El conocimiento en términos generales se
puede definir como la comprensión o saber que un sujeto adquiere sobre un
objeto, hecho o experiencia. El resultado de este proceso son las ideas,
creencias o información que el individuo almacena en su memoria y que pueden
ser compartidas socialmente. En esencia, el conocimiento abarca desde nociones
elementales hasta teorías complejas, y puede obtenerse por experiencia,
educación, investigación o reflexión. Por ejemplo, aprender que el
fuego quema al tocar una llama es un conocimiento adquirido por
experiencia directa, mientras que entender las leyes de la
termodinámica es un conocimiento logrado por estudio científico. El
conocimiento no es uniforme; existen diferentes tipos de conocimiento según su
origen, método y grado de rigor.
1, Conocimiento cotidiano o vulgar
Por ejemplo, la moraleja de la fábula “La liebre y
la tortuga” forma parte del conocimiento popular o vulgar. Estas
narraciones transmiten enseñanzas basadas en la experiencia común sin un
sustento científico. El conocimiento cotidiano, también llamado conocimiento
vulgar o popular, es el saber que adquirimos de la vida diaria, de la tradición
y de la experiencia común. Se genera de forma espontánea y sin método formal, a
partir del contacto directo con la realidad y de lo que nos transmiten otras
personas. Este tipo de conocimiento es accesible a todas las personas por
igual, ya que no requiere instrucción especializada; se basa en observaciones
superficiales, opiniones, creencias o sentido común compartido en una
comunidad.
Otro ejemplo, son los refranes populares (como “al
que madruga, Dios lo ayuda”) condensan conocimiento vulgar al ofrecer
consejos surgidos de la experiencia colectiva. Del mismo modo, muchas creencias
cotidianas (como pensar que beber té de manzanilla ayuda a dormir) son
conocimientos vulgares: se aceptan porque “siempre han funcionado”,
aunque no hayan sido probados científicamente.Las características del
conocimiento cotidiano incluyen ser subjetivo y acrítrico. Al no emplear
métodos rigurosos ni comprobación formal, es un saber frecuentemente no
verificado ni sistemático.
Esto significa que puede contener errores o supersticiones
(por ejemplo, creer en la mala suerte por ver un gato negro es parte del
conocimiento vulgar). Aun así, su utilidad práctica es que guía nuestras
acciones en situaciones inmediatas: nos permite desenvolvernos en la vida
diaria, resolver problemas sencillos y transmitir costumbres o precauciones
básicas. Por ejemplo, una madre que le dice a su hijo “abrígate para no
resfriarte” le está transmitiendo un conocimiento cotidiano; puede no
ser una verdad médica absoluta, pero sirve como orientación preventiva en la
vida común.
Este conocimiento vulgar es un saber
práctico y funcional para la cotidianidad, aunque carece de fundamentación
teórica. No busca explicar las causas profundas de los hechos, sino simplemente
ayudar a manejarlos. No es fiable científicamente, pero es indispensable para
la vida diaria porque proporciona una primera interpretación del mundo y una
guía básica de comportamiento Muchas veces, las preguntas complejas comienzan
con una curiosidad nacida del conocimiento vulgar, que luego la ciencia u otras
disciplinas investigarán con mayor rigor.
2. Conocimiento técnico
El conocimiento técnico se demuestra en habilidades
prácticas, como las de un mecánico reparando un automóvil. Implica saber cómo
hacer tareas específicas usando herramientas y procedimientos eficaces. El
conocimiento técnico es el saber orientado a la práctica especializada y a la
resolución de problemas concretos. Se refiere a la comprensión y dominio de
habilidades y competencias específicas en un área determinada.
A diferencia del conocimiento vulgar (que
es desordenado y general), el conocimiento técnico sí aplica cierto método,
aunque sea empírico, para lograr un objetivo. Surge de la experiencia
acumulada, de la formación profesional y del desarrollo de técnicas probadas a
lo largo del tiempo.Una manera de entender el conocimiento técnico es
considerarlo como el saber “cómo hacer algo”. Por ejemplo, el conjunto de
conocimientos que posee un carpintero para construir un mueble, o los que
aplica un técnico en informática para configurar una computadora, son
conocimientos técnicos. Estas habilidades suelen adquirirse mediante formación
académica o vocational, entrenamiento práctico y repetición. Con frecuencia, el
conocimiento técnico está codificado en procedimientos, manuales o recetas que
indican los pasos a seguir para obtener un resultado eficaz.Entre las
características del conocimiento técnico está su enfoque práctico y utilitario.
Se origina cuando, tras múltiples pruebas y errores en una tarea, se consolidan
procedimientos que funcionan de manera confiable.
Por ejemplo, después de muchos intentos, un herrero medieval
descubría la técnica adecuada para templar el acero; ese saber artesanal es
conocimiento técnico transmitido de maestro a aprendiz. Este tipo de
conocimiento transforma la naturaleza para adaptarla a las necesidades humanas,
en lugar de que el humano se adapte pasivamente al entorno
La técnica, en sentido amplio, consiste en usar herramientas
y métodos para modificar el medio (por ejemplo, emplear irrigación para que un
desierto produzca cultivos). El conocimiento técnico sí posee cierta
sistematicidad, aunque menor que la ciencia. Suele apoyarse en principios
científicos básicos, pero sobre todo en la experiencia que demuestra “qué
funciona”. Un electricista, por ejemplo, conoce las reglas prácticas para
instalar un circuito sin provocar cortocircuitos; esas reglas derivan de leyes
científicas (electricidad) pero él las aplica de forma concreta y rutinaria. No
requiere una verdad universal, sino eficacia en contextos similares.
De hecho, una rama moderna del conocimiento técnico es
el conocimiento tecnológico, que incorpora nuevos procedimientos validados
(muchas veces gracias a la ciencia) para lograr efectos prácticos. En resumen,
el conocimiento técnico es especializado, práctico y orientado
a un fin. Su método es sobre todo empírico-experimental dentro de un campo
delimitado (por ejemplo, la ingeniería civil, la medicina clínica, la mecánica
automotriz). Su alcance se limita al contexto donde esas técnicas son útiles,
pero su utilidad es enorme: gracias al conocimiento técnico podemos construir
viviendas, fabricar máquinas, curar enfermedades con procedimientos médicos,
programar software, etc. Es el tipo de conocimiento que impulsa el progreso material,
pues convierte saberes en soluciones concretas para las necesidades humanas.
3. Conocimiento científico (fáctico y experimental)
El conocimiento científico tiene finalidad principal
descubrir la verdad objetiva o las leyes que rigen los hechos, respondiendo
tanto a la pregunta de “¿Cómo sucede?” como a “¿Por qué sucede?” un fenómeno.
A diferencia de los saberes cotidianos o técnicos, el
conocimiento científico exige comprobación y validez universal (dentro de un
margen de error). Esto significa que no basta con que algo “parezca funcionar”;
debe demostrarse mediante evidencias replicables y razonamientos coherentes.
Además de la evidencia empírica, el conocimiento científico
debe ser consistente. Las teorías científicas son conjuntos de
proposiciones interrelacionadas; no pueden contener contradicciones internas
flagrantes. Cuando se genera nuevo conocimiento, se verifica también su
coherencia con principios establecidos o, si los desafía, se debe argumentar
sólidamente por qué es hora de actualizar esos principios. La validez de
los argumentos (por ejemplo, en una deducción matemática, o en inferir una
causa a partir de un experimento) es examinada rigurosamente. Un conocimiento
científico ideal es tanto empíricamente sustentable como teóricamente
coherente. Por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein fue aceptada no
solo por explicar ciertos resultados anómalos (precesión del perihelio de
Mercurio, desviación de la luz de las estrellas por el Sol, etc.) sino porque
presentaba un marco matemático y conceptual coherente que englobaba a la vez la
gravitación y la inercia. La sistematicidad mencionada implica que el
conocimiento científico se organiza en marcos teóricos bien estructurados
(leyes, teorías, modelos) que buscan explicaciones unificadas para multitud de
hechos.
La ciencia produce conocimientos confiables, acumulativos y
útiles. Cuando se siguen tales estándares, el resultado es un cuerpo de
conocimiento en constante evolución pero fundamentado sólidamente, que ha
demostrado ser la herramienta más poderosa para entender la naturaleza y a
nosotros mismos con un alto grado de confianza. Aunque no son infalibles.
