales y religiosos convergen bajo una narrativa espiritual que suaviza y legitima decisiones políticas concretas. La referencia reiterada al “milagro” que vive El Salvador transforma políticas públicas y estrategias de seguridad en actos de intervención divina. Aquí surge una tensión central: cuando la acción política se presenta como milagro religioso, se desplaza del terreno del debate democrático hacia el de la fe, donde la crítica puede interpretarse como falta de creencia o incluso como oposición moral.

Desde una perspectiva analítica, el problema no radica en el acto de orar en sí mismo, sino en que la oración se convierta en discurso político legitimador de una estrategia de poder. En ese punto, la religión deja de ser una experiencia espiritual y se transforma en herramienta publicitaria y de legitimación, con efectos concretos sobre la deliberación pública. La pregunta sobre si esto constituye una forma de “herejía” pertenece al campo teológico; sin embargo, desde las ciencias sociales, lo relevante es observar cómo la fe es utilizada para justificar el poder, independientemente de la riqueza, la autoridad o la supuesta elección divina de los líderes.

A razón de esto, el Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede interpretarse como una expresión de religión civil plenamente institucionalizada, que replica el modelo estadounidense pero lo radicaliza al personalizarlo en un liderazgo específico. Este proceso conlleva riesgos claros: debilitamiento del principio de laicidad, sacralización del poder político, deslegitimación de la crítica democrática y exclusión efectiva de pluralismos religiosos y políticos. La experiencia histórica posterior a la monarquía mostró que la separación entre religión y Estado no fue un capricho ideológico, sino una respuesta a los peligros de convertir el poder político en autoridad sagrada. El evento analizado reactualiza esa tensión en el contexto salvadoreño contemporáneo.

Conclusion:

En el Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador se combinan de manera explícita cinco elementos que ya han sido identificados y analizados en otros momentos del discurso político reciente. En primer lugar, se articulan referencias constantes a Dios y a la patria, presentadas como valores supremos, en un contexto marcado por acciones represivas del Estado, lo que produce una sacralización del orden y de la autoridad. En segundo lugar, coloca la fe en Jesucristo como principio central y unificador, el discurso establece una jerarquía simbólica en la que quienes comparten esa creencia aparecen asociados a valores positivos, mientras que los opositores políticos, otras religiones y las personas no creyentes quedan tácitamente situados fuera de ese marco moral. De este modo, el desacuerdo político deja de entenderse como parte del pluralismo democrático y pasa a interpretarse, de manera implícita, como una carencia moral o espiritual, desplazando el conflicto del plano democrático al religioso. No se insulta directamente, pero se excluye a los otros que no se adhieren.

En tercer lugar, se promueve la oración colectiva y los rituales religiosos públicos —como jornadas de oración o rezos con carácter nacional— para legitimar decisiones y acciones políticas arbitrarias, desplazándolas del debate racional y deliberativo. En cuarto lugar, el liderazgo político se presenta a sí mismo como instrumento de Dios, mediante expresiones que sugieren que “Dios guía el plan”, lo cual opera como justificación trascendente de los actos de gobierno. Finalmente, se configura un mesianismo implícito, en el que la religión sirve para cohesionar y legitimar a un “movimiento” de seguidores en torno al liderazgo presidencial, integrando a las nuevas élites políticas, a los poderes del Estado y a líderes religiosos y políticos de Estados Unidos. En esta síntesis simbólica convergen el presidente, Dios y la patria, consolidando una forma de religión civil que fusiona fe, nación y poder político en una misma narrativa legitimadora.