viernes, 21 de agosto de 2026

Federici: trabajo reproductivo, género y acumulación.

Este tema examina cómo la transición del feudalismo al capitalismo no implicó únicamente cambios económicos, sino una profunda reorganización de la tierra, el trabajo, los cuerpos y las relaciones de género. A partir de Marx, se analizará la acumulación originaria como un proceso violento de expropiación de tierras comunales y de separación de campesinos y artesanos respecto de sus medios de subsistencia, que permitió formar una población obligada a vender su fuerza de trabajo.

A partir de Silvia Federici, se ampliará esta lectura para comprender que la acumulación originaria también supuso una reorganización de la división sexual del trabajo. El control sobre la sexualidad, la maternidad, los saberes comunitarios y el trabajo reproductivo de las mujeres fue fundamental para sostener la nueva organización capitalista del trabajo. En este marco, la caza de brujas y la colonización no aparecen como procesos secundarios o aislados, sino como mecanismos de disciplinamiento, expropiación y subordinación de cuerpos y poblaciones 

De Marx a Federici: de la tierra al cuerpo

Contenidos

  • De los movimientos campesinos y urbanos a la formación del Estado moderno y la acumulación originaria (cercamiento de tierras comunales, colonización, comercio de esclavos).
  • Nueva división sexual del trabajo: confinamiento de las mujeres al trabajo reproductivo y doméstico, subordinación de los hombres en el espacio doméstico y disciplinamiento de la fuerza de trabajo.
  • Caza de brujas como dispositivo central del capitalismo temprano: persecución, tortura y asesinato de miles de mujeres para controlar cuerpo, sexualidad y reproducción.
  • Construcción de la mujer como sujeto domesticado: de vida colectiva y cooperativa a identidad obediente, silenciosa, asexuada y peligrosamente “rebelde” si desborda esos límites.
  • Articulación entre colonización, expropiación campesina y persecución de brujas como procesos equivalentes e indispensables para el capitalismo.

Conceptos clave

  • Materialismo histórico (Marx leído desde Federici)
  • División sexual del trabajo y trabajo reproductivo.
  • Caza de brujas y control del cuerpo femenino.
  • Comunes (tierras, formas de vida y saberes comunales).
  • Subalternidad: Calibán (lo indígena/colonial) y la bruja (las mujeres perseguidas).

Autores / lecturas

  • Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (capítulos iniciales sobre transición feudalismo‑capitalismo, acumulación originaria y caza de brujas).
  • Marx, El Capital, tomo I, apartado sobre acumulación primitiva, como texto de referencia que Federici reelabora.

Introducción

La acumulación originaria, en Marx, nombra el proceso histórico y violento mediante el cual se destruyeron formas previas de subsistencia y se separó a campesinos y artesanos de sus tierras, herramientas y bienes comunales. Los cercamientos no solo privatizaron territorios: produjeron una población desposeída que, al no contar ya con medios propios para vivir, se vio obligada a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Así se crean las condiciones sociales básicas de la relación capitalista entre propietarios de medios de producción y trabajadores asalariados

Silvia Federici retoma esta explicación, pero desplaza la mirada de la tierra al cuerpo. Su aporte consiste en mostrar que la acumulación originaria no implicó únicamente la expropiación de los comunes materiales; también requirió controlar la sexualidad, la maternidad, los saberes sobre el cuerpo y el trabajo reproductivo de las mujeres. De este modo, el capitalismo no solo produjo trabajadores “libres” para ser explotados en fábricas, talleres o campos, sino que organizó un trabajo doméstico y de cuidados generalmente no remunerado, indispensable para sostener y reproducir esa fuerza de trabajo.

Desde esta perspectiva, la transición al capitalismo debe entenderse como una doble expropiación: el cercamiento de la tierra y el cercamiento de los cuerpos.

