El Desayuno Nacional de Oración volvió a instalar en el centro del discurso público una narrativa ya conocida: la del “milagro”. Un país que se dice transformado, pacificado y restaurado. La historia se cuenta como convergencia perfecta entre el “plan de Dios”, la nación y el liderazgo político, y en ese gesto la frontera entre fe cristiana y gobierno se vuelve casi invisible.
Desde la cúspide
del poder habló el presidente Nayib Bukele, precedido por autoridades de los
otros órganos del Estado, líderes religiosos cristianos y figuras del Congreso
y el Senado de Estados Unidos (tanto demócratas como republicanos), pero sentados
bajo un mismo lenguaje moral. En apariencia hay pluralidad política, pero ¿se
trata de una pluralidad efectiva o solo aparente?
En el plano
religioso, el presidente se nombra cristiano y busca proyectarse como figura
abierta e inclusiva. Sin embargo, su propia historia familiar deja entrever una
pluralidad confesional más compleja: su padre, Armando Bukele Kattán, fue
reconocido como líder musulmán en El Salvador, y uno de sus medio hermanos por
línea paterna, Emerson Gerardo Bukele Quintanilla, ejerce como imán y guía
espiritual de la comunidad musulmana salvadoreña. Estos vínculos, lejos de
asumirse con naturalidad, han sido activados o silenciados según convenga:
exagerados para sembrar sospecha por parte de detractores, y en el caso del
oficialismo ocultados para preservar la homogeneidad del relato.
El escenario es
el palacio Nacional no es un edificio administrativo cualquiera: históricamente
representa el lugar donde el poder se concentra y se ejerce “en nombre de
la nación”. A diferencia de una casa presidencial —asociada al Ejecutivo
contemporáneo y a un cargo transitorio— el Palacio (por su nombre y lo que
representa) remite a una idea pre-republicana del poder, cercana a la
figura del monarca absoluto: un centro único, elevado y simbólicamente
incuestionable.
Elegir este
espacio desplaza el evento del plano gubernamental al plano fundacional,
como si el acto no emanara de una administración concreta, sino de
una autoridad superior y permanente, situada por encima de la disputa
política ordinaria, una que no se debe de cuestionar.
En la escena se replica
el formato del National Prayer Breakfast impulsado por el presidente Dwight
D. Eisenhower, en Estados Unidos y aparece un acto político aparecen mezclados lo
religioso, la diplomacia y liderazgo. El auditorio se puebla de aliados. Trajes
oscuros, credenciales visibles, manos que se estrechan entre quienes ya se
reconocen. El poder tiene rostro masculino y habla en plural solemne:
funcionarios del Estado, líderes religiosos, representantes institucionales que
llegan, sobre todo, desde el norte. Estados Unidos vuelve a estar presente, no
solo como aliado político, sino como referente moral.
El evento se
nombra a sí mismo como plural: diversidad religiosa dentro del cristianismo,
convivencia política entre republicanos y demócratas. Sin embargo, la
pluralidad se agota en el discurso. Bajo la superficie, lo que se ordena no es
la diferencia, sino la coincidencia. No se convoca al desacuerdo, sino al
alineamiento. No se celebra la diversidad, sino la obediencia compartida a un
mismo marco moral, simbólico y político. Por tanto, no se promueve un
pluralismo religioso efectivo, sino una hegemonía cristiana suavizada,
presentada como inclusiva.
¿Y las mujeres?
Las mujeres están
—porque “conviene que estén”—, pero no ocupan el centro. Su presencia es
discreta, lateral, casi ornamental, sin nombres propios. La ausencia no es
total; es más eficaz. Es una invisibilización que opera por normalidad, por
repetición, por costumbre. No toman la palabra, no marcan el ritmo, no encarnan
la autoridad. La única que aparece es una víctima sin identidad precisa: una
“abuelita”, figura conveniente para el relato, evocada sin historia ni contexto,
pero muy conveniente para mostrar lo barbirico de los enemigos. A ella se le
menciona, pero se omite lo que incomoda: el aumento de los feminicidios, los
señalamientos persistentes de violaciones a derechos humanos, y los casos de
desaparecidas.
Un caso rompería
el silencio, es el homicidio de Yessica Amanda Solís Castro, de 42 años,
ocurrido el 6 de noviembre de 2025, cuando un soldado de la Fuerza Armada le
disparó justo frente al Palacio Nacional mientras caminaba por la zona. El
hecho existe, pero no se menciona. Porque desajusta la escena e interrumpiría
la narrativa del milagro.
Lo que interesa
es sostener una imagen completa y autosuficiente, una escena sin fisuras ni
explicaciones, en la que el poder se muestra, se legitima y se bendice entre
hombres, mientras la diversidad y la supuesta “inclusión” de las mujeres quedan
reducidas a un simple decorado.
Religión civil: pluralidad sin discenso
El Primer
Desayuno Nacional de Oración en El Salvador puede leerse, a la luz del concepto
de religión civil desarrollado por Robert Bellah, no como un acto
estrictamente religioso, sino como un acontecimiento político cuidadosamente
ritualizado. En este tipo de ceremonias, la religión deja de ser experiencia
espiritual íntima o práctica comunitaria autónoma y se convierte en lenguaje
del poder, es decir, un repertorio simbólico destinado a sacralizar la nación,
que permite dotar de legitimidad moral al gobierno y revestirlo de una
narrativa trascendente.
Como observó
Bellah en el caso estadounidense —particularmente en rituales como el National
Prayer Breakfast—, la religión civil no reemplaza a las iglesias
tradicionales, ni a sus líderes, sino que les convoca de manera selectiva. Toma
de ellos lo que resulta funcional como: la obediencia como virtud, la unidad
nacional como mandato, el excepcionalismo como destino y la autoridad como
designio. No se trata de fe, sino de cohesión; tampoco de creencia, sino de
orden.
El primer
desayuno nacional de la oración reproduce este modelo, pero lo hace en un
contexto marcado por la concentración del poder y la reducción de los
contrapesos institucionales. A ello se suman los despidos y la reducción de
plazas en el sector público, así como el acelerado proceso de gentrificación
del Centro Histórico de San Salvador en función de intereses comerciales y
simbólicos. También emergen amenazas vinculadas a la posible reactivación de la
minería metálica y a los daños asociados al medio ambiente.
En ese escenario,
la religión civil no solo acompaña al Estado, sino que lo amplifica. La oración
no interpela al poder, lo envuelve. La fe no incomoda, estabiliza. Y el ritual,
lejos de abrir preguntas, ofrece certezas que clausuran el debate político bajo
la forma de consenso moral.
Finalmente, la
narrativa del milagro estructura de manera constante las intervenciones y
describe el paso de El Salvador de ser uno de los países más inseguros a uno de
los más seguros. Al unísono, los intervinientes elevan a la nación o al pueblo
a la categoría de lo sagrado; Dios aparece como “quien guía nuestro plan”, y el
líder como ejecutor del designio. No hay jerarquías visibles entre estos ellos,
sino una fusión cuidadosamente funcional al poder político.
En el desayuno de
oración, Dios gobierna para un poder que se presenta como moral y providencial,
pero que deja fuera los cuerpos, las voces y las desigualdades que el consenso
bendecido no quiere ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario