El trabajo en la comunidad primitiva
Antes del esclavismo, del feudalismo y el capitalismo, las sociedades humanas se organizaron en lo que suele llamarse comunidad primitiva. Se trataba de grupos humanos pequeños que vivían principalmente de la caza, la pesca, la recolección de frutos, semillas y plantas, y, en algunos casos, de formas iniciales de agricultura y domesticación de animales. El trabajo era necesario para garantizar la supervivencia colectiva: obtener alimento, fabricar herramientas, construir refugios, proteger al grupo y cuidar a niñas, niños, personas mayores o enfermas.
En muchas de estas comunidades, los grupos eran nómadas o seminómadas. Esto significa que se desplazaban de un lugar a otro según la disponibilidad de agua, animales, frutos, plantas y condiciones climáticas favorables. Como no permanecían de manera estable en un solo territorio, no existía la acumulación de grandes propiedades privadas sobre la tierra. La tierra, los bosques, los ríos y los recursos naturales eran aprovechados colectivamente por el grupo. Esta vida en movimiento también exigía cooperación, porque sobrevivir dependía del apoyo mutuo y de la organización común.
El trabajo no estaba organizado mediante empleos, salarios o contratos, como ocurre en muchas sociedades actuales. Tampoco existía una clase de propietarios que contratara o controlara de forma permanente el trabajo de otra clase. Las tareas se distribuían según las necesidades del grupo, las capacidades de cada persona, la edad, la experiencia y, en algunos casos, según diferencias de género. Algunas personas se dedicaban principalmente a cazar o pescar; otras recolectaban alimentos, preparaban refugios, cuidaban a la niñez, elaboraban utensilios o transmitían conocimientos sobre el territorio y la naturaleza.
La división de tareas no debe interpretarse automáticamente como una desigualdad rígida. Aunque podían existir responsabilidades diferenciadas, la supervivencia dependía del reconocimiento de que todas las actividades eran necesarias. Recolectar alimentos, cuidar a las niñas y los niños, elaborar herramientas, conocer las plantas medicinales o proteger el campamento tenía tanta importancia como cazar. El trabajo de cuidados y reproducción de la vida formaba parte de la actividad colectiva, no era una labor completamente separada ni considerada ajena a la economía del grupo.
En la comunidad primitiva predominaba la propiedad colectiva de los recursos y de los instrumentos básicos de trabajo. Esto no significa que nadie tuviera objetos personales; una persona podía utilizar sus herramientas, adornos o utensilios. Sin embargo, no existía la propiedad privada de la tierra, de grandes extensiones de recursos ni de los medios para controlar y explotar sistemáticamente el trabajo de otras personas. La producción se orientaba principalmente al uso y a la subsistencia del grupo, no a la acumulación de ganancias individuales.
Por ello, los productos obtenidos mediante el trabajo eran compartidos conforme a las necesidades y normas colectivas. Si una persona lograba cazar un animal o recolectar una cantidad importante de alimentos, lo usual era que estos bienes fueran distribuidos entre el grupo. La cooperación era una condición práctica de supervivencia en contextos donde los recursos podían ser escasos, el clima cambiante y los peligros constantes. La solidaridad, entonces, no era solo un valor moral, sino una forma concreta de organización social.
Con el paso del tiempo, el desarrollo de la agricultura, la ganadería y el asentamiento permanente en determinados territorios produjo cambios importantes. Al permanecer en un lugar, cultivar la tierra y generar excedentes, algunas comunidades comenzaron a acumular bienes y a establecer formas más estables de control sobre territorios y recursos. Estas transformaciones favorecieron el surgimiento de diferencias sociales, jerarquías y formas de propiedad que, posteriormente, facilitaron la aparición de sociedades divididas en clases.
La transición hacia formas sociales como el esclavismo no fue igual ni ocurrió al mismo tiempo en todos los pueblos. Sin embargo, permite comprender un cambio central: mientras en muchas comunidades primitivas el trabajo se organizaba principalmente mediante la cooperación y el uso colectivo de los recursos, en el esclavismo el trabajo pasó a estructurarse a partir de la propiedad de unas personas sobre otras. Así, la comunidad primitiva constituye un antecedente histórico importante para entender cómo se transformaron el trabajo, la propiedad y las desigualdades sociales a lo largo de la historia.