1. Acumulación originaria como guerra contra los cuerpos

Desde Marx 

La acumulación originaria es expropiación de tierras comunales y conversión de campesinos en proletarios obligados a vender su fuerza de trabajo.  Para Marx, el capitalismo no comienza simplemente porque aparezcan mercados o porque algunas personas decidan convertirse en empresarios. Se necesita una condición fundamental: que existan, por un lado, personas que poseen los medios de producción y, por otro, personas que no poseen esos medios y solamente pueden vender su fuerza de trabajo. Por eso Marx habla de la acumulación originaria. Antes de convertirse en proletario, el campesino podía tener acceso a tierras, bosques, pastos, agua u otros medios de subsistencia. No necesariamente era propietario individual de todo, pero podía tener derechos de uso sobre tierras comunales.

Los cercamientos (enclosures) modificaron esta situación. Las tierras comunales fueron progresivamente apropiadas, cercadas y convertidas en propiedad privada. Muchos campesinos perdieron el acceso a los recursos que les permitían reproducir su vida. La acumulación originaria no solamente expropió tierras; también reorganizó los cuerpos y las capacidades reproductivas de las mujeres. Para Marx el capitalismo destruye formas colectivas de propiedad y trabajo (comunes, gremios, aldeas) para imponer relaciones individuales de mercado.

Con Federici 

Se retoma este análisis, pero afirma que resulta insuficiente si se concentra únicamente en la expropiación de tierras y en la formación del trabajador asalariado masculino. Su pregunta es: ¿quién reproduce cotidianamente a ese trabajador?, ¿quién gesta, cuida, alimenta, cura y sostiene a la futura fuerza de trabajo?, ¿bajo qué relaciones de poder se organiza esa reproducción? Su respuesta es que el capitalismo necesitó reorganizar radicalmente el trabajo de las mujeres y someter sus cuerpos a nuevas formas de control.

El capitalismo buscó devaluar y naturalizar el trabajo doméstico y de cuidados, presentándolo como “amor”, deber femenino o vocación, en vez de trabajo socialmente indispensable. Esto incluía el reforzar una división sexual del trabajo que asignara a los hombres, de manera tendencial, el empleo asalariado y a las mujeres el trabajo reproductivo no remunerado. Además de limitar la autonomía de las mujeres sobre la sexualidad, la maternidad, los saberes curativos y las redes comunales de apoyo.

Esa expropiación es también una guerra contra los cuerpos subalternos (especialmente de las mujeres), que se disciplinan mediante terror, ley y moral para convertirlos en soporte de la explotación.  Cuando Federici habla de una “guerra contra las mujeres”, no se refiere solo a agresiones individuales. Señala un proceso estructural: la construcción de un orden patriarcal funcional a la acumulación capitalista, en el cual los cuerpos de las mujeres, su trabajo y sus capacidades reproductivas quedan subordinados a la reproducción de la fuerza de trabajo.

Ejemplo Aplicado: una comunidad campesina antes de los cercamientos. Una familia puede cultivar una parcela, usar el bosque para obtener leña, alimentar algunos animales en pastos comunes, recolectar plantas medicinales y apoyarse en redes vecinales. Las mujeres no solo realizan tareas domésticas: pueden participar en la producción agrícola, intercambiar saberes, curar, asistir partos y sostener formas comunitarias de cooperación.

Con los cercamientos, la comunidad pierde el acceso a esos medios colectivos. El hombre puede verse obligado a migrar o a aceptar empleo asalariado. Pero la mujer no queda simplemente “afuera” de la economía: su trabajo se vuelve aún más necesario para compensar la pérdida de recursos. Debe asegurar comida, cuidado, crianza y sobrevivencia del hogar con menos medios y, con frecuencia, sin remuneración.

En Federici la proletarización no afecta del mismo modo a hombres y mujeres. Mientras el trabajador asalariado es incorporado directamente a la fábrica, el taller o el campo capitalista, muchas mujeres son confinadas o subordinadas al hogar como espacio de reproducción no pagada. El salario masculino puede aparecer como ingreso familiar, pero también organiza una relación de dependencia: el hombre recibe el salario y la mujer queda asociada al trabajo doméstico, reproductivo y de cuidados. La destrucción de los comunes implica también la ruptura de redes femeninas de apoyo, cuidado y subsistencia compartida, desarmando formas de trabajo colectivo no capitalistas.