No cualquier creencia o información califica como
conocimiento científico. Para que un saber sea considerado científico, debe
cumplir con ciertos requisitos metodológicos y de validación que aseguren su
rigor y fiabilidad. Entre los principales requisitos para generar conocimiento
científico se encuentran:
a) A) Delimitación
de un campo de estudio: El conocimiento científico se produce dentro de un
campo concreto de investigación, ya sea una disciplina (física, historia,
psicología) o un problema específico. Esto implica definir claramente qué se va
a estudiar. Los científicos suelen enfocarse en cuestiones bien delimitadas,
formulando preguntas precisas o hipótesis acotadas. Por ejemplo, en lugar de
“estudiar en general” la nutrición, un científico define su campo: p. ej.
“efecto del déficit de vitamina D en la densidad ósea de adultos mayores”. Este
enfoque delimitado permite profundizar de manera ordenada. Además, la
producción de conocimiento científico típicamente ocurre en entornos
institucionales dedicados a la investigación (universidades, laboratorios,
centros de estudio), donde existen comunidades de especialistas en cada campo
desde las ciencias experimentales (sociales y naturales) y las ciencias aplicadas
(como el lenguaje y las matemáticas). Un campo bien delimitado ayuda a revisar
antecedentes, usar terminología clara y comparar resultados con los de otros
investigadores en el mismo ámbito.
b) B)Método: El requisito fundamental es seguir un método sistemático para obtener y analizar datos. El método científico clásico contempla pasos como: observación de un fenómeno, planteamiento de una pregunta o problema, proposición de hipótesis explicativas, experimentación o recolección de datos empíricos pertinentes, análisis de esos datos (muchas veces con herramientas matemático-estadísticas) y obtención de conclusiones. Todo ello debe hacerse de forma ordenada y documentada, de modo que otros puedan entender el proceso. La sistematicidad implica que el conocimiento nuevo se integra en un sistema teórico más amplio: cada hallazgo o teoría debe relacionarse lógicamente con conocimientos previos (ya sea confirmándolos, refinándolos o refutándolos). Por ejemplo, si un experimento arroja un resultado inesperado, el científico revisa el sistema teórico: ¿encaja en lo conocido o sugiere modificar algún principio? Además, el método exige objetividad, lo cual se logra con técnicas como grupos de control en experimentos, doble ciego en ensayos clínicos, instrumentos de medición calibrados, etc., para reducir sesgos. Un estudio científico debe proporcionar suficiente detalle metodológico para que cualquiera con las habilidades adecuadas pueda replicarlo en las mismas condiciones.
c) C) Comprobación,
evidencia y validación por pares: Un conocimiento es científico solo
si puede ser comprobado o contrastado de alguna manera con la realidad
empírica (en las ciencias formales, la “realidad” son los axiomas y reglas del
sistema lógico). Esto significa que las hipótesis deben generar predicciones o
afirmaciones contrastables. Si la evidencia apoya la hipótesis, esta gana
credibilidad; si la refuta, la hipótesis debe descartarse o revisarse.
Importante es el proceso de validación por la comunidad científica (revisión
por pares): cuando un investigador cree haber generado nuevo conocimiento (por
ejemplo, un descubrimiento o una nueva teoría), publica sus métodos, datos y
conclusiones en revistas especializadas. Otros expertos independientes revisan
la calidad del trabajo antes de aceptarlo para publicación (asegurando que el
método fue adecuado, que los datos respaldan las conclusiones y que no hay
errores lógicos). Una vez publicado, la comunidad científica en general puede
repetir los experimentos o observaciones para verificar resultados. Solo
después de múltiples confirmaciones un hallazgo se consolida como conocimiento
científico establecido. Este escrutinio público y colectivo es esencial: evita
que los sesgos individuales o fraudes se perpetúen, y asegura que el
conocimiento científico sea auto-correctivo. En palabras simples, la ciencia se
autovalida y autocorrige con la participación de muchos científicos alrededor
del mundo. Por ejemplo, los anuncios de posibles descubrimientos (una nueva
partícula subatómica, un fósil de una especie desconocida, etc.) son tomados
con cautela hasta que varios grupos los hayan confirmado de forma
independiente.
