sábado, 7 de febrero de 2026

El Desayuno Nacional de Oración ¿pluralidad efectiva o solo aparente?

El Desayuno Nacional de Oración volvió a instalar en el centro del discurso público una narrativa ya conocida: la del “milagro”. Un país que se dice transformado, pacificado y restaurado. La historia se cuenta como una convergencia perfecta entre el “plan de Dios”, la nación y el liderazgo político, y en ese gesto la frontera entre fe cristiana y gobierno se vuelve casi invisible.

Desde la cúspide del poder habló el presidente Nayib Bukele, precedido por autoridades de los otros órganos del Estado, líderes religiosos cristianos y figuras del Congreso y el Senado de Estados Unidos —tanto demócratas como republicanos—, y de católicos y evangélicos sentados bajo un mismo lenguaje moral. En apariencia hay pluralidad política, pero la pregunta persiste: ¿se trata de una pluralidad efectiva o apenas de una escenificación del consenso?

En el plano religioso, el presidente se nombra cristiano y busca proyectarse como figura abierta e inclusiva. Sin embargo, su propia historia familiar deja entrever una pluralidad confesional más compleja: su padre, Armando Bukele Kattán, fue reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, ejerce como imán y guía espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña. Estos vínculos, lejos de asumirse con naturalidad, han sido activados o silenciados según convenga: exagerados para sembrar sospecha por parte de detractores y, en el discurso oficial, deliberadamente omitidos para preservar la homogeneidad del relato.

El escenario elegido, el Palacio Nacional, no es un edificio administrativo cualquiera, este representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo contemporáneo y a un cargo transitorio—, el Palacio, por su nombre y su carga simbólica, remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente incuestionable.

Elegir este espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional, como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa política ordinaria, una autoridad que no se somete a cuestionamiento.

En la escena se replica el formato del National Prayer Breakfast impulsado por el presidente Dwight D. Eisenhower en Estados Unidos, donde lo religioso, la diplomacia y el liderazgo político se entremezclan en un mismo ritual. El auditorio se puebla de aliados: trajes oscuros, credenciales visibles, manos que se estrechan entre quienes ya se reconocen. El poder tiene rostro masculino y habla en plural solemne: funcionarios del Estado, líderes religiosos, representantes institucionales que llegan, sobre todo, desde el norte. Estados Unidos vuelve a estar presente, no solo como aliado político, sino como referente moral.

El evento se nombra a sí mismo como plural con diversidad religiosa dentro del cristianismo, convivencia política entre republicanos y demócratas. Sin embargo, la pluralidad se agota en el discurso. Bajo la superficie, lo que se ordena no es la diferencia, sino la coincidencia. No se convoca al desacuerdo, sino al alineamiento. No se celebra la diversidad, sino la obediencia compartida a un mismo marco moral, simbólico y político. Por tanto, no se promueve un pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada y presentada como inclusiva.

¿Y las mujeres?

Las mujeres están —porque conviene que estén”—, pero no ocupan el centro. Su presencia es discreta, lateral, casi ornamental, sin nombres propios. La ausencia no es total; es más eficaz. Es una invisibilización que opera por normalidad, por repetición, por costumbre. No toman la palabra, no marcan el ritmo, no encarnan la autoridad. La única que aparece es una víctima sin identidad precisa: una “abuelita”, figura conveniente para el relato, evocada sin contexto, útil para exhibir lo barbárico de los enemigos y auto mostrar como héroes a las nuevas formas del "orden". A esta abuela se le menciona, pero se omite lo que incomoda: el aumento de los feminicidios, los señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos y los casos de mujeres desaparecidas.

Un caso rompería el silencio: el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años, ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le disparó justo frente al Palacio Nacional mientras ella caminaba por la zona. El hecho existe, pero no se menciona, porque desajusta la escena e interrumpiría la narrativa del milagro.

Lo que interesa es sostener una imagen completa y autosuficiente, una escena sin fisuras ni explicaciones, en la que el poder se muestra, se legitima y se bendice entre hombres, mientras la diversidad y la supuesta “inclusión” de las mujeres quedan reducidas a un simple decorado.

Ni hablar de la diversidad sexual, que en otro tiempo sirvió como gesto de modernidad y como oportunidad para fotografiarse con un Bukele del pasado, hoy cuidadosamente archivado en la memoria oficial.

Religión civil: pluralidad sin disenso

El Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede leerse, a la luz del concepto de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto estrictamente religioso, sino como un acontecimiento político cuidadosamente ritualizado. En este tipo de ceremonias, la religión deja de ser experiencia espiritual íntima o práctica comunitaria autónoma y se convierte en “lenguaje del poder”, es decir, en un repertorio simbólico destinado a “sacralizar la nación”, dotar de legitimidad moral al gobierno y revestirlo de una narrativa trascendente.

Como observó Bellah en el caso estadounidense —particularmente en rituales como el National Prayer Breakfast—, la religión civil no reemplaza a las iglesias tradicionales ni a sus líderes, sino que los convoca de manera selectiva. Toma de ellos lo que resulta funcional: “la obediencia como virtud”, “la unidad nacional como mandato”, “el excepcionalismo como destino” y “la autoridad como designio”. No se trata de fe, sino de cohesión; no de creencia, sino de orden.

El Primer Desayuno Nacional de Oración reproduce este modelo, pero lo hace en un contexto marcado por la concentración del poder y la reducción de los contrapesos institucionales. A ello se suman los despidos y la reducción de plazas en el sector público, así como el acelerado proceso de “gentrificación” del Centro Histórico de San Salvador, impulsado por intereses comerciales y simbólicos. También emergen amenazas vinculadas a la posible reactivación de la minería metálica y a los daños asociados al medio ambiente.

En ese escenario, la religión civil no solo acompaña al Estado: lo amplifica. La oración no interpela al poder; lo envuelve. La fe no incomoda; estabiliza. Y el ritual, lejos de abrir preguntas, ofrece certezas que clausuran el debate político bajo la forma de “consenso moral”.

Finalmente, la narrativa del “milagro” estructura de manera constante las intervenciones y describe el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de los más seguros. Al unísono, los intervinientes elevan a la nación —o al “pueblo”— a la categoría de lo sagrado; Dios aparece como “quien guía nuestro plan”, y el líder como ejecutor del designio. No hay jerarquías visibles entre ellos, sino una fusión cuidadosamente funcional al poder político.

En el Desayuno de Oración, Dios gobierna para un poder que se presenta como “moral” y “providencial”, pero que deja fuera los cuerpos, las voces y las desigualdades que el consenso bendecido no quiere ver. Lo que se santifica no es la vida, sino un poder que se absuelve a sí mismo en nombre de Dios.

sábado, 24 de enero de 2026

Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador 2026

Aplicación del esquema general para el análisis de un discurso

1. Emisor

El emisor central y simbólicamente dominante es el Presidente de la República, Nayib Bukele, quien habla desde una posición de máxima autoridad política. En el plano religioso, se identifica públicamente como cristiano; sin embargo, su trayectoria familiar revela una pluralidad confesional: su padre, Armando Bukele Kattán, fue reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, es imán y guía espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña.

La coexistencia de estas trayectorias religiosas dentro de una misma familia ha sido instrumentalizada discursivamente, ya sea para exagerar supuestos vínculos islámicos del presidente o para ocultar selectivamente el parentesco, según convenga a determinadas agendas políticas o mediáticas. El caso ilustra cómo la religión opera como marcador identitario, recurso de legitimación y herramienta de sospecha, más que como una práctica privada, en un contexto de alta polarización y concentración de poder.



2. Objetivo

El objetivo principal del discurso es legitimar el poder político mediante una narrativa religiosa, presentar la acción del Estado como moralmente correcta y reforzar una idea de unidad nacional basada en la fe. De manera secundaria, busca proyectar internacionalmente una imagen de orden, estabilidad y excepcionalismo salvadoreño, alineado con referentes estadounidenses.

3. Mensaje

El mensaje central sostiene que El Salvador vive un “milagro” de transformación, paz y restauración, atribuido a la acción conjunta de Dios, la nación y el liderazgo político. Las políticas públicas y el ejercicio del poder son presentados como resultado de una guía divina, más que como decisiones políticas sujetas a deliberación o conflicto.