2. Degradación del trabajo reproductivo

Desde Marx

El análisis de Marx se concentra en la producción capitalista y, especialmente, en la extracción de plusvalor. El capitalista compra fuerza de trabajo por un salario y, durante la jornada laboral, obtiene del trabajador un valor mayor que el que paga. Esa diferencia es el plusvalor, fuente de la ganancia capitalista. Que de igual forma se obtiene al vender la mercancía más caro de lo que realmente cuesta.

Por ello, el lugar privilegiado del análisis marxiano es la fábrica, el taller, la mina o el campo capitalista espacios en los que el trabajo asalariado produce mercancías para el mercado. Marx sí reconoce que la fuerza de trabajo debe renovarse diariamente y reproducirse generacionalmente, pero no desarrolla de manera sistemática quién realiza esa reproducción ni bajo qué relaciones de poder. El problema aparece cuando se da por supuesto que el trabajador llega cada mañana alimentado, vestido, cuidado, descansado y disponible para trabajar. La reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo queda en el trasfondo de la teoría económica.

Con Federici

Federici coloca ese trasfondo en el centro. Sostiene que criar hijos e hijas, alimentar, limpiar, cuidar enfermos, acompañar a personas mayores, sostener afectivamente a la familia y organizar la vida cotidiana no son actividades “naturales” ni privadas: son trabajo reproductivo. Este trabajo es indispensable para el capitalismo porque produce y mantiene aquello que el capital compra en el mercado: la fuerza de trabajo. Sin alimentación, vivienda, descanso, crianza, cuidados y reposición generacional, no existirían trabajadores disponibles para la producción de mercancías.

La operación ideológica fundamental consiste en presentar este trabajo como una extensión espontánea de la feminidad. Se dice que las mujeres cuidan por amor, instinto, deber materno o vocación doméstica. Al llamarlo “amor” o “deber”, se oculta su carácter laboral y se evita reconocerlo, remunerarlo y redistribuirlo.

Federici vincula esta desvalorización con la consolidación de un orden en el cual el salario masculino funciona como mediación de dependencia. El trabajador recibe un salario, mientras la mujer queda asociada al trabajo doméstico no remunerado que sostiene tanto al trabajador como a la futura generación de trabajadores.

Ejemplo: la ama de casa moderna

La figura de la “ama de casa” no debe entenderse como una persona económicamente inactiva. Ella trabaja produciendo condiciones de vida: prepara alimentos, administra recursos escasos, cuida niños y niñas, atiende enfermedades, limpia, organiza horarios y sostiene vínculos afectivos.

Sin embargo, como su trabajo no aparece como una mercancía vendida en el mercado ni recibe regularmente un salario, se clasifica como “no trabajo”. La contradicción es que el capitalismo depende de ese trabajo para disponer de fuerza laboral, pero procura que su costo recaiga principalmente en los hogares y, dentro de ellos, en las mujeres.

3. Caza de brujas como disciplina laboral

Desde Marx

Marx analiza la disciplina de la fuerza de trabajo como una dimensión necesaria de la acumulación originaria. El cercamiento de tierras comunales expulsa a campesinos y campesinas de sus condiciones de subsistencia, pero esa expulsión no garantiza automáticamente que acepten trabajar bajo las nuevas condiciones salariales.

Por ello, el Estado interviene mediante la llamada “legislación sanguinaria” contra las personas expropiadas. Las leyes contra la vagancia, la mendicidad y el desplazamiento castigaban a quienes no podían o no querían incorporarse al trabajo asalariado. Azotes, marcas corporales, encarcelamiento, trabajo forzado e incluso pena de muerte fueron instrumentos para disciplinar a una población desposeída.  En esta lectura, la violencia estatal no es un residuo feudal que desaparece con el mercado. Es una condición histórica que obliga a los expropiados a aceptar la nueva disciplina laboral.