4. Conocimiento filosófico
El conocimiento filosófico surge de la reflexión racional
sobre cuestiones fundamentales, más allá de lo empírico. El conocimiento
filosófico es aquel que se obtiene mediante la reflexión racional sobre las
preguntas más fundamentales de la existencia, el conocimiento, la moral, la
verdad y la realidad en su conjunto. A diferencia del científico, que se apoya
en la experimentación empírica, el conocimiento filosófico se construye
mediante argumentación lógica, conceptual y crítica, sin necesidad de comprobación
experimental directa. Es, en esencia, el saber que proviene de filosofar, es
decir, de cuestionar y buscar explicaciones últimas acerca de nosotros mismos y
del universo. Una característica central del conocimiento filosófico es que
intenta responder al “¿Por qué?” en un nivel más profundo que la ciencia
Por ejemplo, mientras un biólogo puede explicar cómo
funciona el sistema nervioso humano (conocimiento científico), un filósofo se
preguntará por qué tenemos mente o conciencia, qué significa realmente “ser” o
“conocer algo”. La filosofía aborda problemas como la existencia de Dios, la
naturaleza de la realidad (¿es todo materia? ¿existen las ideas
independientemente de las cosas físicas?), los fundamentos de la moral (¿qué es
el bien y el mal?), la belleza, la justicia, etc. Estos temas trascienden lo medible
y por ello la filosofía no puede verificarlos en un laboratorio; en cambio, los
analiza mediante la razón, el debate y la especulación informada por la
historia del pensamiento. El conocimiento filosófico no es verificable
empíricamente, lo cual no significa que carezca de rigor. Su rigor proviene de
la coherencia lógica y la profundidad de sus argumentos. Por ejemplo, el
filósofo griego Platón propuso la existencia de dos niveles de realidad: el
mundo sensible (lo que percibimos con los sentidos) y el mundo de las ideas
(realidad inmaterial y perfecta a la cual solo accedemos con la mente). Este es
un conocimiento filosófico: no podemos “ver” directamente las Ideas platónicas,
pero podemos entenderlas y discutir su plausibilidad.
Otro ejemplo, es el de Descartes en el siglo XVII, que llegó
a la conclusión “Pienso, luego existo” como verdad filosófica
fundamental, usando la duda metódica y la razón pura, no un experimento
científico.Las características del conocimiento filosófico incluyen ser
racional, crítico y totalizante. Es racional porque emplea la razón y la lógica
como herramientas principales (aunque a veces pueda inspirarse en la
experiencia, su validación es racional, no experimental)
Es crítico porque cuestiona incluso aquello que damos por
sentado; el filósofo somete a examen las ideas, busca contradicciones y
claridad conceptual. La filosofía aspira a una visión amplia que conecte
diversos aspectos de la realidad y de la experiencia humana, en lugar de
focalizar en un detalle particular. Por ejemplo, la ética filosófica intenta
formular principios universales sobre cómo debemos vivir, principios que
conectan con nociones de bien, libertad, finalidad de la vida, etc., integrando
aspectos humanos, sociales y metafísicos. En cuanto a su alcance, el
conocimiento filosófico abarca cuestiones que a veces la ciencia deja de lado
por metodológicas.
La ciencia puede decirnos qué podemos hacer (por ejemplo, la
genética nos da herramientas para modificar organismos), pero la filosofía nos
pregunta si debemos hacerlo (consideraciones morales). La ciencia describe el
universo, la filosofía indaga por el sentido de ese universo y de nuestra vida
en él. Su utilidad reside en clarificar conceptos, fundamentar valores y
orientar la visión del mundo. Aunque no produzca tecnologías, el conocimiento
filosófico influye en nuestras creencias profundas: por ejemplo, las nociones
de derechos humanos universales tienen raíces filosóficas (en ideas de
dignidad, libertad y moral racional) que luego inspiran cambios sociales y
leyes. Así, la filosofía, a través de su conocimiento, nutre la comprensión
global y el discernimiento ético, lo cual es crucial para el desarrollo humano
integral.