4. Códigos

  • Código verbal: lenguaje religioso, bíblico y moralizante, combinado con un registro político institucional. Se combina el español de unos y el inglés de los congresistas de Estados Unidos
  • Código no verbal: posturas de oración, gestos solemnes, disposición jerárquica del cuerpo y del espacio.
  • Código escrito: lecturas explícitas de pasajes bíblicos, principalmente del Evangelio de Mateo.
  • Código visual: banderas nacionales y extranjeras, vestimenta formal, símbolos militares y escenografía estatal.

5. Medios (canal)

  • Cadena Nacional de Televisión y Radio: El Gobierno Salvadoreno anunció una transmisión en cadena nacional que incluyó señales de radio y televisión para difundir el evento a nivel nacional.

  • Canal Antigua Opinión: Transmitió en vivo el Desayuno desde la mañana del 19 de enero, con señal abierta y por redes sociales.

  • Canales locales de señal abierta: Aunque no hay lista oficial detallada para cada canal, medios públicos y privados con frecuencia retransmiten la señal de cadena nacional, incluyendo Canal 10 (televisión pública) y otros canales que suelen replicar actividades del Estado.

  • YouTube – transmisión oficial: Hubo transmisiones completas en canales de video en línea con el evento en vivo, incluyendo la señal del Palacio Nacional.

  • Redes sociales – Facebook/X: Las cuentas oficiales y de medios locales (como Canal Antigua, perfiles de PresidenciaSV y otros portales de noticias) transmitieron o compartieron la señal en vivo por Facebook Live y X (antes Twitter).Cuenta personal de Nayib Bukele – transmisión/reposteo con alto alcance (≈ 1.6 millones de seguidores).

    • En La Mira Digital SV – cobertura y transmisión en vivo (≈ 4.6 millones de alcance reportado).

    • Secretaría de la Presidencia – transmisión institucional (≈ 12 mil).

    • Milena Mayorga, embajadora de El Salvador en EE. UU. – reposteo del evento, ampliando alcance internacional.

    • Salvador Chacón, diputado – difusión en su cuenta personal (≈ 960).

    • Suecy Callejas, diputada – reposteo del evento.

    • Otras páginas oficialistas y cuentas afines – replicación fragmentada del contenido.

    🎵 TikTok

    • Cuentas múltiples – transmisiones en directo, clips cortos, interpretaciones y reacciones.

    • Contenido fragmentado, emocional y performativo, que reinterpreta el evento para audiencias jóvenes y no necesariamente politizadas.

  • Radio: Aunque no hay una lista oficial publicada detallada por emisora, la cadena nacional implicó transmisión por radio abierta, y varias estaciones incluyen el evento en su programación como parte de la cobertura institucional.

6. Receptor

El receptor presencial está conformado mayoritariamente por aliados, es decir, actores con poder político y religioso. Entre ellos destacan funcionarios del Estado, líderes religiosos y representantes institucionales nacionales e internacionales, especialmente provenientes de Estados Unidos. La composición del público es predominantemente masculina, tanto en términos de presencia como de visibilidad simbólica, lo que refuerza una estructura jerárquica y elitizada del acto. Aunque el evento se presenta discursivamente como un espacio de diversidad religiosa dentro del cristianismo y de pluralidad política —particularmente entre referentes republicanos y demócratas—, el objetivo político subyacente es la uniformidad. En este marco, no se busca la diversidad como reconocimiento de la diferencia, sino el alineamiento: los “aliados” se construyen a partir de la adhesión a un mismo marco moral, simbólico y político.

El receptor no presencial corresponde a una audiencia mediada, integrada por aliados, sectores neutrales y adversarios, que acceden al evento a través de transmisiones oficiales, redes sociales y medios digitales. Este grupo incluye tanto a la población salvadoreña en general como a audiencias internacionales más amplias, que reciben el mensaje de forma diferida y filtrada por actores replicadores e intermediarios comunicativos.

7. Factores de resonancia y/o barreras

  • Intermediación social: líderes religiosos, congresistas extranjeros, funcionarios públicos y figuras mediáticas actúan como validadores y traductores del mensaje.
  • Selectividad: el mensaje resuena especialmente en audiencias con afinidad religiosa o simpatía hacia el proyecto político, mientras puede ser filtrado o rechazado por sectores críticos o laicos.
  • Capacidad limitada: barreras lingüísticas (uso del inglés sin traducción), culturales y simbólicas que condicionan la comprensión plena del mensaje por parte de todos los públicos. Pareciera mas cercano a la idolatria a una persona que a una alabanza a Dios.

8. Contexto

Politico: El discurso se inscribe en un contexto de alta concentración del poder político en el Ejecutivo, acompañado de un predominio del discurso de seguridad como eje central de legitimación gubernamental y de un debilitamiento de los contrapesos institucionales. Este escenario coincide con un creciente uso de narrativas religiosas en el espacio público, integradas al discurso oficial como fuente de validación moral del ejercicio del poder.

El evento tiene lugar durante el segundo mandato del presidente Nayib Bukele, en un momento de alineamiento simbólico y político con Estados Unidos, particularmente con sectores del Partido Republicano y con la figura de Donald Trump como aliado estratégico del gobierno salvadoreño.

Social de seguridad: la reducción sostenida de los homicidios, presentada oficialmente como evidencia de éxito gubernamental, coexiste con silencios institucionales frente a hechos de violencia ocurridos invisibilizados, por ejemplo, el aumento de feminicidios y señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos. Un caso destacado fue el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años, ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le disparó frente al Palacio Nacional mientras ella caminaba por la zona. Aunque las autoridades calificaron el hecho como un accidente y la Policía Nacional Civil no lo incluyó de inmediato en las estadísticas oficiales de homicidios, la Fiscalía General de la República presentó una acusación por homicidio culposo contra el militar el 24 de noviembre de 2025.

Este hecho, ocurrido en un espacio simbólicamente asociado al poder estatal, no fue incorporado de forma explícita en la narrativa oficial de seguridad, a pesar de su proximidad geográfica al centro del Estado.

Económico: Se han registrado despidos y reducción de plazas en el sector salud, lo que ha generado preocupación por el debilitamiento del sistema público y por el impacto en el acceso a servicios básicos; por otro, el Centro Histórico de San Salvador atraviesa un proceso acelerado de gentrificación, impulsado por intervenciones estatales orientadas a la seguridad, el turismo y la inversión privada, que ha provocado el desplazamiento de poblaciones históricas y la transformación del espacio urbano en función de intereses comerciales y simbólicos. A ello se suman amenazas vinculadas a la posible reactivación de la minería metálica y otros proyectos extractivos, que han reabierto el debate sobre el impacto ambiental, la sostenibilidad de los recursos hídricos y la protección del medio ambiente.

Cultural: Se registra un uso creciente de referencias religiosas en el discurso público, particularmente de matriz cristiana, integradas a la comunicación política como fuente de legitimación moral. Aunque se presenta como un discurso plural y ecuménico, predomina una religiosidad masculina, jerárquica y conservadora, con escasa visibilidad de mujeres y de expresiones religiosas no cristianas. La religión opera como lenguaje cultural compartido que facilita adhesión y cohesión simbólica.

Teológico: Desde una perspectiva bíblica, el uso público, político y performativo de la religión entra en tensión directa con enseñanzas fundamentales del cristianismo. En el Evangelio de Mateo, Jesús advierte explícitamente: “Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mt 6,6). Este pasaje subraya que la fe auténtica no busca visibilidad ni reconocimiento social, sino una relación íntima y no instrumental con Dios. Teológicamente, ello implica una crítica frontal a la exhibición pública de la piedad como recurso de legitimación moral o política.

Del mismo modo, la enseñanza “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21) establece una distinción normativa entre el orden político y el orden religioso. Jesús no sacraliza el poder ni lo presenta como emanación directa de lo divino, sino que reconoce la autonomía —y los límites— de la autoridad política. En términos teológicos, este pasaje ha sido interpretado como una base temprana del principio de no identificación entre poder estatal y voluntad divina, lo que entra en contradicción con discursos que presentan cargos públicos, victorias electorales o liderazgos políticos como “premios de Dios”.