Con Federici

Federici coincide en que el capitalismo necesitó disciplinar a la población desposeída, pero insiste en que esta disciplina tuvo una dimensión específicamente sexualizada. La caza de brujas fue, en su interpretación, una campaña de terror dirigida de forma desproporcionada contra mujeres pobres, ancianas, viudas, curanderas, parteras, mendigas y mujeres consideradas insumisas.

No se trató solamente de una persecución religiosa ni de un episodio de superstición medieval. Para Federici, la caza de brujas acompañó la transición al capitalismo porque ayudó a quebrar solidaridades comunales, reducir la autonomía femenina y reordenar el trabajo de las mujeres hacia el hogar, la maternidad y el cuidado.

La figura de la bruja condensaba múltiples amenazas para el nuevo orden: una mujer que conocía el cuerpo, manejaba remedios, intervenía en partos, podía controlar la natalidad, vivía sin tutela masculina, cuestionaba autoridades o participaba en conflictos comunitarios. La persecución transformó esas capacidades y formas de autonomía en delitos o signos de peligrosidad social.

Ejemplo: parteras y curanderas

Las parteras, curanderas y mujeres conocedoras de prácticas anticonceptivas o abortivas podían tener una autoridad importante en sus comunidades. Sus saberes les permitían intervenir en la reproducción, aliviar enfermedades y sostener formas de cuidado relativamente autónomas de instituciones estatales, eclesiásticas o médicas.

En el marco analizado por Federici, la criminalización de esas prácticas no solo persigue una creencia religiosa considerada desviada. También disputa quién controla la reproducción, quién define los usos legítimos del cuerpo y quién posee autoridad sobre la salud y la sexualidad de las mujeres.

4. Control de la reproducción como control del trabajo

Desde Marx

Para Marx, la fuerza de trabajo es una mercancía especial: a diferencia de una máquina o una materia prima, tiene la capacidad de crear nuevo valor. El capitalista la compra por un tiempo determinado, pero durante ese tiempo obtiene de ella una cantidad de trabajo superior al valor pagado mediante el salario. La fuerza de trabajo, sin embargo, debe existir y renovarse. Debe haber personas capaces de trabajar hoy y nuevas generaciones que reemplacen a quienes envejecen, enferman o mueren. Marx reconoce que el salario se vincula con la reproducción del trabajador y de su familia, pero no convierte el control sobre la sexualidad, la maternidad y la natalidad en un eje central de su explicación.

Con Federici

Federici afirma que la reproducción humana debe ser entendida como un terreno de lucha política y económica. Si el capitalismo necesita fuerza de trabajo, controlar la capacidad de procrear, criar y sostener cuerpos trabajadores es una forma de controlar una condición básica de la acumulación.

Desde esta perspectiva, la sexualidad y la maternidad no son asuntos estrictamente privados. Las normas sobre matrimonio, aborto, infanticidio, anticoncepción, moral sexual y conducta femenina forman parte de dispositivos que regulan la reproducción de la población trabajadora.

Federici subraya que, durante la transición al capitalismo, se reforzaron controles legales, religiosos y morales sobre las mujeres. La persecución de prácticas anticonceptivas y abortivas, así como la criminalización de formas de sexualidad no orientadas a la reproducción legítima, redujeron la capacidad femenina de decidir sobre sus cuerpos.

Ejemplo: aborto, infanticidio y sexualidad no reproductiva

La criminalización del aborto y del infanticidio en la Europa moderna debe leerse, en este marco, más allá de una simple condena moral. Es una intervención sobre la capacidad de las mujeres para decidir si tener hijos, cuándo tenerlos y bajo qué condiciones. Federici no plantea que todas estas medidas respondieran mecánicamente a una necesidad demográfica. Su punto es más amplio: el Estado y la Iglesia construyeron un orden en el que la capacidad reproductiva femenina pasó a ser objeto de vigilancia, regulación y castigo. De esta manera, la reproducción de la fuerza de trabajo se subordinó progresivamente a intereses estatales, patriarcales y capitalistas.

5. División sexual del trabajo

Desde Marx

El análisis clásico de Marx sobre la gran industria destaca la incorporación de mujeres y niños al trabajo fabril. Esto permite ver que el capitalismo puede emplear a toda la familia trabajadora, rebajar salarios y aumentar la disponibilidad de mano de obra. Sin embargo, la figura predominante en gran parte de su exposición sigue siendo la del obrero asalariado masculino. La división entre trabajo productivo remunerado y trabajo doméstico reproductivo no recibe el mismo desarrollo teórico que la explotación dentro de la fábrica.

El riesgo de esta centralidad es considerar que el proletariado se constituye principalmente en el espacio laboral formal, dejando en segundo plano los hogares, los cuidados y las relaciones de género que hacen posible la participación cotidiana en el empleo asalariado.

Con Federici

Federici sostiene que la división sexual del trabajo no es una distribución neutral o natural de tareas. Es una construcción histórica que asigna posiciones desiguales dentro de la reproducción capitalista.

La consolidación del capitalismo separó de forma creciente el espacio del trabajo asalariado visible y el espacio del trabajo doméstico invisibilizado. De manera tendencial, el hombre fue ubicado como proveedor salarial y la mujer como esposa, madre, cuidadora y responsable del hogar. No significa que las mujeres dejaran de trabajar en actividades productivas; muchas siguieron haciéndolo en el campo, talleres, comercio, servicio doméstico o manufactura. Significa que su trabajo fue degradado, peor remunerado y definido socialmente como secundario respecto del salario masculino.

Esta reorganización permitió presentar el hogar como una esfera privada y no económica, aunque allí se produjera diariamente la fuerza de trabajo requerida por el capital. Federici describe esta operación como una nueva división sexual del trabajo que subordina la labor y la función reproductiva de las mujeres a la reproducción de la fuerza laboral.

Ejemplo: expulsión y confinamiento

El proceso no debe imaginarse como una expulsión absoluta y uniforme de las mujeres de todos los oficios. Más bien, muchas perdieron acceso a ocupaciones, gremios, recursos comunales o formas autónomas de subsistencia; otras fueron desplazadas hacia empleos peor pagados, informales o subordinados.

Al mismo tiempo, la ideología de la domesticidad convirtió el hogar en el lugar “natural” de las mujeres. Así, el hombre aparece como trabajador pleno y proveedor, mientras el trabajo femenino queda fragmentado entre labores domésticas no pagadas y ocupaciones precarias o complementarias.

6. Articulación entre colonización y trabajo

Desde Marx

Marx incorpora la conquista de América, el saqueo colonial, la esclavización y el comercio transatlántico como dimensiones decisivas de la acumulación originaria. La riqueza obtenida mediante despojo, extracción de metales, apropiación de tierras y explotación de poblaciones colonizadas contribuyó a concentrar capital en Europa. La acumulación originaria, por tanto, no es únicamente una historia nacional inglesa de cercamientos. Es también una historia mundial de conquista, violencia racial, extracción colonial y esclavitud. El capitalismo europeo se nutre de relaciones de dominación que atraviesan continentes.

Con Federici

Federici profundiza esa conexión y sostiene que la organización del trabajo en Europa no puede separarse de la organización colonial del trabajo. La expropiación de campesinos europeos, la subordinación de las mujeres, la esclavización de poblaciones africanas y la conquista de pueblos indígenas son procesos vinculados, aunque no idénticos.

La figura de Calibán remite al sujeto colonizado: racializado, deshumanizado y presentado como inferior, salvaje o naturalmente disponible para la explotación. La figura de la bruja remite a la mujer demonizada por su autonomía, sus saberes y su resistencia. Ambas figuras permiten pensar cómo el capitalismo construyó poblaciones que podían ser explotadas y violentadas con mayor intensidad.

En esta perspectiva, colonia y metrópoli no son escenarios aislados. Las técnicas de control, los discursos de inferiorización y las jerarquías laborales circulan entre ambos espacios. Federici vincula explícitamente la división entre colonia y metrópoli, la jerarquía racial y el disciplinamiento de los cuerpos femeninos con la formación del orden capitalista global.