5. Conocimiento teleológico
El conocimiento teleológico es el saber que se centra en los
fines o propósitos de los fenómenos. La palabra teleológico proviene del griego
télos (“fin” o “objetivo final”) y logos (“razonamiento” o “discurso”) . En
términos sencillos, es un tipo de conocimiento o explicación que responde a la
pregunta “¿Para qué?” ocurren las cosas o “¿con qué propósito existe tal o cual
objeto?” . A diferencia de la ciencia, que suele explicar los fenómenos por
sus causas eficientes inmediatas (el cómo y el porqué causales), el enfoque
teleológico busca entender la razón de ser última o la meta hacia la cual algo
se dirige.El conocimiento teleológico ha sido cultivado sobre todo en la
filosofía clásica y en ciertas corrientes espirituales o religiosas. Por
ejemplo, el filósofo Aristóteles introdujo la idea de causa final: para
explicar completamente algo, no solo hay que decir de qué está hecho (causa
material), quién o qué lo produjo (causa eficiente) y qué forma tiene (causa
formal), sino también para qué existe (causa final).
Así, según Aristóteles, podemos decir que el ojo tiene como
causa final ver: la vista es el propósito del ojo, su función natural. Este
tipo de conocimiento enfatiza la función o el objetivo intrínseco de las cosas.
Un ejemplo cotidiano de explicación teleológica sería decir: “La lluvia cae
para que las plantas crezcan”. En realidad, desde la ciencia sabemos que la
lluvia cae por procesos físico-químicos (evaporación, condensación, gravedad,
etc.). Pero la frase dada le atribuye a la lluvia un propósito (beneficiar a
las plantas), como si la naturaleza “persiguiera” ese fin. Esa es una
perspectiva teleológica, común en el pensamiento pre-científico y en ciertas
visiones tradicionales donde se cree que “todo pasa por una razón”. Otro
ejemplo: en biología evolutiva se solía hablar en términos teleológicos (por
ej., “las jirafas tienen cuello largo para alcanzar las hojas altas”).
Hoy se prefiere explicar en términos de selección natural
(causas no intencionadas), pero pedagógicamente a veces se recurre a la
teleología como atajo para explicar función. El conocimiento teleológico
formalmente se pregunta por la finalidad y a veces concluye que existe un
diseño o intención detrás de los fenómenos. Este tipo de conocimiento es común
en el pensamiento religioso o metafísico. Por ejemplo, el conocimiento
teológico (no confundir, aunque relacionado por el tema de fines últimos)
afirma que el universo y la vida tienen un propósito dado por Dios; así,
interpreta todos los eventos como parte de un plan (visión teleológica
trascendente). Sin embargo, el conocimiento teleológico no necesariamente
implica religión: un filósofo humanista podría buscar el propósito de la vida
humana en términos de realización personal o felicidad, es decir, proponiendo
fines últimos seculares. En cualquier caso, el conocimiento teleológico va más
allá de lo empírico inmediato y especula sobre el sentido último.
Las características del conocimiento teleológico incluyen
ser especulativo y finalista. Es especulativo porque a menudo no puede probarse
con datos si una finalidad es “verdadera” o no; se basa en inferencias,
analogías o creencias respecto a un orden u objetivo global. Y es finalista
porque interpreta la realidad enfocándose en los resultados o metas.
Históricamente, ha sido fuente de mucha reflexión: por ejemplo, en la Edad
Media los eruditos interpretaban los fenómenos naturales diciendo que ocurrían
“para manifestar la voluntad divina”, integrando así teleología en su
conocimiento del mundo
En términos de utilidad, el conocimiento teleológico aporta una comprensión orientada al significado. Aunque la ciencia moderna no recurre a causas finales para explicar (se concentra en causas eficientes), las personas naturalmente buscan propósitos: “¿Cuál es el propósito de mi existencia?”, “¿Para qué sirve el arte?”, “¿Tiene la historia humana una meta?”. El pensamiento teleológico intenta responder estas inquietudes, dando un marco de sentido. Por ejemplo, en ética puede ser útil: ciertas corrientes éticas (como el utilitarismo) evalúan las acciones por sus fines (el mayor bien para el mayor número). En filosofía de la naturaleza, la idea de teleología ha resurgido en debates sobre si el universo tiene ajuste fino con miras a la aparición de la vida. En resumen, el conocimiento teleológico llena el espacio de preguntarnos por el para qué último, ofreciendo respuestas que, si bien no son comprobables en un laboratorio, satisfacen en parte la búsqueda humana de significado y propósito.
