domingo, 9 de marzo de 2025

El conocimiento

El conocimiento en términos generales se puede definir como la comprensión o saber que un sujeto adquiere sobre un objeto, hecho o experiencia. El resultado de este proceso son las ideas, creencias o información que el individuo almacena en su memoria y que pueden ser compartidas socialmente. En esencia, el conocimiento abarca desde nociones elementales hasta teorías complejas, y puede obtenerse por experiencia, educación, investigación o reflexión. Por ejemplo, aprender que el fuego quema al tocar una llama es un conocimiento adquirido por experiencia directa, mientras que entender las leyes de la termodinámica es un conocimiento logrado por estudio científico. El conocimiento no es uniforme; existen diferentes tipos de conocimiento según su origen, método y grado de rigor. 

1, Conocimiento cotidiano o vulgar

Por ejemplo, la moraleja de la fábula “La liebre y la tortuga” forma parte del conocimiento popular o vulgar​. Estas narraciones transmiten enseñanzas basadas en la experiencia común sin un sustento científico. El conocimiento cotidiano, también llamado conocimiento vulgar o popular, es el saber que adquirimos de la vida diaria, de la tradición y de la experiencia común. Se genera de forma espontánea y sin método formal, a partir del contacto directo con la realidad y de lo que nos transmiten otras personas​. Este tipo de conocimiento es accesible a todas las personas por igual, ya que no requiere instrucción especializada; se basa en observaciones superficiales, opiniones, creencias o sentido común compartido en una comunidad​.

Otro ejemplo, son los refranes populares (como “al que madruga, Dios lo ayuda”) condensan conocimiento vulgar al ofrecer consejos surgidos de la experiencia colectiva. Del mismo modo, muchas creencias cotidianas (como pensar que beber té de manzanilla ayuda a dormir) son conocimientos vulgares: se aceptan porque “siempre han funcionado”, aunque no hayan sido probados científicamente.Las características del conocimiento cotidiano incluyen ser subjetivo y acrítrico. Al no emplear métodos rigurosos ni comprobación formal, es un saber frecuentemente no verificado ni sistemático​.

Esto significa que puede contener errores o supersticiones (por ejemplo, creer en la mala suerte por ver un gato negro es parte del conocimiento vulgar). Aun así, su utilidad práctica es que guía nuestras acciones en situaciones inmediatas: nos permite desenvolvernos en la vida diaria, resolver problemas sencillos y transmitir costumbres o precauciones básicas. Por ejemplo, una madre que le dice a su hijo “abrígate para no resfriarte” le está transmitiendo un conocimiento cotidiano; puede no ser una verdad médica absoluta, pero sirve como orientación preventiva en la vida común.

Este conocimiento vulgar es un saber práctico y funcional para la cotidianidad, aunque carece de fundamentación teórica. No busca explicar las causas profundas de los hechos, sino simplemente ayudar a manejarlos. No es fiable científicamente, pero es indispensable para la vida diaria porque proporciona una primera interpretación del mundo y una guía básica de comportamiento​ Muchas veces, las preguntas complejas comienzan con una curiosidad nacida del conocimiento vulgar, que luego la ciencia u otras disciplinas investigarán con mayor rigor.

2. Conocimiento técnico

El conocimiento técnico se demuestra en habilidades prácticas, como las de un mecánico reparando un automóvil. Implica saber cómo hacer tareas específicas usando herramientas y procedimientos eficaces. El conocimiento técnico es el saber orientado a la práctica especializada y a la resolución de problemas concretos. Se refiere a la comprensión y dominio de habilidades y competencias específicas en un área determinada​.

A diferencia del conocimiento vulgar (que es desordenado y general), el conocimiento técnico sí aplica cierto método, aunque sea empírico, para lograr un objetivo. Surge de la experiencia acumulada, de la formación profesional y del desarrollo de técnicas probadas a lo largo del tiempo.Una manera de entender el conocimiento técnico es considerarlo como el saber “cómo hacer algo”. Por ejemplo, el conjunto de conocimientos que posee un carpintero para construir un mueble, o los que aplica un técnico en informática para configurar una computadora, son conocimientos técnicos. Estas habilidades suelen adquirirse mediante formación académica o vocational, entrenamiento práctico y repetición. Con frecuencia, el conocimiento técnico está codificado en procedimientos, manuales o recetas que indican los pasos a seguir para obtener un resultado eficaz.Entre las características del conocimiento técnico está su enfoque práctico y utilitario. Se origina cuando, tras múltiples pruebas y errores en una tarea, se consolidan procedimientos que funcionan de manera confiable. 

Por ejemplo, después de muchos intentos, un herrero medieval descubría la técnica adecuada para templar el acero; ese saber artesanal es conocimiento técnico transmitido de maestro a aprendiz. Este tipo de conocimiento transforma la naturaleza para adaptarla a las necesidades humanas, en lugar de que el humano se adapte pasivamente al entorno​

La técnica, en sentido amplio, consiste en usar herramientas y métodos para modificar el medio (por ejemplo, emplear irrigación para que un desierto produzca cultivos). El conocimiento técnico sí posee cierta sistematicidad, aunque menor que la ciencia. Suele apoyarse en principios científicos básicos, pero sobre todo en la experiencia que demuestra “qué funciona”. Un electricista, por ejemplo, conoce las reglas prácticas para instalar un circuito sin provocar cortocircuitos; esas reglas derivan de leyes científicas (electricidad) pero él las aplica de forma concreta y rutinaria. No requiere una verdad universal, sino eficacia en contextos similares​.

De hecho, una rama moderna del conocimiento técnico es el conocimiento tecnológico, que incorpora nuevos procedimientos validados (muchas veces gracias a la ciencia) para lograr efectos prácticos. En resumen, el conocimiento técnico es especializado, práctico y orientado a un fin. Su método es sobre todo empírico-experimental dentro de un campo delimitado (por ejemplo, la ingeniería civil, la medicina clínica, la mecánica automotriz). Su alcance se limita al contexto donde esas técnicas son útiles, pero su utilidad es enorme: gracias al conocimiento técnico podemos construir viviendas, fabricar máquinas, curar enfermedades con procedimientos médicos, programar software, etc. Es el tipo de conocimiento que impulsa el progreso material, pues convierte saberes en soluciones concretas para las necesidades humanas.

3. Conocimiento científico (fáctico y experimental)

El conocimiento científico tiene finalidad principal descubrir la verdad objetiva o las leyes que rigen los hechos, respondiendo tanto a la pregunta de “¿Cómo sucede?” como a “¿Por qué sucede?” un fenómeno​.

A diferencia de los saberes cotidianos o técnicos, el conocimiento científico exige comprobación y validez universal (dentro de un margen de error). Esto significa que no basta con que algo “parezca funcionar”; debe demostrarse mediante evidencias replicables y razonamientos coherentes.

Además de la evidencia empírica, el conocimiento científico debe ser consistente. Las teorías científicas son conjuntos de proposiciones interrelacionadas; no pueden contener contradicciones internas flagrantes. Cuando se genera nuevo conocimiento, se verifica también su coherencia con principios establecidos o, si los desafía, se debe argumentar sólidamente por qué es hora de actualizar esos principios. La validez de los argumentos (por ejemplo, en una deducción matemática, o en inferir una causa a partir de un experimento) es examinada rigurosamente. Un conocimiento científico ideal es tanto empíricamente sustentable como teóricamente coherente. Por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein fue aceptada no solo por explicar ciertos resultados anómalos (precesión del perihelio de Mercurio, desviación de la luz de las estrellas por el Sol, etc.) sino porque presentaba un marco matemático y conceptual coherente que englobaba a la vez la gravitación y la inercia. La sistematicidad mencionada implica que el conocimiento científico se organiza en marcos teóricos bien estructurados (leyes, teorías, modelos) que buscan explicaciones unificadas para multitud de hechos.

La ciencia produce conocimientos confiables, acumulativos y útiles. Cuando se siguen tales estándares, el resultado es un cuerpo de conocimiento en constante evolución pero fundamentado sólidamente, que ha demostrado ser la herramienta más poderosa para entender la naturaleza y a nosotros mismos con un alto grado de confianza. Aunque no son infalibles.