El trabajo en la transición del esclavismo al feudalismo
La historia del trabajo permite comprender cómo las sociedades han organizado la producción, la distribución de la riqueza y las relaciones entre los distintos grupos sociales. En el esclavismo, el trabajo estaba basado en la explotación directa de personas esclavizadas. Estas personas eran consideradas propiedad de sus dueños y podían ser compradas, vendidas o heredadas. Su trabajo era utilizado en la agricultura, la construcción, el servicio doméstico, la minería y otras actividades económicas. La persona esclavizada no tenía libertad sobre su trabajo ni recibía una remuneración; producía bienes y riquezas que eran apropiados por sus propietarios por la fuerza.
Este sistema también produjo una marcada división de clases. En la parte superior se encontraban los propietarios y grupos dominantes, mientras que en la base estaban las personas esclavizadas, quienes realizaban las tareas más pesadas y carecían de derechos políticos y sociales. La organización familiar y social estaba vinculada a la propiedad, la herencia y el control de la fuerza de trabajo. Por esa razón, el esclavismo no fue únicamente una forma económica, sino también un sistema jurídico y político que justificaba la dominación.
Con la crisis del esclavismo y la transformación de las relaciones sociales surgió progresivamente el feudalismo. En este sistema, la tierra se convirtió en el principal medio de producción y la sociedad quedó organizada alrededor de los señores feudales, los campesinos y otras figuras dependientes. El señor controlaba el feudo y ofrecía protección militar, mientras que los campesinos trabajaban la tierra y entregaban parte de su producción o de su tiempo de trabajo.
El campesino del sistema feudal no era exactamente una persona esclavizada, porque generalmente podía formar una familia, conservar algunos instrumentos y trabajar una pequeña parcela para su propio sustento. Sin embargo, no era completamente libre. Estaba sujeto a obligaciones con el señor feudal, como trabajar determinados días en las tierras del señor, entregar una parte de la cosecha o pagar tributos. Su libertad estaba limitada por su dependencia económica y territorial.
En el feudalismo, la familia constituía una unidad importante de producción. Las mujeres, los hombres, las niñas y los niños participaban en las labores agrícolas, domésticas y artesanales. Sin embargo, estas tareas no se distribuían de manera igualitaria. Existían diferencias según el género, la edad y la posición social. El trabajo de las mujeres, especialmente el relacionado con el cuidado, la alimentación y la reproducción de la vida, era fundamental, aunque muchas veces no recibía reconocimiento.
Otra característica del feudalismo fue la relación de dependencia personal. El campesino no vendía su trabajo en un mercado como ocurre con el empleo asalariado moderno, sino que estaba vinculado a la tierra y a la autoridad del señor feudal. Su trabajo era obligatorio dentro de un orden social jerárquico. Esta relación se justificaba mediante tradiciones, normas jurídicas y discursos religiosos que presentaban la desigualdad como parte del orden natural de la sociedad.
La religión tuvo un papel importante en la legitimación del sistema feudal. La Iglesia participaba en la organización de la vida social, política y cultural, y contribuía a justificar la existencia de jerarquías entre señores, clérigos y campesinos. El orden social se presentaba como establecido por Dios, lo que podía dificultar la crítica a la desigualdad y a la explotación. No obstante, también existieron movimientos religiosos y expresiones de resistencia que cuestionaron la riqueza y el poder de los grupos dominantes.
Tanto en el esclavismo como el capitalismo, el trabajo estaba relacionado con la apropiación de la tierra, los bienes y la producción. En el esclavismo, el propietario controlaba directamente a la persona trabajadora. En el feudalismo, el señor feudal controlaba principalmente la tierra y las obligaciones que recaían sobre el campesino. La diferencia principal es que la explotación esclavista convertía a la persona en propiedad, mientras que la explotación feudal se basaba en la dependencia de los campesinos respecto de la tierra y del señor.
A pesar de estas diferencias, tanto el esclavismo como el feudalismo fueron sistemas caracterizados por la desigualdad. En ambos casos, quienes realizaban la mayor parte del trabajo no controlaban plenamente los recursos ni disfrutaban de los beneficios de su producción. Esta situación permite observar que el trabajo no es solamente una actividad individual, sino una relación social atravesada por el poder, la propiedad, la clase, el género y las instituciones políticas y religiosas.
Estudiar estas formas históricas de trabajo ayuda a comprender que las relaciones laborales cambian con el tiempo. El empleo asalariado moderno no apareció de manera natural, sino que surgió después de profundas transformaciones económicas, políticas y sociales. La transición del esclavismo al feudalismo, y posteriormente del feudalismo al capitalismo, modificó la forma en que las personas accedían a la tierra, producían bienes y se relacionaban con quienes controlaban la riqueza.
Desaparición del feudalismo
La desaparición del feudalismo no fue causada por un único hecho. Fue un proceso prolongado en el que cambiaron las ideas, las relaciones políticas, la producción y la forma de entender el trabajo. La Reforma protestante, la Revolución francesa y la Revolución industrial fueron procesos distintos, ocurridos en momentos diferentes, pero juntos debilitaron las bases del orden feudal y facilitaron el surgimiento de la sociedad capitalista.
Del trabajo feudal al trabajo libre
En el feudalismo, la tierra era la principal fuente de riqueza. La mayoría de la población campesina trabajaba parcelas vinculadas a un señor feudal y debía entregar tributos, parte de la cosecha o jornadas de trabajo obligatorias. No se trataba aún del empleo asalariado moderno: el campesino no vendía libremente su fuerza de trabajo a una empresa, sino que estaba sujeto a obligaciones por su relación con la tierra y con el señor.
El trabajo estaba organizado mediante una jerarquía social rígida. La nobleza controlaba tierras y privilegios; el clero tenía una enorme influencia religiosa, política y económica; los campesinos realizaban gran parte de la producción. La movilidad social era limitada y el nacimiento definía, en buena medida, el lugar que cada persona ocupaba en la sociedad.
Con el crecimiento de las ciudades, el comercio y los talleres artesanales, comenzó a aparecer una población menos vinculada a la tierra. Mercaderes, artesanos y propietarios urbanos fueron ganando importancia económica. Esto abrió paso a relaciones sociales más centradas en el intercambio, el dinero, los contratos y la búsqueda de beneficios, elementos que serían centrales para el capitalismo.
Reforma protestante e individualismo
La Reforma protestante del siglo XVI cuestionó la autoridad religiosa centralizada de la Iglesia católica y debilitó una de las instituciones fundamentales del mundo feudal. Al poner énfasis en la relación personal entre el creyente y Dios, en la lectura individual de la Biblia y en la responsabilidad moral de cada persona, contribuyó a fortalecer una visión más individualizada de la vida social.
También revalorizó la actividad cotidiana y el trabajo disciplinado. En ciertas corrientes protestantes, el trabajo podía ser entendido como una vocación: una forma de cumplir responsablemente con los deberes de la vida. Esta valoración no creó por sí sola el capitalismo, pero ayudó a promover actitudes favorables al ahorro, la disciplina, la responsabilidad individual y la acumulación.
Además, la Reforma redujo el poder económico y político de instituciones religiosas en diversos territorios europeos. La confiscación o redistribución de propiedades eclesiásticas y el fortalecimiento de monarquías y grupos urbanos modificaron las antiguas relaciones de poder. Así, el individuo comenzó a ser pensado menos como integrante fijo de un estamento feudal y más como una persona responsable de su conducta, su trabajo y su posición social.
Revolución francesa y ciudadanía
La Revolución francesa de 1789 tuvo un impacto político directo sobre el feudalismo. Sus principios de libertad, igualdad y fraternidad cuestionaron una sociedad basada en privilegios heredados, donde la nobleza y el clero contaban con derechos especiales y la mayoría de la población soportaba cargas tributarias y obligaciones feudales.
La libertad significaba, entre otras cosas, cuestionar la subordinación personal y las restricciones que impedían a las personas desplazarse, contratar, comerciar o ejercer actividades económicas. La igualdad planteaba que las personas debían ser consideradas ciudadanas iguales ante la ley, en vez de pertenecer a órdenes o estamentos con privilegios distintos. La fraternidad expresaba un ideal de comunidad política entre ciudadanos, aunque en la práctica sus alcances fueron limitados y excluyeron inicialmente a muchos grupos.
En agosto de 1789, la Asamblea Nacional francesa decretó la abolición del sistema feudal, eliminando privilegios de nobleza y clero, obligaciones señoriales y formas de servidumbre personal. Este hecho fue decisivo porque atacó jurídicamente la base del poder feudal: el derecho de los señores a exigir trabajo, pagos y obediencia de la población campesina.
Para el mundo del trabajo, la Revolución francesa contribuyó a transformar a los antiguos súbditos en ciudadanos formalmente libres. Sin embargo, esa libertad no garantizaba igualdad económica. Una persona podía ser libre ante la ley y, al mismo tiempo, no tener tierra, herramientas ni recursos para sobrevivir. En estas condiciones, muchas personas solo podían vivir vendiendo su capacidad de trabajar a cambio de un salario.