Cuando actores políticos agradecen públicamente a Dios, se produce lo que la teología crítica denomina una sacralización indebida del poder o Idoloatria. Dios deja de ser referencia ética que interpela al poder y se convierte en garante simbólico del poder, invirtiendo el sentido del mensaje bíblico. En lugar de que la fe cuestione la injusticia, la corrupción o el abuso de autoridad, es utilizada para neutralizar la crítica y desplazar la rendición de cuentas. 

Desde la misma teología, los políticos, como cualquier ciudadano, tienen derecho a orar y a practicar su fe en el ámbito privado. Sin embargo, en el espacio público rige un principio distinto: “al César lo que es del César”

9. Escenario: El acto se desarrolla en el Palacio Nacional, ubicado en el Centro Histórico de San Salvador, un espacio estatal de alto valor simbólico asociado a la autoridad, la institucionalidad y la memoria histórica del poder. El Palacio Nacional no es un edificio administrativo cualquiera: históricamente representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo contemporáneo y a un cargo transitorio— el Palacio remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente incuestionable.

Elegir este espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional, como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa política ordinaria.

 La escenografía incorpora de manera explícita símbolos nacionales, presencia militar y referentes religiosos, configurando un entorno que combina Estado, orden y fe. Este escenario refuerza la solemnidad del evento y produce una representación visual y simbólica de unidad entre fe, nación y aparato estatal, situando el discurso en una coyuntura presentada como fundacional, excepcional y moralmente legitimada.

10. Estructura del evento:

Momento 1. Apertura teológica y encuadre religioso

Interviniente: Willy Gómez, presidente de la Junta de Pro-Prosperity Foundation

El evento se inicia con una intervención destinada a establecer el marco teológico general. La postura corporal en posición de oración y el tono solemne configuran desde el inicio un ambiente litúrgico. El discurso se presenta como ecuménico en la forma, pero es claramente cristocéntrico en el contenido, al colocar la fe, la oración y a Jesucristo como principios unificadores del acto.

Este momento fija las bases simbólicas de la religión civil que atravesará todo el evento: no se promueve un pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada, presentada como inclusiva.

Momento 2. Internacionalización, fundacionalización y validación histórica

Intervinientes:

  • John Moolenaar (Republicano, Michigan)
  • Tom Suozzi (Demócrata, Nueva York)

En un segundo momento se integran simultáneamente la dimensión internacional, la fundacionalización del evento y la validación histórica del ritual. Ambos congresistas intervienen en inglés, sin traducción, estableciendo una jerarquía simbólica del idioma y del poder. Subrayan sus diferencias partidarias —uno republicano y otro demócrata—, pero destacan que están unidos por “el Espíritu de Jesús”, reforzando la fe como puente suprapartidario.

En estas intervenciones se presenta el evento como el primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador, se citan pasajes del Evangelio de Mateo y se introduce reiteradamente la noción del “milagro que ocurre en El Salvador”. Las referencias a las cenas de oración semanales en el Congreso estadounidense, a Dwight D. Eisenhower y a la Segunda Guerra Mundial inscriben explícitamente el Desayuno salvadoreño en la tradición estadounidense de religión civil, no como copia mecánica, sino como trasplante simbólico legitimador.

Dentro del mismo bloque discursivo se introduce la mención de Óscar Arnulfo Romero, resignificada dentro del discurso oficial. Su dimensión profética y crítica es neutralizada, y se le integra como símbolo nacional de reconciliación y paz. En este momento, Romero es absorbido por la religión civil como referente legitimador, no como figura incómoda o interpeladora del poder.

Momento 3. Sacralización del Poder Judicial

Interviniente: Henry Alexander Mejía, Presidente de la Corte Suprema de Justicia

La estructura continúa con la intervención del presidente de la Corte Suprema, quien lee Mateo 5:23–24 y emplea un lenguaje que emula la liturgia católica. Aunque se declara ecuménico, su discurso posiciona al Poder Judicial como autoridad moral y religiosa, ampliando simbólicamente su rol más allá de lo jurídico.

Momento 4 Normalización del Estado confesional

Intervinientes:

  • Ben Cline (Alabama)
  • Robert Aderholt (Virginia)

En este momento se refuerza explícitamente el carácter confesional del evento. Ambos congresistas agradecen primero al presidente Nayib Bukele y luego a Jesucristo, e introducen llamados directos a que las carteras del Estado “adoren a Jesús”. La cita bíblica “donde dos o más estén reunidos” contribuye a normalizar la idea de un Estado que ora y adora colectivamente, diluyendo el principio de laicidad.