Comparación entre los tipos de conocimiento
Aunque todos los tipos de conocimiento anteriores
representan formas de saber humano, difieren en sus métodos de obtención, en su
alcance y en su utilidad. La siguiente es una comparación clara:
Método de obtención: El conocimiento vulgar
se adquiere de forma espontánea, sin un método estructurado ni validación
rigurosa. Se basa en la experiencia común, los sentidos y la tradición, pero
carece de pruebas sistemáticas. El conocimiento técnico se obtiene
mediante la práctica repetida y la enseñanza de habilidades; su método es
principalmente empírico (prueba y error) dentro de un campo específico, muchas
veces formalizado en manuales o protocolos, pero no alcanza la sistematización
universal de la ciencia. El conocimiento científico se logra con el
método científico: observación planificada, experimentación controlada,
análisis crítico y publicación para verificación por la comunidad. Es un
procedimiento metódico y crítico que busca eliminar sesgos. El
conocimiento filosófico se adquiere por medio de la reflexión racional y el
debate argumentativo; su “método” es la lógica, la crítica de supuestos.
Finalmente, el conocimiento teleológico suele obtenerse por deliberación
metafísica o teológica: su método es especulativo, interpretativo, apoyado en
premisas filosóficas o creencias sobre designios, en lugar de en observaciones
medibles.
Alcance o campo que abarca: El conocimiento
cotidiano/vulgar tiene un alcance limitado y local: explica situaciones
inmediatas y concretas de la vida diaria, pero no pretende abarcar principios
universales ni es consistente fuera de su contexto cultural (por ejemplo, cada
cultura tiene saberes vulgares distintos). El conocimiento técnico abarca un
área específica de actividad (por ejemplo, la carpintería, la electrónica, la
culinaria); dentro de ese dominio es aplicable y válido, pero fuera de él no
tiene relevancia. Además, el técnico suele centrarse en el “cómo hacer” algo,
sin entrar en cuestiones teóricas más amplias. El conocimiento científico tiene
un alcance amplio y potencialmente universal, ya que las ciencias buscan leyes
o verdades que sean válidas en cualquier lugar dadas las mismas condiciones
(por ejemplo, la ley de la gravedad vale en todo el planeta Tierra). No
obstante, por practicidad el trabajo científico se subdivide en disciplinas muy
especializadas (química orgánica, astrofísica, psicología social, etc.), cada
una con su campo de estudio concreto. Sumados, esos campos componen una visión
extensa del mundo físico y social. El conocimiento filosófico tiende a ser
universal en sus preguntas (la verdad, el ser, el bien, abarcan todo), pero el
alcance real de sus conclusiones depende de la escuela filosófica; sus
respuestas pueden ser muy generales (p.ej., “todos los seres son materia” en el
materialismo) o muy abarcadoras, pretendiendo incluir toda la realidad en un
sistema conceptual (p.ej., el sistema filosófico de Hegel abarca desde la
lógica hasta el arte, la religión y el Estado). Por su parte, el conocimiento
teleológico tiene un alcance que trasciende lo puramente descriptivo para
abarcar el sentido último de las cosas. Suele operar en un plano global o
finalista: por ejemplo, dar una explicación teleológica implica involucrar todo
el sistema (decir que “el universo entero tiene tal propósito”). En la
práctica, su alcance se entrelaza con la filosofía y la religión, abarcando
interpretaciones globales de la vida y el cosmos.
Utilidad y aplicación: El conocimiento vulgar es
útil para la vida inmediata: orienta acciones cotidianas y resuelve problemas
simples rápidamente, aunque no garantice exactitud. Por ejemplo, si alguien
sabe por conocimiento popular que cierto té alivia el malestar estomacal, podrá
aplicarlo en casa; es un saber útil a pequeña escala personal. Sin embargo,
este conocimiento no es fiable para proyectos complejos o decisiones críticas,
dado que no está comprobado (a veces incluso conduce a errores o prejuicios).