No cualquier creencia o información califica como conocimiento científico. Para que un saber sea considerado científico, debe cumplir con ciertos requisitos metodológicos y de validación que aseguren su rigor y fiabilidad. Entre los principales requisitos para generar conocimiento científico se encuentran:

a)    A) Delimitación de un campo de estudio: El conocimiento científico se produce dentro de un campo concreto de investigación, ya sea una disciplina (física, historia, psicología) o un problema específico. Esto implica definir claramente qué se va a estudiar. Los científicos suelen enfocarse en cuestiones bien delimitadas, formulando preguntas precisas o hipótesis acotadas. Por ejemplo, en lugar de “estudiar en general” la nutrición, un científico define su campo: p. ej. “efecto del déficit de vitamina D en la densidad ósea de adultos mayores”. Este enfoque delimitado permite profundizar de manera ordenada. Además, la producción de conocimiento científico típicamente ocurre en entornos institucionales dedicados a la investigación (universidades, laboratorios, centros de estudio), donde existen comunidades de especialistas en cada campo​ desde las ciencias experimentales (sociales y naturales) y las ciencias aplicadas (como el lenguaje y las matemáticas). Un campo bien delimitado ayuda a revisar antecedentes, usar terminología clara y comparar resultados con los de otros investigadores en el mismo ámbito.

b)  B)Método: El requisito fundamental es seguir un método sistemático para obtener y analizar datos​. El método científico clásico contempla pasos como: observación de un fenómeno, planteamiento de una pregunta o problema, proposición de hipótesis explicativas, experimentación o recolección de datos empíricos pertinentes, análisis de esos datos (muchas veces con herramientas matemático-estadísticas) y obtención de conclusiones. Todo ello debe hacerse de forma ordenada y documentada, de modo que otros puedan entender el proceso. La sistematicidad implica que el conocimiento nuevo se integra en un sistema teórico más amplio: cada hallazgo o teoría debe relacionarse lógicamente con conocimientos previos (ya sea confirmándolos, refinándolos o refutándolos). Por ejemplo, si un experimento arroja un resultado inesperado, el científico revisa el sistema teórico: ¿encaja en lo conocido o sugiere modificar algún principio? Además, el método exige objetividad, lo cual se logra con técnicas como grupos de control en experimentos, doble ciego en ensayos clínicos, instrumentos de medición calibrados, etc., para reducir sesgos. Un estudio científico debe proporcionar suficiente detalle metodológico para que cualquiera con las habilidades adecuadas pueda replicarlo en las mismas condiciones​.

c)     C) Comprobación, evidencia y validación por pares: Un conocimiento es científico solo si puede ser comprobado o contrastado de alguna manera con la realidad empírica​ (en las ciencias formales, la “realidad” son los axiomas y reglas del sistema lógico). Esto significa que las hipótesis deben generar predicciones o afirmaciones contrastables. Si la evidencia apoya la hipótesis, esta gana credibilidad; si la refuta, la hipótesis debe descartarse o revisarse. Importante es el proceso de validación por la comunidad científica (revisión por pares): cuando un investigador cree haber generado nuevo conocimiento (por ejemplo, un descubrimiento o una nueva teoría), publica sus métodos, datos y conclusiones en revistas especializadas. Otros expertos independientes revisan la calidad del trabajo antes de aceptarlo para publicación (asegurando que el método fue adecuado, que los datos respaldan las conclusiones y que no hay errores lógicos). Una vez publicado, la comunidad científica en general puede repetir los experimentos o observaciones para verificar resultados. Solo después de múltiples confirmaciones un hallazgo se consolida como conocimiento científico establecido. Este escrutinio público y colectivo es esencial: evita que los sesgos individuales o fraudes se perpetúen, y asegura que el conocimiento científico sea auto-correctivo. En palabras simples, la ciencia se autovalida y autocorrige con la participación de muchos científicos alrededor del mundo. Por ejemplo, los anuncios de posibles descubrimientos (una nueva partícula subatómica, un fósil de una especie desconocida, etc.) son tomados con cautela hasta que varios grupos los hayan confirmado de forma independiente.