Momento 5. Teologización del liderazgo político interno

Interviniente: Ernesto Castro, Presidente de la Asamblea Legislativa

El presidente de la Asamblea adopta un tono pastoral y lee Mateo 5:7–9. El orden de sus agradecimientos prioriza al presidente Bukele, presentado como protegido por Dios, seguido de congresistas estadounidenses y funcionarios del Estado. Introduce las nociones del “milagro de la paz” y el “milagro de la restauración”, profundizando la teologización del discurso político y presentando las políticas públicas como actos de intervención divina.

Momento 6. Articulación histórica y genealogía del liderazgo

Interviniente: Manuel Espina, Prosperity Foundation

Esta intervención cumple una función de articulación simbólica. El Desayuno es presentado como un movimiento de amistad en el Espíritu de Jesús, y se establece una equivalencia simbólica entre Dwight D. Eisenhower y Nayib Bukele. De este modo, se construye una genealogía sagrada del liderazgo, en la que Bukele aparece como heredero de una misión histórica legitimada por Dios.

Momento 7. Cierre litúrgico

Intervinientes: conjunto de participantes

El evento entra en su fase de cierre con el canto del Padre Nuestro, consolidando plenamente el carácter litúrgico del acto y sellando la fusión simbólica entre fe, nación y Estado.

Momento 8. Participación política estadounidense y alivio simbólico

Intervinientes:

  • Mike Lee, senador republicano por Utah y miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
  • Lou Correa, congresista demócrata por el 46.º distrito de California.

Estos dos políticos estadounidenses, quienes intervienen en español y construyen una escena de cercanía con el público. El contenido se organiza alrededor de tres recursos: (1) el reconocimiento explícito de sus diferencias partidarias (Republicano vs. Demócrata), (2) el uso de humor y bromas como mecanismo de distensión, y (3) la afirmación de que, pese a las diferencias políticas, la fe cristiana los unifica.

Momento 9. Clímax: discurso presidencial

Interviniente: Nayib Bukele, Presidente de la República

El discurso del presidente Nayib Bukele constituye el clímax del ritual de religión civil. Su vestimenta sin corbata, en contraste con el resto de participantes, refuerza la imagen de un líder distinto y cercano. A través de un relato de conversión personal, se presenta como alguien que pidió pruebas a Dios y fue elegido como instrumento divino.

La narrativa del milagro estructura su intervención, describiendo el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de los más seguros. De manera implícita, se consolida una tríada central de la religión civil: la nación es sacralizada, Dios legitima y el líder ejecuta.

11. Reflexión analítica

El Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede comprenderse, a la luz del concepto de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto meramente religioso, sino como un evento político. En este tipo de rituales, la religión no opera como experiencia espiritual individual o comunitaria autónoma, sino como un recurso simbólico para sacralizar la nación, dotar de legitimidad moral al poder político y construir una narrativa trascendente del proyecto estatal.

Tal como Bellah observó en el caso estadounidense —especialmente en rituales como el National Prayer Breakfast—, la religión civil no sustituye a las religiones institucionales, sino que las utiliza selectivamente para reforzar valores como la obediencia, la unidad nacional, el excepcionalismo y la autoridad. El evento analizado reproduce este modelo, pero lo reconfigura en un contexto marcado por una mayor concentración de poder, lo que intensifica sus efectos políticos.

La escenografía del acto refuerza esta lectura. El uso del Palacio Nacional, la presencia simultánea de los tres poderes del Estado y la visibilidad de símbolos militares y religiosos configuran una puesta en escena donde Estado, fe y poder aparecen fusionados. El mensaje implícito es claro: el Estado ora como un todo, y no existe una separación efectiva entre lo religioso, lo nacional y lo político (el líder). Esta fusión adquiere especial relevancia en sociedades que, tras la caída de las monarquías absolutas y el desarrollo del constitucionalismo moderno, establecieron la separación entre poder político y autoridad religiosa precisamente para evitar la sacralización del gobierno y la deslegitimación de la crítica.