El conocimiento técnico tiene una utilidad práctica directa en la
transformación del entorno y en la producción de bienes o servicios. Con
habilidades técnicas se construyen puentes, se programa software, se repara un
vehículo, se cocina un platillo, etc. Es decir, es el saber hacer operativo que
sostiene oficios, profesiones y muchas innovaciones tecnológicas. Sin
conocimiento técnico aplicado, los descubrimientos científicos no se
traducirían en realidad tangible. El conocimiento científico posee una doble
utilidad: por un lado, cognitiva, ya que nos da explicaciones confiables del
mundo (satisfaciendo nuestra curiosidad de entender cómo funciona la
naturaleza); y por otro lado, práctica y tecnológica, puesto que sirve de base
a innumerables aplicaciones (medicina, ingeniería, comunicaciones, etc. se
fundamentan en principios científicos). Por ejemplo, la comprensión científica
de la electricidad permitió la invención de dispositivos eléctricos que hoy
usamos a diario. Además, el conocimiento científico es fundamental para la toma
de decisiones informadas a nivel social (en salud pública, medio ambiente,
políticas económicas, etc., se necesita evidencia científica para elegir
correctamente). El conocimiento filosófico, aunque no produzca artefactos
materiales, tiene una utilidad en el plano intelectual y ético. La filosofía
clarifica ideas (por ejemplo, distingue qué es “justicia” de lo que no lo es),
cuestiona dogmas, propone marcos éticos para guiar la acción humana y
proporciona consuelo o sentido existencial. Históricamente, los cambios en las
visiones del mundo (como pasar de una concepción geocéntrica a una
heliocéntrica del universo, o de sociedades feudales a concepciones de derechos
individuales) tuvieron componentes filosóficos importantes. Así, la utilidad de
la filosofía se refleja en la orientación de la cultura y los valores: un líder
que haya reflexionado filosóficamente sobre la justicia quizá promulgue leyes
más justas; una persona que busca sentido puede encontrar en filosofías de vida
(como el estoicismo o el existencialismo) guías para vivir mejor. Finalmente,
el conocimiento teleológico sirve para dotar de propósito y cohesión a otros
conocimientos. En términos prácticos, muchas personas encuentran motivación y
dirección creyendo en ciertos fines últimos. Por ejemplo, en un contexto
religioso, el conocimiento teleológico (saber teológico de que “la vida tiene
el propósito de acercarse a Dios”) proporciona consuelo y normas de vida. En
ciencia, aunque la teleología no se use como explicación, a veces se utiliza en
pedagogía o en biología de sistemas complejos para describir funciones (decir
“el corazón sirve para bombear sangre” da una visión rápida de su finalidad
biológica). En suma, la utilidad del pensamiento teleológico está en el terreno
del significado: ayuda a enmarcar los demás saberes en una narrativa final
(“¿para qué sabemos todo esto?, ¿qué objetivo último perseguimos con el
conocimiento?”) e influye en la motivación humana para aprender y actuar.
Conclusion
En conjunto, estos tipos de conocimiento se complementan más que excluirse. Cada uno opera en un nivel distinto: lo cotidiano nos pone en marcha en la vida diaria, lo técnico nos hace eficaces en tareas específicas, lo científico nos da entendimiento y poder predictivo sobre el mundo físico-social, lo filosófico nos ayuda a pensar críticamente y dar un marco a lo que hacemos, y lo teleológico nos proporciona una visión de propósito global. Una misma persona puede usar los cinco tipos: por ejemplo, un médico rural aplica conocimiento científico (medicina basada en evidencias) y técnico (habilidad clínica) al tratar a un paciente, a la vez que se guía por conocimiento vulgar (remedios caseros que conoce la comunidad) en ciertos casos, reflexiona filosóficamente sobre la ética de sus decisiones, y tal vez encuentra en la teleología/religión un sentido a su vocación (curar para un bien mayor). Entender las diferencias entre estos saberes nos permite apreciar el valor de cada uno y saber cuándo es apropiado recurrir a ellos.
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