4. Conocimiento filosófico

El conocimiento filosófico surge de la reflexión racional sobre cuestiones fundamentales, más allá de lo empírico. El conocimiento filosófico es aquel que se obtiene mediante la reflexión racional sobre las preguntas más fundamentales de la existencia, el conocimiento, la moral, la verdad y la realidad en su conjunto. A diferencia del científico, que se apoya en la experimentación empírica, el conocimiento filosófico se construye mediante argumentación lógica, conceptual y crítica, sin necesidad de comprobación experimental directa​. Es, en esencia, el saber que proviene de filosofar, es decir, de cuestionar y buscar explicaciones últimas acerca de nosotros mismos y del universo. Una característica central del conocimiento filosófico es que intenta responder al “¿Por qué?” en un nivel más profundo que la ciencia​

Por ejemplo, mientras un biólogo puede explicar cómo funciona el sistema nervioso humano (conocimiento científico), un filósofo se preguntará por qué tenemos mente o conciencia, qué significa realmente “ser” o “conocer algo”. La filosofía aborda problemas como la existencia de Dios, la naturaleza de la realidad (¿es todo materia? ¿existen las ideas independientemente de las cosas físicas?), los fundamentos de la moral (¿qué es el bien y el mal?), la belleza, la justicia, etc. Estos temas trascienden lo medible y por ello la filosofía no puede verificarlos en un laboratorio; en cambio, los analiza mediante la razón, el debate y la especulación informada por la historia del pensamiento. El conocimiento filosófico no es verificable empíricamente, lo cual no significa que carezca de rigor. Su rigor proviene de la coherencia lógica y la profundidad de sus argumentos. Por ejemplo, el filósofo griego Platón propuso la existencia de dos niveles de realidad: el mundo sensible (lo que percibimos con los sentidos) y el mundo de las ideas (realidad inmaterial y perfecta a la cual solo accedemos con la mente). Este es un conocimiento filosófico: no podemos “ver” directamente las Ideas platónicas, pero podemos entenderlas y discutir su plausibilidad. 

Otro ejemplo, es el de Descartes en el siglo XVII, que llegó a la conclusión “Pienso, luego existo” como verdad filosófica fundamental, usando la duda metódica y la razón pura, no un experimento científico.Las características del conocimiento filosófico incluyen ser racional, crítico y totalizante. Es racional porque emplea la razón y la lógica como herramientas principales (aunque a veces pueda inspirarse en la experiencia, su validación es racional, no experimental)​

Es crítico porque cuestiona incluso aquello que damos por sentado; el filósofo somete a examen las ideas, busca contradicciones y claridad conceptual. La filosofía aspira a una visión amplia que conecte diversos aspectos de la realidad y de la experiencia humana, en lugar de focalizar en un detalle particular. Por ejemplo, la ética filosófica intenta formular principios universales sobre cómo debemos vivir, principios que conectan con nociones de bien, libertad, finalidad de la vida, etc., integrando aspectos humanos, sociales y metafísicos. En cuanto a su alcance, el conocimiento filosófico abarca cuestiones que a veces la ciencia deja de lado por metodológicas.

La ciencia puede decirnos qué podemos hacer (por ejemplo, la genética nos da herramientas para modificar organismos), pero la filosofía nos pregunta si debemos hacerlo (consideraciones morales). La ciencia describe el universo, la filosofía indaga por el sentido de ese universo y de nuestra vida en él. Su utilidad reside en clarificar conceptos, fundamentar valores y orientar la visión del mundo. Aunque no produzca tecnologías, el conocimiento filosófico influye en nuestras creencias profundas: por ejemplo, las nociones de derechos humanos universales tienen raíces filosóficas (en ideas de dignidad, libertad y moral racional) que luego inspiran cambios sociales y leyes. Así, la filosofía, a través de su conocimiento, nutre la comprensión global y el discernimiento ético, lo cual es crucial para el desarrollo humano integral.