Ejemplo: minas, talleres y violencia colonial

En territorios coloniales, los pueblos indígenas fueron forzados a trabajar en minas, plantaciones, obrajes y otras actividades extractivas mediante tributos, repartimientos, violencia militar y coerción legal. Esta explotación no fue una desviación del capitalismo europeo: fue una de sus condiciones históricas de enriquecimiento.

Al mismo tiempo, las mujeres indígenas padecieron una subordinación articulada por género, raza y colonialidad. Podían ser explotadas como trabajadoras, cuidadoras, productoras agrícolas, servidoras domésticas o reproductoras de población; además, sus prácticas rituales, médicas y comunitarias podían ser perseguidas como idolatría, hechicería o brujería. El objetivo era también desestructurar formas colectivas de autonomía.

7. Racismo y sexismo como tecnologías del trabajo

Desde Marx

Marx explica la explotación capitalista a partir de la relación entre capital y trabajo asalariado: quienes poseen los medios de producción compran fuerza de trabajo a quienes han sido desposeídos de ellos. La clase constituye, por tanto, una categoría central para comprender el funcionamiento del capital.

No obstante, su marco puede resultar limitado si raza y género se tratan solo como desigualdades añadidas a una explotación de clase considerada homogénea. La experiencia de una mujer indígena, una mujer afrodescendiente, un trabajador esclavizado o un obrero blanco europeo no está determinada únicamente por una posición abstracta dentro del mercado laboral.

Con Federici

Federici sostiene que racismo y sexismo son tecnologías de organización del trabajo. No son simples prejuicios culturales que sobreviven accidentalmente dentro del capitalismo; ayudan a clasificar poblaciones, justificar despojos y distribuir de manera desigual las cargas laborales, los derechos, los salarios y la exposición a la violencia. El racismo produce poblaciones consideradas naturalmente aptas para el trabajo forzado, servil, doméstico, peligroso o mal remunerado. El sexismo presenta el trabajo de las mujeres como una obligación moral, una cualidad natural o una ayuda secundaria. Juntos, ambos mecanismos fragmentan a las clases subalternas y dificultan la solidaridad entre quienes comparten condiciones de explotación.

La desigualdad no funciona solamente pagando menos por el mismo trabajo. También opera definiendo qué trabajos merecen salario, cuáles son invisibles, quién puede reclamar derechos y quién puede ser tratado como reemplazable. Federici plantea que el capitalismo se compromete estructuralmente con el racismo y el sexismo porque necesita justificar la coerción y la desigualdad que atraviesan sus relaciones sociales.

Ejemplo: trabajo doméstico y de cuidados racializado

Las mujeres indígenas, afrodescendientes, migrantes o empobrecidas suelen concentrarse de manera desproporcionada en el servicio doméstico, los cuidados, la limpieza, el trabajo informal y los empleos de menor protección social. No se trata solo de una decisión individual de ocupación.

Esta concentración resulta de herencias coloniales, desigualdades educativas, segmentación laboral, discriminación salarial, estereotipos de género y raza, y menor acceso a propiedad, seguridad social y protección estatal. Así, el capitalismo organiza una jerarquía donde ciertos cuerpos son asociados socialmente con el servicio y el cuidado de otros.

8. Silenciamiento de saberes sobre el cuerpo

Desde Marx

Marx presta especial atención a las transformaciones técnicas de la producción: maquinaria, división del trabajo, cooperación, gran industria y subordinación del obrero al ritmo de la fábrica. Su interés está en cómo el capital reorganiza los conocimientos y las destrezas productivas, concentrándolos en la maquinaria, la administración y la propiedad capitalista.

Sin embargo, los saberes populares sobre el cuerpo, la salud, la fertilidad, las plantas, los ciclos naturales y el cuidado colectivo no ocupan un lugar equivalente en su explicación de la acumulación originaria.