El público y los actores centrales del evento refuerzan esta lógica. Se trata de un espacio dominado por hombres con poder político, económico y religioso, con una presencia marginal de mujeres y sin pluralismo religioso efectivo. Aunque el discurso se presenta como ecuménico y plural, en la práctica responde a una estrategia cristiana específica, impulsada por élites masculinas nacionales y legitimada simbólicamente por actores estadounidenses. La pluralidad funciona más como recurso retórico que como principio real de inclusión.

Por tanto, el evento opera también como un espacio de lobby político y económico, donde actores estatales, empresariales y religiosos convergen bajo una narrativa espiritual que suaviza y legitima decisiones políticas concretas. La referencia reiterada al “milagro” que vive El Salvador transforma políticas públicas y estrategias de seguridad en actos de intervención divina. Aquí surge una tensión central: cuando la acción política se presenta como milagro religioso, se desplaza del terreno del debate democrático hacia el de la fe, donde la crítica puede interpretarse como falta de creencia o incluso como oposición moral.

Desde una perspectiva analítica, el problema no radica en el acto de orar en sí mismo, sino en que la oración se convierta en discurso político legitimador de una estrategia de poder. En ese punto, la religión deja de ser una experiencia espiritual y se transforma en herramienta publicitaria y de legitimación, con efectos concretos sobre la deliberación pública. La pregunta sobre si esto constituye una forma de “herejía” pertenece al campo teológico; sin embargo, desde las ciencias sociales, lo relevante es observar cómo la fe es utilizada para justificar el poder, independientemente de la riqueza, la autoridad o la supuesta elección divina de los líderes.

A razón de esto, el Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede interpretarse como una expresión de religión civil plenamente institucionalizada, que replica el modelo estadounidense pero lo radicaliza al personalizarlo en un liderazgo específico. Este proceso conlleva riesgos claros: debilitamiento del principio de laicidad, sacralización del poder político, deslegitimación de la crítica democrática y exclusión efectiva de pluralismos religiosos y políticos. La experiencia histórica posterior a la monarquía mostró que la separación entre religión y Estado no fue un capricho ideológico, sino una respuesta a los peligros de convertir el poder político en autoridad sagrada. El evento analizado reactualiza esa tensión en el contexto salvadoreño contemporáneo.

Conclusion:

En el Primer Desayuno Nacional de Oración en El Salvador se combinan de manera explícita cinco elementos que ya han sido identificados y analizados en otros momentos del discurso político reciente. En primer lugar, se articulan referencias constantes a Dios y a la patria, presentadas como valores supremos, en un contexto marcado por acciones represivas del Estado, lo que produce una sacralización del orden y de la autoridad. En segundo lugar, coloca la fe en Jesucristo como principio central y unificador, el discurso establece una jerarquía simbólica en la que quienes comparten esa creencia aparecen asociados a valores positivos, mientras que los opositores políticos, otras religiones y las personas no creyentes quedan tácitamente situados fuera de ese marco moral. De este modo, el desacuerdo político deja de entenderse como parte del pluralismo democrático y pasa a interpretarse, de manera implícita, como una carencia moral o espiritual, desplazando el conflicto del plano democrático al religioso. No se insulta directamente, pero se excluye a los otros que no se adhieren.

En tercer lugar, se promueve la oración colectiva y los rituales religiosos públicos —como jornadas de oración o rezos con carácter nacional— para legitimar decisiones y acciones políticas arbitrarias, desplazándolas del debate racional y deliberativo. En cuarto lugar, el liderazgo político se presenta a sí mismo como instrumento de Dios, mediante expresiones que sugieren que “Dios guía el plan”, lo cual opera como justificación trascendente de los actos de gobierno. Finalmente, se configura un mesianismo implícito, en el que la religión sirve para cohesionar y legitimar a un “movimiento” de seguidores en torno al liderazgo presidencial, integrando a las nuevas élites políticas, a los poderes del Estado y a líderes religiosos y políticos de Estados Unidos. En esta síntesis simbólica convergen el presidente, Dios y la patria, consolidando una forma de religión civil que fusiona fe, nación y poder político en una misma narrativa legitimadora.