5. Conocimiento teleológico

El conocimiento teleológico es el saber que se centra en los fines o propósitos de los fenómenos. La palabra teleológico proviene del griego télos (“fin” o “objetivo final”) y logos (“razonamiento” o “discurso”)​ . En términos sencillos, es un tipo de conocimiento o explicación que responde a la pregunta “¿Para qué?” ocurren las cosas o “¿con qué propósito existe tal o cual objeto?”​ . A diferencia de la ciencia, que suele explicar los fenómenos por sus causas eficientes inmediatas (el cómo y el porqué causales), el enfoque teleológico busca entender la razón de ser última o la meta hacia la cual algo se dirige.El conocimiento teleológico ha sido cultivado sobre todo en la filosofía clásica y en ciertas corrientes espirituales o religiosas. Por ejemplo, el filósofo Aristóteles introdujo la idea de causa final: para explicar completamente algo, no solo hay que decir de qué está hecho (causa material), quién o qué lo produjo (causa eficiente) y qué forma tiene (causa formal), sino también para qué existe (causa final)​.

Así, según Aristóteles, podemos decir que el ojo tiene como causa final ver: la vista es el propósito del ojo, su función natural. Este tipo de conocimiento enfatiza la función o el objetivo intrínseco de las cosas. Un ejemplo cotidiano de explicación teleológica sería decir: “La lluvia cae para que las plantas crezcan”. En realidad, desde la ciencia sabemos que la lluvia cae por procesos físico-químicos (evaporación, condensación, gravedad, etc.). Pero la frase dada le atribuye a la lluvia un propósito (beneficiar a las plantas), como si la naturaleza “persiguiera” ese fin. Esa es una perspectiva teleológica, común en el pensamiento pre-científico y en ciertas visiones tradicionales donde se cree que “todo pasa por una razón”. Otro ejemplo: en biología evolutiva se solía hablar en términos teleológicos (por ej., “las jirafas tienen cuello largo para alcanzar las hojas altas”).

Hoy se prefiere explicar en términos de selección natural (causas no intencionadas), pero pedagógicamente a veces se recurre a la teleología como atajo para explicar función. El conocimiento teleológico formalmente se pregunta por la finalidad y a veces concluye que existe un diseño o intención detrás de los fenómenos. Este tipo de conocimiento es común en el pensamiento religioso o metafísico. Por ejemplo, el conocimiento teológico (no confundir, aunque relacionado por el tema de fines últimos) afirma que el universo y la vida tienen un propósito dado por Dios; así, interpreta todos los eventos como parte de un plan (visión teleológica trascendente). Sin embargo, el conocimiento teleológico no necesariamente implica religión: un filósofo humanista podría buscar el propósito de la vida humana en términos de realización personal o felicidad, es decir, proponiendo fines últimos seculares. En cualquier caso, el conocimiento teleológico va más allá de lo empírico inmediato y especula sobre el sentido último. 

Las características del conocimiento teleológico incluyen ser especulativo y finalista. Es especulativo porque a menudo no puede probarse con datos si una finalidad es “verdadera” o no; se basa en inferencias, analogías o creencias respecto a un orden u objetivo global. Y es finalista porque interpreta la realidad enfocándose en los resultados o metas. Históricamente, ha sido fuente de mucha reflexión: por ejemplo, en la Edad Media los eruditos interpretaban los fenómenos naturales diciendo que ocurrían “para manifestar la voluntad divina”, integrando así teleología en su conocimiento del mundo​

En términos de utilidad, el conocimiento teleológico aporta una comprensión orientada al significado. Aunque la ciencia moderna no recurre a causas finales para explicar (se concentra en causas eficientes), las personas naturalmente buscan propósitos: “¿Cuál es el propósito de mi existencia?”, “¿Para qué sirve el arte?”, “¿Tiene la historia humana una meta?”. El pensamiento teleológico intenta responder estas inquietudes, dando un marco de sentido. Por ejemplo, en ética puede ser útil: ciertas corrientes éticas (como el utilitarismo) evalúan las acciones por sus fines (el mayor bien para el mayor número). En filosofía de la naturaleza, la idea de teleología ha resurgido en debates sobre si el universo tiene ajuste fino con miras a la aparición de la vida. En resumen, el conocimiento teleológico llena el espacio de preguntarnos por el para qué último, ofreciendo respuestas que, si bien no son comprobables en un laboratorio, satisfacen en parte la búsqueda humana de significado y propósito.