Revolución industrial y empleo asalariado
La Revolución industrial transformó materialmente la forma de trabajar. Su desarrollo comenzó en Gran Bretaña durante el siglo XVIII y se expandió en los siglos XIX y XX. La máquina de vapor fue una innovación fundamental porque permitió mover maquinaria sin depender exclusivamente de la fuerza humana, animal, del viento o del agua. Esto favoreció la concentración de la producción en fábricas, el aumento de la escala productiva y la expansión de los mercados.
La imprenta no fue inventada durante la Revolución industrial: su desarrollo europeo se asocia a Johannes Gutenberg en el siglo XV, antes de la Reforma protestante y de la industrialización. Sin embargo, fue decisiva como antecedente porque facilitó la circulación de libros, panfletos, periódicos, conocimientos técnicos e ideas religiosas y políticas. Posteriormente, la expansión de la prensa y de la alfabetización apoyó la difusión de saberes científicos y técnicos necesarios para el desarrollo industrial.
El tecnicismo, entendido como la creciente confianza en la técnica, la ciencia aplicada y la maquinaria para organizar la producción, cambió el ritmo y las condiciones del trabajo. En lugar de producir principalmente en pequeñas parcelas campesinas o talleres artesanales, muchas personas comenzaron a trabajar en fábricas bajo horarios fijos, supervisión, disciplina y salarios. El dueño de la fábrica poseía las máquinas, las materias primas y el capital; el trabajador poseía principalmente su fuerza de trabajo.
Este cambio dio origen al empleo asalariado moderno. La persona trabajadora era jurídicamente libre: ya no era propiedad de un amo ni estaba ligada personalmente a un señor feudal. Pero dependía del salario para sobrevivir. Por eso, la libertad formal del capitalismo coexistió con nuevas formas de desigualdad y explotación: largas jornadas, bajos salarios, trabajo infantil, condiciones insalubres y ausencia inicial de protecciones laborales.
El trabajo en el capitalismo
En el capitalismo, el trabajo se organiza principalmente mediante la relación entre la burguesía y el proletariado. La burguesía está formada por quienes poseen los medios de producción: fábricas, empresas, tierras, maquinaria, capital y materias primas. El proletariado, en cambio, está compuesto por quienes no poseen esos medios y, para sobrevivir, deben vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario.marxists+1
A diferencia del feudalismo, donde predominaban vínculos personales de dependencia entre señor y campesino, en el capitalismo las relaciones sociales se vuelven principalmente pecuniarias, es decir, mediadas por el dinero. El trabajador no está jurídicamente ligado a un señor feudal, sino que es formalmente libre para contratarse; sin embargo, necesita obtener un salario para cubrir sus necesidades y las de su familia. Por eso, su libertad formal convive con una dependencia económica respecto de quien ofrece empleo.
La explotación capitalista, desde una lectura marxista, se explica porque el trabajador produce un valor mayor al que recibe como salario. Por ejemplo, una persona puede trabajar durante una jornada produciendo bienes o servicios que luego se venden por un valor elevado, pero solo recibe una parte de ese valor en forma de salario. La diferencia entre el valor creado por el trabajo y lo que se paga al trabajador es apropiada por el propietario como ganancia o plusvalía.
La mercancía es un bien o servicio producido para ser vendido en el mercado. Su precio de venta incorpora materias primas, maquinaria, transporte y otros costos, pero también el valor generado por el trabajo humano. Cuando el empresario vende la mercancía por un valor superior al costo salarial pagado, obtiene una ganancia. Por ello, en el capitalismo, el trabajador vende su fuerza de trabajo, mientras que el burgués controla las condiciones de producción y la venta de las mercancías.marxists+1
Dentro de esta estructura social, las mujeres de familias proletarias han ocupado históricamente una posición especialmente subordinada. Además de incorporarse muchas veces al trabajo asalariado, realizan trabajo doméstico y de cuidados: cocinar, limpiar, criar, cuidar a personas enfermas y sostener emocionalmente a la familia. Este trabajo suele ser no remunerado, pero permite que la fuerza de trabajo se alimente, descanse y se reproduzca diariamente. Es decir, sostiene indirectamente la producción capitalista.
Así, el capitalismo establece una jerarquía: la burguesía controla la riqueza y los medios de producción; el proletariado vende su fuerza de trabajo por un salario; y, dentro de los hogares trabajadores, muchas mujeres cargan con una parte decisiva del trabajo de reproducción social sin recibir pago ni reconocimiento equivalente. Analizar estas relaciones permite comprender que el trabajo capitalista no es solo una actividad económica, sino también una relación de poder basada en la propiedad, el salario, el dinero y las desigualdades de clase y género. Que luego aborda Silvia Federici en "El calibán y la bruja"

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