Con Federici

Federici amplía el campo de análisis al plantear que los saberes populares podían sostener formas de autonomía material. Conocer plantas medicinales, asistir partos, regular la fertilidad, compartir prácticas de cuidado, mantener rituales comunitarios o preservar vínculos con la tierra permitía a las comunidades depender menos del Estado, de la Iglesia, de los terratenientes o del mercado.

Por ello, la persecución de esos saberes no debe leerse solo como intolerancia religiosa. También puede entenderse como una disputa por el control de los cuerpos y por la autoridad para definir qué conocimientos son legítimos. La medicina institucional, la autoridad eclesiástica y el poder colonial se atribuyen el monopolio de la verdad sobre la salud, la sexualidad y la naturaleza, mientras saberes comunitarios son relegados a superstición, magia, idolatría o brujería.

La caza de brujas opera entonces como una política de deslegitimación: transforma conocimientos de cuidado y autonomía en signos de peligro, desviación o delito.

Ejemplo: destrucción de huacas y persecución de prácticas comunitarias

En América colonial, la destrucción de huacas y la persecución de ritos indígenas buscaban mucho más que imponer una doctrina religiosa. Las huacas, los rituales y las prácticas colectivas podían estructurar memorias, autoridades, formas de relación con el territorio y redes de solidaridad comunitaria.

Asimismo, las prácticas de sanación, los conocimientos herbolarios y las formas colectivas de cuidado podían ser perseguidas como idolatría, hechicería o superstición. Al desautorizar estos saberes, el orden colonial debilitaba fuentes comunitarias de autonomía y reforzaba su poder sobre cuerpos, territorios y trabajo.

9. Resistencia de mujeres y clases populares

Desde Marx

Para Marx, la historia del capitalismo no es solo la historia de la dominación burguesa. También es la historia de la resistencia de campesinos expropiados, artesanos desplazados, trabajadores fabriles, comunidades despojadas y organizaciones obreras.

La lucha de clases expresa que la explotación nunca se instala sin conflicto. Huelgas, rebeliones, destrucción de máquinas, organización sindical y levantamientos campesinos son respuestas a la subordinación al capital.

Con Federici

Federici amplía quiénes cuentan como sujetos de resistencia. Las luchas de mujeres por defender los comunes, el control sobre sus cuerpos, los saberes de cuidado, la autonomía sexual, la reproducción comunitaria y las redes de solidaridad forman parte de la historia de resistencia contra el capitalismo.

Esta perspectiva cuestiona la idea de que solo hay lucha política cuando existe una organización obrera formal o una demanda salarial explícita. Defender una fuente de agua, sostener una red comunitaria de alimentos, resistir el despojo territorial, preservar conocimientos de salud, oponerse a la violencia sexual o negarse a una maternidad impuesta puede ser también una lucha contra las condiciones de acumulación.

La caza de brujas es relevante porque persiguió no únicamente a mujeres aisladas, sino a posibles nodos de apoyo y resistencia comunitaria. Al demonizarlas como brujas, seductoras, corruptoras o enemigas del orden, se buscaba aislarlas socialmente y quebrar los vínculos colectivos que podían sostener una oposición al nuevo régimen de trabajo.

Ejemplo: mujeres en luchas campesinas y anticoloniales

Las mujeres han participado activamente en rebeliones campesinas, resistencias indígenas, luchas anticoloniales, movimientos por la tierra, huelgas, redes de alimentación y formas comunitarias de sobrevivencia. Sin embargo, los relatos oficiales suelen reducirlas a víctimas pasivas o las representan como amenazas morales cuando ocupan un lugar de liderazgo.

En la lectura de Federici, la demonización de mujeres rebeldes cumple una función política: desacreditar su palabra, asociar su autonomía con el desorden y advertir a otras mujeres sobre los costos de desafiar la autoridad masculina, colonial, eclesiástica o estatal. Recuperar estas resistencias permite entender que el trabajo reproductivo no es solo un terreno de explotación: también es un espacio desde el cual se organizan cuidados, solidaridades y alternativas de vida.


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