Comparación entre los tipos de conocimiento

Aunque todos los tipos de conocimiento anteriores representan formas de saber humano, difieren en sus métodos de obtención, en su alcance y en su utilidad. La siguiente es una comparación clara:

Método de obtención: El conocimiento vulgar se adquiere de forma espontánea, sin un método estructurado ni validación rigurosa​. Se basa en la experiencia común, los sentidos y la tradición, pero carece de pruebas sistemáticas. El conocimiento técnico se obtiene mediante la práctica repetida y la enseñanza de habilidades; su método es principalmente empírico (prueba y error) dentro de un campo específico, muchas veces formalizado en manuales o protocolos, pero no alcanza la sistematización universal de la ciencia. El conocimiento científico se logra con el método científico: observación planificada, experimentación controlada, análisis crítico y publicación para verificación por la comunidad​. Es un procedimiento metódico y crítico que busca eliminar sesgos.  El conocimiento filosófico se adquiere por medio de la reflexión racional y el debate argumentativo; su “método” es la lógica, la crítica de supuestos. Finalmente, el conocimiento teleológico suele obtenerse por deliberación metafísica o teológica: su método es especulativo, interpretativo, apoyado en premisas filosóficas o creencias sobre designios, en lugar de en observaciones medibles.

Alcance o campo que abarca: El conocimiento cotidiano/vulgar tiene un alcance limitado y local: explica situaciones inmediatas y concretas de la vida diaria, pero no pretende abarcar principios universales ni es consistente fuera de su contexto cultural (por ejemplo, cada cultura tiene saberes vulgares distintos). El conocimiento técnico abarca un área específica de actividad (por ejemplo, la carpintería, la electrónica, la culinaria); dentro de ese dominio es aplicable y válido, pero fuera de él no tiene relevancia. Además, el técnico suele centrarse en el “cómo hacer” algo, sin entrar en cuestiones teóricas más amplias. El conocimiento científico tiene un alcance amplio y potencialmente universal, ya que las ciencias buscan leyes o verdades que sean válidas en cualquier lugar dadas las mismas condiciones (por ejemplo, la ley de la gravedad vale en todo el planeta Tierra). No obstante, por practicidad el trabajo científico se subdivide en disciplinas muy especializadas (química orgánica, astrofísica, psicología social, etc.), cada una con su campo de estudio concreto​. Sumados, esos campos componen una visión extensa del mundo físico y social. El conocimiento filosófico tiende a ser universal en sus preguntas (la verdad, el ser, el bien, abarcan todo), pero el alcance real de sus conclusiones depende de la escuela filosófica; sus respuestas pueden ser muy generales (p.ej., “todos los seres son materia” en el materialismo) o muy abarcadoras, pretendiendo incluir toda la realidad en un sistema conceptual (p.ej., el sistema filosófico de Hegel abarca desde la lógica hasta el arte, la religión y el Estado). Por su parte, el conocimiento teleológico tiene un alcance que trasciende lo puramente descriptivo para abarcar el sentido último de las cosas. Suele operar en un plano global o finalista: por ejemplo, dar una explicación teleológica implica involucrar todo el sistema (decir que “el universo entero tiene tal propósito”). En la práctica, su alcance se entrelaza con la filosofía y la religión, abarcando interpretaciones globales de la vida y el cosmos.

Utilidad y aplicación: El conocimiento vulgar es útil para la vida inmediata: orienta acciones cotidianas y resuelve problemas simples rápidamente, aunque no garantice exactitud. Por ejemplo, si alguien sabe por conocimiento popular que cierto té alivia el malestar estomacal, podrá aplicarlo en casa; es un saber útil a pequeña escala personal. Sin embargo, este conocimiento no es fiable para proyectos complejos o decisiones críticas, dado que no está comprobado (a veces incluso conduce a errores o prejuicios). El conocimiento técnico tiene una utilidad práctica directa en la transformación del entorno y en la producción de bienes o servicios. Con habilidades técnicas se construyen puentes, se programa software, se repara un vehículo, se cocina un platillo, etc. Es decir, es el saber hacer operativo que sostiene oficios, profesiones y muchas innovaciones tecnológicas. Sin conocimiento técnico aplicado, los descubrimientos científicos no se traducirían en realidad tangible. El conocimiento científico posee una doble utilidad: por un lado, cognitiva, ya que nos da explicaciones confiables del mundo (satisfaciendo nuestra curiosidad de entender cómo funciona la naturaleza); y por otro lado, práctica y tecnológica, puesto que sirve de base a innumerables aplicaciones (medicina, ingeniería, comunicaciones, etc. se fundamentan en principios científicos). Por ejemplo, la comprensión científica de la electricidad permitió la invención de dispositivos eléctricos que hoy usamos a diario. Además, el conocimiento científico es fundamental para la toma de decisiones informadas a nivel social (en salud pública, medio ambiente, políticas económicas, etc., se necesita evidencia científica para elegir correctamente). El conocimiento filosófico, aunque no produzca artefactos materiales, tiene una utilidad en el plano intelectual y ético. La filosofía clarifica ideas (por ejemplo, distingue qué es “justicia” de lo que no lo es), cuestiona dogmas, propone marcos éticos para guiar la acción humana y proporciona consuelo o sentido existencial. Históricamente, los cambios en las visiones del mundo (como pasar de una concepción geocéntrica a una heliocéntrica del universo, o de sociedades feudales a concepciones de derechos individuales) tuvieron componentes filosóficos importantes. Así, la utilidad de la filosofía se refleja en la orientación de la cultura y los valores: un líder que haya reflexionado filosóficamente sobre la justicia quizá promulgue leyes más justas; una persona que busca sentido puede encontrar en filosofías de vida (como el estoicismo o el existencialismo) guías para vivir mejor. Finalmente, el conocimiento teleológico sirve para dotar de propósito y cohesión a otros conocimientos. En términos prácticos, muchas personas encuentran motivación y dirección creyendo en ciertos fines últimos. Por ejemplo, en un contexto religioso, el conocimiento teleológico (saber teológico de que “la vida tiene el propósito de acercarse a Dios”) proporciona consuelo y normas de vida. En ciencia, aunque la teleología no se use como explicación, a veces se utiliza en pedagogía o en biología de sistemas complejos para describir funciones (decir “el corazón sirve para bombear sangre” da una visión rápida de su finalidad biológica). En suma, la utilidad del pensamiento teleológico está en el terreno del significado: ayuda a enmarcar los demás saberes en una narrativa final (“¿para qué sabemos todo esto?, ¿qué objetivo último perseguimos con el conocimiento?”) e influye en la motivación humana para aprender y actuar.

Conclusion

En conjunto, estos tipos de conocimiento se complementan más que excluirse. Cada uno opera en un nivel distinto: lo cotidiano nos pone en marcha en la vida diaria, lo técnico nos hace eficaces en tareas específicas, lo científico nos da entendimiento y poder predictivo sobre el mundo físico-social, lo filosófico nos ayuda a pensar críticamente y dar un marco a lo que hacemos, y lo teleológico nos proporciona una visión de propósito global. Una misma persona puede usar los cinco tipos: por ejemplo, un médico rural aplica conocimiento científico (medicina basada en evidencias) y técnico (habilidad clínica) al tratar a un paciente, a la vez que se guía por conocimiento vulgar (remedios caseros que conoce la comunidad) en ciertos casos, reflexiona filosóficamente sobre la ética de sus decisiones, y tal vez encuentra en la teleología/religión un sentido a su vocación (curar para un bien mayor). Entender las diferencias entre estos saberes nos permite apreciar el valor de cada uno y saber cuándo es apropiado recurrir a ellos.

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